¿Cómo era mirar tele, escuchar radio, ir al cine, leer un libro de papel, contemplar una obra de arte, en tiempos pasados no tan remotos? Para poder armar esa foto no hay que ir tan atrás. Apenas hace cinco años, la escena era otra, bastante distinta o por lo menos en mutación constante. Y para saber cómo ha sido esa transición, ayudan mucho las mediciones, especialmente la Encuesta Nacional de Consumos Culturales 2023 en la que trabajó la socióloga Marina Moguillansky, experta en consumos culturales, especialmente en el terreno audiovisual.
Una mañana de invierno, en un bar de Almagro, la investigadora analizó algunos de los cambios en los campos culturales que viven una transformación particular y el cambio general de la sociedad del último lustro, por lo menos. Subraya que el cambio radical ocurrió en los consumos culturales a partir de la pandemia, cuando se “aceleró una serie de transformaciones que ya estaban en curso”.
Dirige la maestría en Sociología de la Cultura del IDAES, es Investigadora Independiente de Conicet y profesora titular de UNSAM. Foto: Ariel Grinberg.
–¿Cómo era el mapa local de los consumos culturales hacia 2021?
–Las redes sociales, la banda ancha, las plataformas audiovisuales de streaming, ya existían: todo creció con la pandemia, se aceleró y muchos consumos culturales se virtualizaron. Se intensificó el tiempo que pasamos online, también el trabajo remoto se masificó y muchas actividades educativas pasaron a ser remotas. Esto lo mirás por clase social y te da distinto. La Encuesta Nacional de consumos Culturales está segmentada por regiones, por clase social o por edad. Te permite ver a nivel país y por regiones, por sector socioeconómico, por edad y así podés hacer un montón de cruces. Lo único que es transversal por edad, región, clase social es el uso de la mensajería instantánea: WhatsApp es casi universal, lo usa el 90% de la gente. Algo similar pasa con YouTube. A su vez, Instagram, Twitter, plataformas de streaming como Netflix o Spotify, todas tienen un sesgo que se usan más en grandes centros urbanos, sectores medios y altos y en jóvenes.
–Todo lo llevamos en el celular...
–Todo el tiempo estamos usando el celular y ya nadie mira televisión en su horario. Sin embargo, a nivel país, la gente sigue mirando la televisión masivamente, o sea, el 90% de las personas que encuestamos miran televisión en el horario en el que se emite y en el televisor como soporte. Hoy, en general, el diagnóstico es que la gente mira la televisión por fragmentos en TikTok cuando se va a dormir. El uso de Twitter es muy de nicho, anda entre el 15% y el 20%. Instagram también, plataformas, redes sociales son una burbuja de las grandes ciudades, pero después ves que en otros lugares y edades se reparte por franjas etarias. Facebook tiene más uso y quedó bastante dedicado a personas adultas. Los jóvenes no lo usan tanto.
Ricardo Darín durante las grabaciones de la serie “El Eternauta”. El año 2024 marcó un hito en la adaptación de la literatura de Latinoamérica a las pantallas con una serie de proyectos que prometen llevar la riqueza narrativa y cultural de la región a una audiencia global. EFE/ Netflix
–¿Cómo se manifiesta hoy la presencialidad, la asistencia a shows, muestras, obras etc.?
–Mucho de lo presencial bajó en general. Cuesta que la gente vaya a lugares, especialmente donde hay que pagar entrada. Creció mucho el consumo en el hogar y esto implica un cambio notable en la canasta de gastos culturales. Cambió el gasto de una familia típica de los últimos 20 años que empezó a pagar varios celulares, servicio de datos, banda ancha, suscripciones a Spotify, a Netflix y más plataformas. En general se piensa que con el consumo virtual se gasta menos porque se supone que tiene costo cero u otro modelo de monetización, pero las suscripciones arman una canasta de gastos que se fue incrementando.
–¿Qué radiografía tenemos del consumo dentro de una casa?
–Hoy hay mucho consumo individual. Incluso dentro de una familia, ves que cada uno está mirando una serie distinta, o que ven la misma pero en temporadas diferentes y ni siquiera pueden conversar en la mesa sobre lo que vieron. La fragmentación de la agenda es un problema, incluso para la propia plataforma porque a la gente le gusta poder hablar de lo que está haciendo y viendo. Nos gusta comentar con el otro y, cuando no se puede, se resuelve en las redes sociales. Estás viendo la última temporada de Succession y lo comentás en Twitter, en algún grupo de WhatsApp, con el cuidado de no spoilear. Eso traba mucho la conversación y hace que no funcione tanto el de boca en boca. El de boca en boca necesita simultaneidad, que todos estemos copados con comentar La Odisea hoy. Ahora, si bien es algo muy de nicho, tenés que buscar una comunidad virtual para que puedas hablar de eso, porque no dejamos de ser humanos que queremos hablar de lo que nos interesa.
Series que cambiaron la forma de mostrar las emociones como Fleabag.
–¿Y con la música? ¿Qué fenómenos nuevos o revisitados encontrás?
–Hay personas que necesitan encontrarse con otras y valoran espacios como el del cine debate que uno pensaba que ya había desaparecido para siempre, o de las conversaciones en lugares de trabajo o sociales, cualquier actividad que implique hablar con otros. Para eso están las presentaciones de libros o los encuentros de lectura, los círculos de conversación sobre distintos temas. Son formas de reinventar el consumo cultural con otros, que se volvió tan segmentado y tan individualizado que resulta una experiencia a veces frustrante. Ahí hay una vuelta a lo analógico, a reunirse a escuchar un disco de vinilo e interactuar con otras personas, por ejemplo.
–Aparece un tema que cruza a la sociedad que es la falta de atención y concentración...
–Por eso son importantes los círculos de lectura: nos cuesta estar concentrados durante dos horas o tres horas sin mirar el celular y sin ver qué está pasando. Es una rutina: cada tanto abrís el celular y hacés un mini chequeo, WhatsApp, Instagram, el diario, a ver si todo sigue más o menos igual. Eso interrumpe la lectura, una película, una charla de café, una clase. En la universidad estamos conversando mucho sobre qué hacer con los celulares en las clases porque cuesta mucho que se concentren los estudiantes. Yo doy clases de cine, paso fragmentos de películas y los estudiantes no pueden tolerar 15 minutos sin mirar el celular. Pasa en el cine y en la ópera, es ansiedad, imposibilidad de desconectarse.
Los retrasos en la carga de archivos en el celular tan estresantes como ver una película de miedo o resolver un problema de matemáticas.
–Eso se da en cómo se ven la series, se maratonea...
–Exacto, rápido, necesito rápido saber si es interesante. Cambió la ficción seriada: antes tenías que esperar a que llegara el día y el momento del capítulo, veías la publicidad. Con las series de plataformas cambió todo: no hay un espacio, no hay cortes para la publicidad, esa tensión que antes era de lunes a viernes, que te dejaba enganchado, ahora va de temporada a temporada siguiente. Está la cuestión de verlo rápido, algo que trae cambios para la crítica cultural porque se necesita que el producto esté terminado. Y las series no se terminan nunca, siempre puede haber una nueva temporada, un spin-off, o alguna precuela. ¿A quién le hablan? ¿Al que ya terminó la temporada, al que se la maratoneó o al que está empezando? Eso es todo un problema para los legos que hablamos entre nosotros, pero también para la crítica que quiere decir algo sobre el objeto cultural.
–Y en el caso del libro electrónico, ¿cómo atrae la atención?
–Muchas personas leen en ebook y no pueden recordar lo que leen, cuesta recordar todo. Algo que también vimos en la universidad es el tema de los estudiantes tomando apuntes en el celular o en la computadora y que les cuesta mucho escribir a mano. Hay estudios que muestran que cuando tipeás no haces una selección y no retenés nada. Si escribís en papel, hacés una selección y eso hasta tiene que ver con el movimiento de la mano. Necesitamos volver a regular algunas cosas. Hay clases de cómo mirar cine, cursos de formación de espectadores que hace el gobierno de la ciudad y el Teatro Cervantes.
Escuchas de vinilos en el Teatro Colón con Walter Jakob. Foto: Juanjo Bruzza
–¿Qué ocurre en el museo cuando irrumpe la representación inmersiva? ¿Es más entretenimiento, es una actividad cultural?
–Lo de Van Gogh en la Rural es una representación electrónica, que tiene algo paradójico y es que acerca a un montón de gente que no iría nunca a un museo, a una experiencia que es súper interesante porque ves la obra aumentada, ves el trazo, por ejemplo. Es parte de la algoritmización de la cultura. Cuando vas a cualquier museo todo el mundo está con el celular en la mano sacando fotos a las obras o usando el QR para escuchar una guía. Muchos museos vienen incorporando tecnologías en los recorridos: audioguías más sofisticadas, códigos QR, contenidos interactivos, aplicaciones, etc. Pero también hay un cambio menos visible, que tiene que ver con cómo conocen a sus públicos: cada vez se usan más sistemas de CRM (Customer Relationship Management o gestión de relaciones con los clientes) y otras herramientas de gestión de datos para registrar visitas, intereses, recurrencia y formas de vinculación con el museo. Y ahora aparece además algo bastante nuevo y que me parece muy interesante: los propios visitantes empiezan a usar espontáneamente herramientas de inteligencia artificial generativa para armar recorridos personalizados. Por ejemplo, pedirle a ChatGPT que les seleccione qué obras ver en una hora, que les explique determinadas piezas según sus intereses o incluso que les arme un itinerario para ir con chicos. Ahí la tecnología ya no es solamente algo que ofrece el museo, sino una mediación que lleva el propio visitante y que puede modificar bastante la experiencia de la visita.
Marina Moguillansky se especializa en cine latinoamericano contemporáneo, en particular, argentino y brasileño. Foto: Ariel Grinberg.
–¿La IA está metiendo la cola en todo esto cuando invade con sus propuestas?
–La algoritmización de la cultura es justamente la inteligencia artificial puesta en el corazón de los sistemas de recomendación, que para mí son un núcleo muy importante de cómo funciona el consumo cultural. Uno quiere que alguien te recomiende, que un crítico que vos confías mencione una obra de teatro, o surge de conversar con un amigo que sabés que le gustan ciertos actores. Toda esa información se puede usar para personalizar la recomendación. Ahí se destaca YouTube porque tiene una cantera muy grande para ofrecer y las plataformas solo pueden buscar en su biblioteca que es limitada. En realidad todo es bastante simple, las plataformas tienen mucha información sobre nosotros porque cualquier plataforma que usás te está observando, registrando, sabe todo lo que hacés. Cuenta todos los clicks, qué elegiste, a qué hora, en qué dispositivo, en qué localización estabas, si lo pausaste, si lo adelantaste, a qué velocidad lo viste. Todo eso hoy lo hacen los algoritmos.
Marina Moguillansky. Socióloga
Dirige la maestría en Sociología de la Cultura del IDAES, es Investigadora Independiente de Conicet y profesora titular de UNSAM. Se especializa en cine latinoamericano contemporáneo, en particular, argentino y brasileño. Sus intereses de investigación se centran en temas de la cultura latinoamericana, incluyendo cine y literatura del siglo XX, desde la perspectiva de la sociología de la cultura. Ha investigado el proceso de integración cinematográfica y las políticas cinematográficas en el Mercosur. Una línea secundaria de trabajo son las desigualdades sociales y los consumos culturales en relación con las tecnologías de la información y la comunicación (computadora, celular e internet). Es doctora en Ciencias Sociales, magister en Sociología de la cultura y licenciada en Sociología. Autora del libro Cines del Sur. La integración cinematográfica entre los países del Mercosur (Imago Mundi).
Marina Moguillansky es autora del libro Cines del Sur. La integración cinematográfica entre los países del Mercosur (Imago Mundi). Foto: Ariel Grinberg.
Todavia no hay comentarios aprobados.