El rencor es una emoción compleja que aparece cuando una persona siente que ha sufrido una ofensa, una injusticia, una humillación o un daño que considera injusto y ofensivo.
A diferencia de la ira, que suele ser intensa pero relativamente breve, el rencor implica conservar activamente el recuerdo de lo ocurrido y volver mentalmente sobre él.
El origen puede ser una traición, una separación, una decepción, una injusticia laboral, un conflicto familiar y su duración es variable pero prolongada ya que puede persistir incluso décadas.
El rencor nunca no es un sentimiento pasajero, es una memoria duradera. A diferencia de quien recuerda una ofensa y logra dejarla atrás, la persona rencorosa queda atrapada en un bucle donde el agravio se repite una y otra vez con la misma intensidad del primer día.
Y ese pasado que no se logra procesar ni distanciar de la conciencia no se queda quieto, sino que actúa sobre el cuerpo, día tras día, como si el organismo entero estuviera todavía bajo ataque.
Los primeros efectos del rencor se notan en el corazón. / Foto: Shutterstock
Los efectos en el cuerpo
El primer efecto se nota en el corazón y los vasos sanguíneos. El rencor sostenido eleva la presión arterial de manera crónica, acelera la frecuencia cardíaca incluso en reposo y aumenta el riesgo de enfermedad coronaria y de infarto.
El cuerpo interpreta la ofensa recordada como si fuera una amenaza presente, y responde en consecuencia, activando una y otra vez los mismos circuitos de alarma que se dispararían frente a un peligro real e inmediato.
Ese estado de alerta permanente tiene, a su vez, un costo hormonal. El cortisol se mantiene elevado más tiempo del que debería, y esa elevación sostenida trae su propia cascada de consecuencias dado que el sueño se altera, el peso tiende a concentrarse en la zona abdominal y el organismo se vuelve más resistente a la insulina, allanando el camino hacia trastornos metabólicos.
Mientras tanto, el sistema inmunológico, exigido de forma constante, empieza a fallar al bajar las defensas frente a infecciones y aumenta la inflamación de bajo grado, esa inflamación silenciosa que hoy se vincula con un amplio abanico de enfermedades crónicas.
Por el estado de alerta permanente el sueño se altera. / Foto Shutterstock.
El cuerpo también se tensa de manera literal. El cuello, la mandíbula y la espalda acumulan una rigidez que no cede, y de ahí derivan las cefaleas tensionales que muchas veces no encuentran explicación médica clara, porque su origen no está en el músculo sino en la historia que ese músculo sostiene.
El sistema digestivo, tan sensible al estado emocional a través del eje intestino-cerebro, también se resiente. Y a todo esto se suma una fatiga que no se explica por el esfuerzo físico, sino por el desgaste de sostener, sin pausa, un estado de alerta que debería ser transitorio y se volvió permanente.
Los efectos del rencor a nivel celular
Incluso a nivel celular el rencor parece dejar huella. Guardar rencor, en ese sentido, envejece.
Pero, hay que ser cuidadosos ya que no existe una clara evidencia para afirmar que el rencor, por sí mismo, cause una determinada enfermedad, pero sí que es una experiencia psicológica capaz de mantener activados mecanismos nada saludables para el organismo.
Por eso resulta tan certera la vieja imagen que compara al rencor “con beber uno veneno esperando que el otro muera”. El otro, muchas veces, ni se entera, pero el cuerpo que paga la factura es siempre el propio.
E.M.
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