A ciertas personas el fuego les infunde temor aun a mucha distancia. No al crítico nato. Enseguida busca registrar, examinar y retransmitir una lectura fervorosa: recalibrándola, remontándola, reubicándola. La crítica es una traducción salvaje –torpe o amorosa versión degradada de un original– y el crítico un traductor al que se le concede un yo. Un sabueso sin raza o dueño, una lente de contacto, un iluminador munido de telemetría, antena parabólica desinteresada, dibujante técnico o preceptor felino en un juego análogo al cuarto oscuro. Ni mayordomo ni matón, arrancado de la madriguera del hedonismo hacia el dominio público, conoce de sobra la insatisfacción consustancial a la tarea, empieza con un libro tras haberlo terminado y asume la puesta en valor de una cantidad de hojas impresas.
Puede volverse adictivo estudiar cómo en un crítico van apareciendo su gusto, su juicio, su propia escritura y por detrás o delante su máscara o persona. El gusto, dicho sea de paso, no es un guión de hierro ni un juramento y no existe para ser dirimido (como en una causa judicial que incluye presentación de pruebas y contrapruebas); a lo sumo le procura a su portador nuevos motivos para asombrarse de misterios que no domina. En todo caso, el propósito de la crítica, como el de la ficción o la poesía, es ése: llevar al lector a otra dimensión, a otra escala o napa, más alta o más profunda.
A los pliegues del reconocimiento se consagraron narradores-críticos (Pritchett, Borges, Burgess, Updike, Vidal, Amis hijo, Magris, Blanchot), poetas-críticos (Baudelaire, Eliot, Pound, Empson, Campo, Jarrell, Brodsky, Borges), biógrafos-críticos (Johnson, Holroyd, Ian Hamilton), profesores-críticos (Bloom, de Man, Kermode, Bayley, Ricks, Barthes, Poulet, J.-P. Richard), lectores-críticos (Bazlen, Ferrater, Richie) y críticos a secas (Connolly, Wilson, Kenner, Starobinski, Steiner, Reyes, Cerda, Marichalar, Contini, Garboli). Es tanto lo que aporta un lector –fue el repatentamiento de Borges– que las reacciones varían radicalmente –van más allá de la calidad de lo leído– y parecen provenir de oficios incluso antagónicos.
Lo que opinó Geoff Dyer de Martin Amis es lo que este dijo de Joan Didion y lo que uno diría de Dyer: que sus ensayos son superiores a sus novelas. Algo que sucede con John Updike, Gore Vidal, Maurice Blanchot y otros que en paralelo ensayaron sendas prácticas creyendo tal vez que así, justamente, mantenían viva su ficción. Son raros los casos en que ambos mundos tienen niveles parejamente perdurables. V. S. Pritchett es uno. Acaso Giorgio Manganelli sea otro. Enrique Lihn lo consigue en su poesía, no tanto en su narrativa epocal. A lo mejor se debe a que el ejercicio de la ficción exige cierta alienación crítica de parte del autor (y es la obra propia la que tarde o temprano le va a imponer al autor un mínimo de silencio). Quizá se trata de que la buena crítica envejece mejor que una ficción equivalente; esta tiende a añejar hacia lo inofensivo o lo fechado (y la pereza creciente no contribuye).
También es cierto que la crítica inoculada y no anestesiada tiene bastante más espesor que tanta novela insustancial, y actúa como un vendaval arrasando casuchas de adobe montadas por burgueses para posar de gente silvestre. El éxtasis –disculpas por la hipérbole– que proveen las novelas, cuentos y poemas sublimes también lo procura cierta clase de filosofía y de crítica. Como sea, el contraste estadístico entre la cantidad de narradores y poetas y la cantidad de críticos es tal que es como querer hacer pasar un océano por el ojo de una aguja. El desamparo crítico actual agudiza la impresión de “zona liberada”.
Claro que no deja de haber meritocracia en la literatura; no todo amerita la misma atención, aunque a quien critica no se le cree, o se lo contempla como un jovencísimo alumno que le grita al paseante (el autor) desde la ventanilla entreabierta de un ómnibus escolar. El problema irresoluble de la literatura –en el interior de las ficciones– es paralelo al de su recepción y reconocimiento (ya Hegel lo anunciaba como un problema central). La insolencia es acaso innata en la crítica y se da una vertiginosa ecuación cuando un gran crítico desdeña a otro, acaso superior a él, o un autor demuele a otro elogiado por un colega eminente.
Contados críticos trascendieron a escala internacional –Bloom, Sontag, Barthes, Benjamin póstumamente–; es un terreno poco disputado, de rendimientos decrecientes; es decir, menos contaminado, más genuino. En cualquier época, es sólo para unos pocos fakires vocacionales. Si un crítico insiste en su práctica acaso sea porque vivió en carne propia (es el caso de poetas y narradores que le dedicaron muchas horas a la crítica, como Auden o Lihn) la falta de recepción, no digamos favorable, sino mínimamente honda o cautivante, no importa si positiva o negativa; de ahí la voluntad de que este o aquel autor admirado reciba una legítima dosis de apasionada atención.
Hay una locura en la crítica y en su ejercicio constante, acaso más que en un novelista. Es que un lector es una mónada de Leibniz: uno y único, no hay dos iguales, y la tentación de ponerla a prueba es demasiado irresistible. Ideal la posición del crítico para entender que la relación con la literatura es desquiciada, contradictoria y secreta en sus maniobras más vitales. Lo que un crítico no explicita, naturalmente, por el tenor de lo que eso encarna, son precisamente sus pudores.
El crítico no desconoce, desde luego, que habla como segunda lengua el idioma del autor que comenta, y que su escritura apenas rasca la superficie de la lectura. Así podría resumirse la quijotesca patriada –la agridulce servidumbre– de un reseñista. Hay que leer a buenos o muy buenos críticos para saber lo que es correr a una liebre a campo traviesa con una escopeta de juguete y balas de corcho.
Algunas firmas eminentes
Audaz, autoirónico, enfrascado en sus investigaciones, Mario Praz nunca le concedió un centímetro a la simplificación. Al contrario, se dedicó a ampliar, a salirse del terreno de lo previsible, a reanimar espléndidos esqueletos remotos. Procede como un anticuario avispado que al revalorizar objetos (sujetos) del pasado los pone en hora.
Excava en desvanes y le quita el polvo con paciencia incluso a lo que vuelve a enterrar. Praz prefiere no ponerse en el lugar de crítico; por eso se inclina por el ensayo (a la inglesa, de otros siglos, en especial Charles Lamb: adaptó el tono inglés al italiano). De él ahora se editaron en castellano Lectora nocturna (Elba) y La voz tras el escenario (Atalanta). Celestino entre obras distanciadas en el tiempo y las lenguas, de comparaciones suaves, de mundos idos y renacidos, de la cita como mano derecha, su cortejo de lo macabro lo volvió un cruzado contra las inferencias ingenuas del psicoanálisis. A veces, deja el dictamen –sobreentendiendo que no es indispensable– en manos del lector.
Al Alvarez, de quien se tradujo el volumen de artículos Apuesta arriesgada (FCE) , se mantuvo siempre alerta a los peligros de consagrar en exceso (algo que distorsiona la naturaleza de la obra, caso Seamus Heaney) y sale en defensa de Plath, Hughes, Lowell, Berryman y Graves (siempre con un apartado breve para sus virtudes personales) y de irónicas e indirectas plumas sometidas por un régimen (poetas checos y polacos). Sabe ser técnico sin ser pesado y es inteligente sin ademanes ampulosos: “La cuestión es la clase de éxito que un estilo permite”.
Elizabeth Hardwick era supremamente perceptiva para el trato de un autor –Henry James o Virginia Woolf– hacia sus personajes. Seducción y traición. Mujeres y literatura (Navona) permite apreciar su sagacidad psicológica y sus valientes y sobrios desciframientos (vale subrayar lo de sobrio; a menudo la agudeza en esa zona conlleva una mayor excitación de nervios).
Hardwick tenía buen ojo para evaluar casos (Plath) y para lo imperdonable y ella misma no deja pasar una. Le sobraba paciencia para rehacer y condensar tramas –con una claridad que por sí sola parece sugerirle conjeturas– y autoridad en una voz que no finge dudas. Hardwick es un claro ejemplo de qué es lo que un lector ve y otro no.
Del chileno Enrique Lihn se reedita su gran summa crítica, El circo en llamas (UDP), centrado en compatriotas suyos y latinoamericanos. Técnico, à la page (de aquel entonces) y a la vez con desparpajo y generosidad de afectos, despliega una sofisticada armamentística intelectual (a él esta palabra no lo insulta). Sobre Reinaldo Arenas acota: “La edad de un autor es un dato esencial cuando no hace falta juzgar su escritura ni por su inmadurez ni por su decrepitud”. Lihn da cuenta de un eclecticismo fenomenal en sus estilos de crítico y no le teme a cruzar espadas con la teoría. Es una prueba viva de lo que ha caído el nivel de la discusión literaria en la primera línea (la de los escritores más visibles).
Como apuntes al galope, en medio de una huida, parecen los ensayos de Viktor Shklovski en El movimiento del caballo (Ubú Ediciones). El ruso es muy gráfico y todo se vuelve palpable. Avanza convencido, apurado, inspirado, impiadoso, desfachatado, de prosa dinámica y sorpresiva, recortada, de saltos y desvíos y planos rápidamente interrumpidos. La arbitrariedad y la libertad total de Shklovski, no sólo en este libro, lo hacen no parecer un crítico. Asombra que un teórico sea tan concreto y material para narrar (en La tercera fábrica/Érase una vez, libro caprichoso, compulsivamente digresivo).
La puntuación de Shklovski es de montajista y el ritmo general autoriza el capricho variable de la extensión de sus párrafos y sus cortes. Momentos –frases– que caen como meteoritos, de la nada, de no se sabe dónde. Va acostumbrando el oído del lector a las elipsis, que van adquiriendo una modulación propia. Las conexiones están allí para imaginarlas. El estilo produce hipnosis por lo que pueda llegar a unir en su mesa de disección. Sentencias desconcertantes, enigmáticas por venir del monitoreo profundo de un bucanero apellidado Shklovski, que regala un método que parece asequible a todos y es en verdad un arte delicadísimo.
No dimensionamos todavía –no conviene, además, porque lastimaríamos a los escritores en ejercicio– la tristeza de la ausencia ya definitiva de críticos a la altura de ciertas obras. Para un determinado escritor, saber que ya no tendrá un lector como Cesare Garboli o Giorgio Manganelli puede resultar la excusa perfecta para abandonar los hábitos. Manganelli hacía crítica con la fuerza de una narración y a merced de fustazos adjetivados buscaba proteger y preservar la misteriosa realización y apreciación de la literatura. Sus epítetos son descargas eléctricas y su capacidad descriptiva se parece más bien a una destreza adivinatoria.
Tampoco habrá ya un lector como Roberto Bazlen, cuyos informes de lectura, recopilados póstumamente, acaso constituyan el mejor y más elevado registro de lo que una lectura pueda ser por escrito. No pronunciaba una sola palabra desde la condescendencia o lo acomodaticio. Virtuosamente enfático hasta en la duda, poseía una facilidad prodigiosa para intoxicar al lector con su euforia o su desgano, y estaba tremendamente alerta a la nota falsa, a la impostación del lado incorrecto del artificio. Paciente y perspicaz detector de lo genial en lo tedioso y al revés, y lo mismo para discriminar el único buen capítulo de toda una novela, Bazlen dejó en claro, de paso, que un gran libro puede tolerar más de un defecto.
Otro que ratificó que mucha de la mejor crítica se practica subterráneamente, por carta, fue Gabriel Ferrater (ver Noticias de libros). Con humor fulminante, el poeta y asesor editorial selló la forma del informe de lectura como modelo crítico. Sobre la primera novela de B.S. Johnson anotó: “El autor experimenta con su propio talento, tan sólo para asegurarse de que lo tiene y tratar de averiguar hasta dónde puede conducirlo”. Ferrater era, igual que los brasileños Antonio Candido, Sérgio Milliet y Roberto Schwarz, de los críticos –es un parteaguas– sensibles a la ironía. Ironía no le faltaba a Paul de Man: “Entre el gato originario y el comentario de un crítico acerca del poema de Baudelaire, unas cuantas cosas han ocurrido”, soltó el belga y desapareció detrás de la sonrisa del que ha sabido traicionar.
El narrador y crítico inglés V. S. Pritchett fue un juez justo a fuerza de observaciones francas y claras. Traslucía la autoridad amable y firme de alguien memorioso y preciso: “Para mí es una perversión de la crítica sugerir que uno puede tener las virtudes de un escritor sin sus vicios”. En el colmo de sus malabares, la crítica es una utopía, o una obra en pos de una utopía, guiada por una ley tácita: si una novela se puede contar, no se puede leer. Pero si uno sueña haber leído un libro entero, ¿lo leyó?
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