Ningún cerebro de silicio podrá reemplazar los “dispositivos” sensoriales llamados perros, esos que no usan wifi, ni 5G, ni Bluetooth ni otra metodología de conexión inalámbrica más que su sistema ancestral interno. Esperan detrás de una puerta y saben exactamente -y a kilómetros- cuándo llega “su” persona. Conocen magistralmente el sonido particular de un llavero, la forma en que el “amo” pisa y camina, el modo en que ruge ese motor de auto entre miles de otros autos.
Prodigio de la perceptibilidad, así como un perro adquiere la certeza de cuándo su amigo está por arribar mucho antes de que arribe, presiente su partida. Vaya a saber qué engranaje corporal le permite anticiparse, qué antena invisible enlaza su alma con la humana, por cuál mecánica orgánica o proceso biológico intuye la tristeza profunda que una piel disfraza.
Acto de sabiduría suprema la de acompañar en silencio. Un perro se acerca, apoya la cabeza o simplemente se queda a nuestro lado, y las penas siguen siendo las mismas, pero ya no solitarias. Su pretensión no es borrarlas, ni entenderlas, sino cargarlas con nosotros para que pesen menos.
Hay, también, otra forma de fidelidad, pero acaso más absurda: la del perro que espera frente a la puerta de un baño. O atado a un árbol frente al supermercado. O la del que acompaña hasta la cama y después vuelve a su cucha. Un ángel del sueño que mira respirar a su “dueño”. O que levanta una oreja cuando escucha el sonido de su nombre.
En ese manual de belleza que es el comportamiento perruno, se destaca el microsegundo en que inclina la cabeza cuando le hablamos, como si estuviera escuchando mandarín u otro idioma indescifrable, y le bastara con el sonido de nuestra voz más allá del mensaje.
Cableados de "una fibra óptica" superior, los perros bostezan cuando bostezamos. Y escriben poesía -sin escribirla- cuando se acomodan en el lugar exacto en que se dibuja el último rayo de sol de la tarde.
Podría escribirse un tratado bíblico sobre los perros como poema ambulante, pero basta mencionar el momento de la búsqueda de contacto físico mientras duerme: una pata sobre una pierna, el lomo contra un cuerpo, como si el recurso garantizara que la unión perdura aún en los sueños.
¿Otro fenómeno sublime? El perro que reconoce una ruta aunque desviemos el camino. Ese GPS invisible de fábrica que lo orienta cuando creemos haberlo desorientado.
Hay una situación para la que el idioma castellano todavía no encontró una palabra, el duelo por la pérdida de un perro y por todas esas preciosuras del comportamiento recién nombradas. Entendemos el sentimiento, conocemos sus características y podemos definirlo usando varios términos juntos, pero no -todavía- una sola palabra. Una única que encierre todo eso que perdimos con la precisión y la brevedad de un ladrido.
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