Querido Sergio:
Pasaron cincuenta años.
Medio siglo desde que el terrorismo de Estado te secuestró, te torturó y te asesinó junto con tu amigo y compañero Domingo Teruggi. Tenías apenas 37 años.
No llegué a conocerte. Pertenezco a una generación que recibió tu historia a través de otros: de quienes compartieron con vos la militancia, de las páginas que escribiste, de los testimonios que sobrevivieron al miedo y de un radicalismo que encontró en tu vida una de sus referencias morales más profundas.
Por eso me pregunto qué significa escribirte hoy. Cómo evitar que estas palabras sean solamente un homenaje; cómo impedir que el paso del tiempo convierta una vida comprometida en un recuerdo cómodo.
Creo que recordarte exige algo más difícil: preguntarnos qué harías frente a nuestro tiempo y qué nos reclamarías a quienes hoy tenemos responsabilidades políticas.
Fuiste abogado laboralista cuando defender a los trabajadores era enfrentarse con poderes muy concretos. Presentaste habeas corpus por personas detenidas y desaparecidas cuando hacerlo implicaba poner en riesgo la propia vida. Defendiste la democracia cuando todavía no era una palabra de consenso y cuando el Estado había dejado de proteger a sus ciudadanos para convertirse en instrumento de persecución, tortura y muerte.
También discutiste hacia adentro de nuestro partido. No aceptaste un radicalismo resignado, encerrado en sus estructuras o satisfecho con administrar lo existente. Trabajaste para construir una fuerza popular, profundamente democrática, vinculada con los trabajadores y capaz de transformar la realidad.
Fuiste uno de los fundadores de Franja Morada, de la Junta Coordinadora Nacional y del Movimiento de Renovación y Cambio. Ayudaste así a renovar las ideas, la organización y la vocación transformadora de un radicalismo que, años después, con Raúl Alfonsín, tendría la responsabilidad histórica de conducir la recuperación democrática.
Tu vida nos recuerda que pertenecer a un partido no significa obedecerlo en silencio. Significa quererlo lo suficiente como para incomodarlo, discutirlo y transformarlo cuando se aleja de su razón de ser.
No buscabas el sacrificio ni imaginabas la política como una aventura individual. Querías vivir y querías que todos pudieran hacerlo con libertad, dignidad y justicia. Elegiste la militancia porque no aceptabas que unos pocos decidieran el destino de los demás.
Cincuenta años después, la Argentina vive en democracia. Esa conquista, por la que tantos lucharon y tantos dieron la vida, debe ser reconocida y defendida todos los días. Pero sabemos también que votar no alcanza para construir una sociedad plenamente democrática.
La democracia pierde fuerza cuando una familia trabaja y aun así no puede vivir con dignidad; cuando un joven siente que su único proyecto posible está lejos de su ciudad o de su país; cuando la desigualdad define de antemano quién puede estudiar, curarse o progresar; cuando la violencia reemplaza al diálogo y la descalificación pretende sustituir a las ideas.
También se debilita cuando la política se encierra sobre sí misma, se distancia de la vida cotidiana o deja de ser una herramienta de transformación para convertirse en un refugio personal. Tu ejemplo nos obliga a no resignarnos frente a ninguna de esas formas de injusticia.
Nos recuerda que el radicalismo nació para ampliar derechos, defender la libertad, combatir privilegios y darles voz a quienes no la tienen. Nació para construir una democracia con contenido social y una República capaz de cuidar la dignidad de cada persona.
Presidir hoy la Unión Cívica Radical significa asumir esa historia, pero también evitar que la historia sea una excusa para no hablar del presente. No alcanza con invocar a nuestros mejores hombres y mujeres. Tenemos que encarnar aquello por lo que lucharon.
Eso supone construir un partido abierto, moderno y profundamente federal. Un radicalismo que vuelva a escuchar antes de hablar; que salga de los despachos, recorra las provincias y se encuentre con quienes producen, trabajan, enseñan, estudian y sostienen silenciosamente a sus comunidades. Un partido que se anime a gobernar y a transformar, que cuide lo común y que pueda demostrar, en cada gestión, que la honestidad, la sensibilidad social y la eficacia no son valores contrapuestos.
No sabemos qué posiciones adoptarías frente a cada discusión de nuestro tiempo. Afirmarlo sería apropiarnos de una voz que ya no puede responder. Pero sí sabemos desde dónde mirarías esas discusiones: desde la defensa irrestricta de la democracia, desde la libertad, desde la justicia social y desde una política comprometida con la vida concreta de las personas.
Ese es el legado que no podemos resignar. A cincuenta años de tu asesinato, no quiero escribirte solamente para decirte que te recordamos. Quiero decirte que todavía nos interpelás. Que tu vida continúa preguntándonos para qué militamos, a quiénes defendemos, qué intereses estamos dispuestos a enfrentar y cuánto de nosotros ponemos verdaderamente al servicio de los demás.
Medio siglo después, nuestro deber es que ante cada decisión que tengamos que tomar, nos miremos hacia adentro y respondamos esos interrogantes.
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