16/09/2026 08:07
Eduardo Castex
Impacto Castex
NACIONALES

Yo no soy mi estado de ánimo

Yo no soy mi estado de ánimo

¿Qué define la personalidad? Ciencia, religión, presión social y misterio.

Venía esperando alcanzar el estado de ánimo perfecto para arrancar la columna de esta semana, pero no llegaba.

Ocurre que cuando estoy animada prefiero conversar con mis compañeros, cuando estoy fastidiosa mejor no exigirme demasiado, cuando ando distraída me cuelgo con cualquier cosa y si pinta bajón dejo todo para más tarde.

Por eso no me quedó más remedio que reflexionar sobre lo cambiante que puede ser nuestra conducta en función de los estados de ánimo.

¿Cuál de todos nuestros humores define nuestra verdadera personalidad?

Cada día, todos los laburantes salimos a la carrera por la supervivencia, forzados a mostrar nuestro mejor semblante. Cara sonriente, gestualidad positiva y actitud proactiva.

Y cada fin de semana, a la hora del esparcimiento, la presión por lucir felices se vuelve todavía mayor, porque se supone que debemos disfrutar nuestro tiempo libre.

¿Y cuándo hay lugar para estar bajoneados, meditabundos o incluso angustiados? ¿Para transitar duelos largos, hacerse preguntas profundas o tener un acceso de ira si la situación lo amerita? El entorno social no da respiro, y quienes no logran el tono anímico esperado corren el riesgo de ser vistos como un problema.

Hoy, que tan coloquialmente se habla de trastornos psicológicos, todos estamos en peligro de caer en el amplio catálogo de las neurodivergencias diagnosticadas al tun tun. Si cambiás de humor de un día para otro, ya te tildan de bipolar. Si te distraés fácil, seguro sufrís déficit de atención. Si tenés que volver a entrar a tu casa para verificar si cerraste el gas, te endilgan un trastorno obsesivo-compulsivo. Y si no saludás a todo el mundo con un abrazo, ya entraste en el espectro autista.

Más allá de estas categorías provenientes de la psicología y la psiquiatría que han ganado terreno en el discurso popular, el estado de ánimo sigue siendo un misterio a descifrar.

La ciencia ha identificado neurotransmisores involucrados en el placer y la recompensa, como la dopamina y la serotonina, pero la idea de encontrar una sustancia química capaz de acomodar el humor como quien regula una radio, es una fantasía tan irreal como peligrosa.

Muchas corrientes filosóficas y religiones han abordado el tema. El budismo postula que el origen del sufrimiento es el deseo, y basta con soltarlo para alcanzar la gracia. Pero los invito a viajar a países budistas y corroborar que no exista en ese vasto territorio una sola persona infeliz.

Lo cierto es que siempre habrá motivos materiales, afectivos, sociales y biológicos que incidan en nuestro humor, y no siempre vamos a saber exactamente cuál está operando. Y cuando uno de estos estados de ánimo llega sin invitación y no se va con una siesta, una ducha, un paseo ni un buen pedazo de chocolate, tampoco hace falta etiquetarlo inmediatamente como signo de identidad.

A veces alcanza con dejarlo pasar y recordar que no somos cada uno de los humores que atravesamos. Como hice al empezar esta columna, que felizmente ya está terminada.

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