Imagínense un chiste que empieza con “un inglés, un argentino y un israelí se encuentran en un bar”. Al poco rato se ponen a hablar de los malvinenses, los judíos y los palestinos. ¿Cómo termina el chiste? Ni idea. Lo dejo a la imaginación de los lectores.
Lo que sí sé es que la idea comprime tantas contradicciones, confusiones y payasadas que daría para una buena serie de televisión. Basada, claro, en hechos reales. El inglés sería el canciller británico, Ed Milliband; el israelí, el primer ministro Beniamín Netanyahu; y el argentino, el presidente Javier Milei.
El arranque de la serie nos lo daría Milliband. En un discurso esta semana acusó a Israel de llevar a cabo una campaña contra los palestinos de “limpieza étnica” en Cisjordania y de “horror” en Gaza. El embajador de EEUU en Israel respondió que Milliband era un “Jew hater”, literalmente “odiador de judíos”.
Primera broma: Milliband no solo es judío sino que, como declaró en el mismo discurso, es “orgullosamente judío”. Segunda broma: Milliband anunció sanciones económicas británicas contra los colonos israelíes que sistemáticamente aterrorizan a los palestinos en Cisjordania. Bueno, broma solo en el sentido de que Reino Unido no pinta casi nada hoy en política internacional. Es un gesto simbólico que tendrá cero impacto en la política interna israelí. Algo le habrá dolido a Netanyahu, sin embargo, ya que como respuesta se inventó un nuevo apodo para la pérfida Albión, “la República Islámica de Gran Bretaña”. (Una oportunidad aquí, quizá, para que entren en escena el poco republicano Rey Carlos III, “defensor de la fe” cristiana, y el ministro de Defensa británico, que es gay.)
Ahora, el factor que le daría a la serie un carácter único sería Milei, sin olvidar a sus perros, los cuatro vivos y el muerto. Y sin olvidar tampoco el que sería uno de los ejes del drama, las Malvinas, foco del conflicto más absurdo del mundo desde que España se lanzó a la guerra contra Marruecos en 2002 para defender la soberanía española sobre la isla deshabitada de Perejil.
Milei acaba de descubrir un nuevo entusiasmo por “recuperar” la soberanía argentina sobre las Malvinas, población 3.500 personas. Parte de la gracia de Milei, aparte de que como personaje ofrece una mezcla entre Cantinflas y Mussolini, es que uno de sus grandes ídolos es Margaret Thatcher, la asesina del Belgrano que lideró la victoria inglesa en 1982.
Dicho esto, la Thatcher es una monjita de la caridad al lado de Netanyahu y, más si cabe, de su ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, lo que no impide que Milei les venere hoy tanto o más que a la Dama de Hierro en su día. El amor es mutuo y, como consecuencia, Israel se ha aliado con Argentina contra el enemigo común, Reino Unido (o, como dicen en Argentina, “Inglaterra”).
Milei, que se jacta de ser “el presidente más sionista del mundo”, dijo lo siguiente en abril durante su tercera visita a Israel desde que llegó al poder: “Con determinadas culturas no vamos a poder convivir, porque si nosotros respetamos el derecho a la vida no podemos convivir con quienes nos quieren matar”. Pero Milei sí puede convivir con Ben-Gvir, aquel que dijo el mes pasado, “Creo que deberían llevarse a cabo asesinatos selectivos en Gaza, eliminando a 30 o 40 cada noche. No solo a quienes suponen una amenaza inmediata; hay personas allí que no son dignas de vivir. No deberían vivir. Ni siquiera son personas”. Más que convivencia, hay solidaridad. Ben-Gvir declaró esta semana que ya era hora de que “el Estado de Israel reconozca públicamente que las islas Malvinas son territorio argentino ocupado, que los británicos le roban violentamente al pueblo argentino”. También pidió a Netanyahu que impusiera sanciones a Gran Bretaña “mientras la ocupación continúe”. Parte del atractivo del neo Nazi israelí – como figura teatral, digo -- es que no posee la más mínima capacidad de verse a sí mismo como realmente es. Que acuse a otro país de “ocupación” ilícita sin ironía alguna es prueba de ello.
Material para al menos un episodio de la serie lo aportaría la dimensión económica de la causa Malvinas. Milei, en un intento de agregar una pizca de seriedad al eterno reclamo territorial argentino, se declaró enfurecido por la noticia de que los británicos han dado luz verde a la explotación de petróleo en las aguas malvinenses. Pero aquí viene otra broma. Los británicos dieron luz verde a un consorcio liderado, con el 65 por ciento de las acciones, por una empresa israelí con sede en Tel Aviv.
¿Cómo haría Milei para cuadrar el círculo? ¿Quizá dando la vista gorda a esta pequeña anomalía a cambio de que Israel sume sus tropas a una segunda aventura militar para recuperar las islas?
El problema de Argentina con las Malvinas no es tanto los británicos, en el fondo, como los malvinenses, que en el referéndum más reciente votaron 99.8 por ciento a favor de seguir siendo leales a la corona británica, con tres votos en contra. Si votasen un día a favor de convertirse en argentinos los británicos no dudarían ni un segundo en decir adiós y buenas noches, agradecidos de quitarse de encima un vestigio de imperio que les resulta caro e incómodo y no genera el más mínimo interés en su ciudadanía. Como hay menos posibilidad de que los malvinenses opten por ser argentinos de que los palestinos opten por renunciar a sus reclamos territoriales en Tierra Santa, la única salida para Milei tiene que ser, por lógica, militar.
El riesgo es que con los Ben-Gvir en el equipo el desenlace consista en la solución final del exterminio. En asesinar cada noche a 30 o 40 malvinenses durante unos 74 días, lo que duró la guerra de 1982.
Poco probable, se supone, y demasiado macabro, incluso para una serie de humor negro. Pero con tanto loco suelto reírnos es de lo poco que nos queda para no romper a llorar. w
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