08/09/2026 08:31
Eduardo Castex
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Impacto Castex
NACIONALES

Un hombre en la vereda hablando por teléfono

Un hombre en la vereda hablando por
teléfono

Vi una sola vez al padre de Messi. En Rosario, en el bar de abajo de casa. Él estaba en la vereda y hablaba por teléfono. Le decía que no a alguien. Al otro lado la otra persona in

Vi una sola vez al padre de Messi. En Rosario, en el bar de abajo de casa. Él estaba en la vereda y hablaba por teléfono. Le decía que no a alguien. Al otro lado la otra persona insistía. Jorge rehacía su negativa con ademanes.

El dueño del bar se acercó y nos aclaró la escena: “Le va a decir que no. A todo lo que no sea deportivo le va a decir que no.”

Le estaban solicitando una participación de Leo en una actividad “benéfica”. Pero la calidad de lo “benéfico” era dudosa. Lo querían empujar a un territorio confuso.

Sería el 2005. Por entonces no se sabía tanto de Messi. Pero se sabía lo más importante: que acá no le habían querido pagar el tratamiento, y que por alguna razón el padre se lo había llevado a Catalunya.

Por estos días la historia vuelve al primer plano. Siempre nos interesan las historias privadas que luego salen a luz. Que estaban en dos cuartos. Que hijo y padre lloraban en secreto. Que cada uno cargaba con un “exilio” de 2001 anticipado. Que extrañaban a la familia y que no sabían si se quedarían o si tendrían que volver.

La historia de Jorge dejando todo –a sus otros hijos y a su esposa– para consumar la visión de futuro de una abuela –que así se podría llamar también la película– pasa ahora a primer plano.

Te voy a extrañar mucho, pero siempre vas a estar presente, y sobre todo en la educación de mis hijos, porque les enseño y los educo como ustedes lo hicieron conmigo.” –le responde Leo en una carta a Jorge en estos días–.

La historia del padre de Messi nos interpela. Como hijos y como padres. ¿Hacemos lo correcto con nuestros hijos? ¿Y con nuestros padres?

Messi. Juano Tesone

Quisiera detenerme en esos días anónimos, no captados por los flashes.

Esos días oscilantes entre el logro de un cometido –la firma de un contrato, el dinero para las hormonas de crecimiento– y la desilusión: la vuelta a casa con las manos vacías. Hay un instante en que la pelota parte hacia el arco y no se sabe si tiene destino de pasto o de red. Si será punto para nosotros o si se trata de otro tiro fallido.

La historia de Jorge en aquellos días catalanes, entre septiembre y diciembre de 2000, es la de un momento incierto. Pero pase lo que pase decidimos algo.

Escribo estas líneas en un hospital. Mi padre hace sesenta días espera en una cama la llegada de una autorización de PAMI por correo. Mi hija ha entrado a quirófano. A cirugía en el rostro por una caída en el parque. No son nuestras vidas un hilo conector que ciñe la variedad de historias que nos suceden, sino esos momentos inciertos en los que nadie nos ve.

Dejo el cambio en la mesa y me pongo de pie. Veo el zócalo de una noticia en pantalla. Y salgo de nuevo al pasillo para hacer otra llamada por teléfono. La vida se nos presenta a veces bajo formas inciertas, invisibles para los flashes, y en los que la sensación de no estar haciendo nada puede ser falsa. No siempre lo más importante son los resultados. Porque estamos ahí: incondicionalmente, pendientes de la vida de otros, a disposición.

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