Mientras algunas personas esperan las vacaciones para conocer una ciudad diferente, otras prefieren regresar al mismo destino, pasar tiempo en su barrio o directamente quedarse en casa. La diferencia suele interpretarse como una cuestión de curiosidad: quienes viajan buscarían nuevas experiencias y quienes no lo hacen serían menos abiertos a ellas.
La psicología presenta un panorama bastante más complejo. Las investigaciones indican que la curiosidad tiene diferentes dimensiones y que, al mismo tiempo, las personas pueden desarrollar vínculos profundos con los lugares conocidos. Preferirlos, por lo tanto, no alcanza para determinar si alguien es abierto o cerrado de mente.
La investigación que encontró cinco formas de curiosidad
Un equipo encabezado por Todd Kashdan, de la Universidad George Mason, investigó las diferentes maneras en que se manifiesta la curiosidad.
La psicología afirma que las personas que no desean viajar no son cerradas de mente.
El trabajo, publicado en 2018 en Journal of Research in Personality, incluyó tres estudios. Los dos primeros contaron con 508 y 403 adultos, respectivamente, mientras que el tercero utilizó una muestra nacional de 3.000 personas. Los investigadores desarrollaron una escala que identificó cinco dimensiones: exploración placentera, sensibilidad ante aquello que todavía no se conoce, tolerancia al estrés, curiosidad social y búsqueda de emociones.
La conclusión relevante es que ser curioso no significa únicamente perseguir experiencias nuevas o intensas. Una persona puede tener mucho interés por aprender, comprender a los demás o encontrar respuestas a preguntas complejas sin sentir una necesidad equivalente de buscar emociones fuertes.
Buscar novedades es solo una posibilidad
La búsqueda de emociones es la dimensión que más fácilmente puede asociarse con determinadas formas de viajar: explorar destinos desconocidos, realizar actividades nuevas o exponerse voluntariamente a situaciones impredecibles.
La búsqueda de emociones es la dimensión que más fácilmente puede asociarse con determinadas formas de viajar.
Pero es apenas una de las cinco dimensiones identificadas por Kashdan y sus colegas. Esto impide establecer una equivalencia automática entre viajar mucho y tener una personalidad curiosa. Del mismo modo, no querer viajar frecuentemente no demuestra por sí solo falta de interés por aprender o descubrir cosas nuevas.
La investigación tampoco establece que quedarse en lugares conocidos proporcione exactamente los mismos beneficios psicológicos que viajar. Se trata de experiencias diferentes cuyas preferencias dependen de numerosos factores.
Qué es el apego al lugar
Otro campo de investigación ayuda a explicar por qué ciertos espacios familiares pueden adquirir tanta importancia.
Cuando un lugar se convierte en parte de la identidad.
Los psicólogos ambientales Leila Scannell y Robert Gifford, de la Universidad de Victoria, propusieron en 2010 un modelo para comprender el llamado place attachment o apego al lugar. El concepto describe el vínculo que una persona puede desarrollar con un espacio significativo y contempla tres grandes dimensiones: quién establece el vínculo, qué procesos psicológicos participan y cuáles son las características del lugar.
Ese apego puede involucrar emociones, recuerdos, pensamientos, comportamientos y relaciones sociales. Por eso, una casa, un barrio, una plaza o una ciudad pueden representar mucho más que un punto geográfico.
Cuando un lugar se convierte en parte de la identidad
Los lugares conocidos pueden quedar asociados con diferentes etapas de la vida. Una calle puede recordar la infancia. Un café puede estar relacionado con determinadas amistades. Una casa puede representar años de convivencia familiar. Con el paso del tiempo, esos espacios acumulan experiencias que contribuyen a construir una historia personal.
El modelo de Scannell y Gifford señala que el apego también puede relacionarse con la identidad vinculada al lugar. Regresar a determinados sitios, entonces, no necesariamente implica buscar comodidad para evitar cualquier novedad. En algunos casos, permite mantener contacto con espacios cargados de significado personal.
Qué relación puede tener con el bienestar
Distintas investigaciones estudiaron además la relación entre el apego al lugar y el bienestar.
Chiara Rollero y Norma De Piccoli, de la Universidad de Turín, analizaron a 443 estudiantes universitarios y encontraron asociaciones entre el apego al barrio y a la ciudad y diferentes dimensiones del bienestar social. Los resultados no fueron idénticos para todos los tipos de vínculo, una señal de que no existe una relación simple según la cual cuanto mayor sea el apego, mayor será necesariamente el bienestar.
Otros trabajos encontraron que componentes como la identidad vinculada al lugar y las relaciones sociales asociadas con él pueden participar positivamente en la relación entre comunidad y bienestar.
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