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Lecturas compartidas: estallido de clubes de lectores presenciales, virtuales y más

Lecturas compartidas: estallido de clubes de lectores presenciales, virtuales y más

Los grupos se multiplican en Buenos Aires y reúnen a lectores en bibliotecas, librerías, centros culturales y espacios virtuales. La Ciudad y la Provincia impulsan nuevas redes par

Para las editoriales, los clubes de lectura son un canal de venta singular. Para las librerías, una actividad que permite fidelizar a sus compradores habituales. Para quienes se dedican a la crítica o a la actividad docente, son un espacio de desarrollo profesional. Y para lectores y lectoras, los clubes son una nueva manera de leer, una forma comunitaria de darle sentido a lo que un libro puede ofrecer, una caja de resonancia donde encontrar otras interpretaciones. Porque leer ya no es una actividad solitaria e individual.

Para lectores y lectoras, los clubes son una nueva manera de leer, una forma comunitaria de darle sentido a lo que un libro puede ofrecer. Foto: gentileza.

A comienzos de este año, el Instituto Cultural de la provincia de Buenos Aires se propuso agrupar a los clubes de lectura que funcionan en su territorio. Para eso, lanzó una convocatoria: la idea era inscribirse en una base de datos y sumarse así a la Red Bonaerense de Clubes de Lectura. En cuestión de horas, eran más de 400 las iniciativas registradas a las que se sumaban otras 135 organizaciones interesadas en crear esa clase de propuestas.

“La red no constituye una política pública de centralización de estas experiencias, sino por el contrario, una forma de entrelazar, contener, conectar y potenciar las experiencias de las comunidades lectoras en el territorio bonaerense”, aclara Florencia Saintout, presidenta del Instituto. Desde ese organismo, las acompañarán con la distribución de libros, estrategias de mediación de la lectura y asesoramiento específico.

Por lo pronto, esos grupos recibirán los títulos del programa “25 para el 25”, del Fondo de Cultura Económica, que “por la negativa de Gobierno de Milei a participar, en la Argentina el FCE decidió trabajar con la Provincia. Entendemos que la mejor manera de distribuir esos libros era a través de los clubes de lectura ya establecidos y de la generación de nuevos”, agrega a Ñ Saintout.

Y subraya que “la cultura es una inversión, pero también una convicción y un mandato popular. Nos parece una trampa sólo caer en la idea de que la cultura produce valor agregado porque hay cosas que se generan, que se despiertan, que no se pueden monetizar, que no son mensurables”.

También la Ciudad de Buenos Aires atiende la búsqueda de los ciudadanos porteños que requieren espacios para la lectura compartida. Javier Martínez, director de Promoción del Libro, Bibliotecas y la Cultura, explicó a Ñ que abrieron varios espacios de esta clase “con la idea de que el acto de leer no termine al cerrar un libro, sino que también genere conversaciones, intercambio de puntos de vista, y un vínculo más cercano entre vecinos que quizás no se conocerían de otra forma”.

La Ciudad tiene en este momento en funcionamiento clubes y talleres de lectura que se interesan por El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald, la literatura de autoras argentinas, los jóvenes, las redes sociale y salud mental, pero también Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes. En septiembre se sumarán talleres virtuales de lectura mensual.

Nuestro plan es poder llegar cada vez a más barrios, de hecho vamos a sumar clubes nuevos con la reapertura de bibliotecas que estamos poniendo en valor, como la José Mármol, en Belgrano, y la Joaquín V. González, en La Boca”, adelanta Javier Martínez, que asegura que el pedido de esta clase de actividades “es una demanda que no para de crecer. Hoy tenemos diez propuestas entre clubes y talleres que reúnen alternativamente a cientos de personas”.

Ventas, marketing y feedback

Si para los Estados los clubes son una manera de construir lazos entre la ciudadanía y dar respuesta a una demanda que se multiplica, para las editoriales esta clase de iniciativa se presenta como una posibilidad de venta y de vínculo con los lectores.

Para lectores y lectoras, los clubes son una nueva manera de leer, una forma comunitaria de darle sentido a lo que un libro puede ofrecer. Foto: gentileza.

Así lo explican los responsables de la editorial Adriana Hidalgo cuando dicen a Ñ: “Por un lado, buscamos activamente venderles libros a los clubes de lectura, ofreciéndoles periódicamente títulos que puedan resultarles interesantes. Por el otro, muchas veces nos llegan pedidos puntuales de grupos interesados en algún título en particular de nuestro catálogo. Es un ida y vuelta”.

Para el grupo Penguin Random House, “son espacios que cuidamos y desarrollamos con mucho entusiasmo porque el intercambio es muy enriquecedor en ambos sentidos: nos permiten acercar autores y libros a sus lectores, pero también escuchar de primera mano qué los entusiasma, qué están leyendo, qué recomiendan y qué conversaciones se generan alrededor de esa lectura”, explica a Ñ Valeria Fernández Naya, directora de Marketing y Comunicación.

Para el grupo editorial, esos espacios de lectura con otros “tienen algo muy potente: la lectura deja de ser una experiencia individual para convertirse en una experiencia compartida. Se generan conversaciones, recomendaciones y vínculos alrededor de los libros que ayudan a acercar nuevos lectores y a fortalecer nuestras comunidades”.

Coinciden desde la filial argentina del Fondo de Cultura Económica (FCE), grupo editorial de México, con presencia en Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, España, Estados Unidos, Guatemala y Perú y un fondo de más de 10.000 obras y un catálogo electrónico de más de 2.000 títulos. “Un libro cambia cuando entra en conversación con las lecturas de otros: aparecen interpretaciones, asociaciones y preguntas que quizás uno no había encontrado leyendo solo”, dice a Ñ Deborah Lapidus, coordinadora de Comunicación de la editorial.

El FCE creó su propio grupo gratuito y virtual, llamado El Club, del que suelen participar entre 50 y 100 personas, que no busca vender libros, dicen, sino intervenir culturalmente: “Nos interesa que el libro sea un punto de partida para una conversación más amplia. No pensamos el Club como un focus group ni como una herramienta para medir qué libro funciona mejor. Nos interesa justamente que conserve su carácter cultural y que la conversación tenga autonomía”.

Este año, el Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (Filba) también está buscando el modo de articular sus actividades con los clubes de lectura que funcionan en la Ciudad. “Queremos, hace tiempo, armar red con los clubes y estamos trabajando para ver si llegamos a hacerlo para este festival”, anuncia Amalia Sanz, directora del ciclo.

Por lo pronto, ya organizaron encuentros de lectura centrados en la obra del escritor francés Emmanuel Carrere, invitado del Filba este año, y hay otro dedicado a la obra de la irlandesa Claire Keegan, que también vendrá a fines de septiembre.

“Sabemos que los clubes son los que motorizan gran parte de lo que se está leyendo hoy, al menos en la ciudad de Buenos Aires”, agrega Sanz y recuerda que el Filba trabaja en colaboración con Escape a Plutón, con quien organizan una noche de lecturas que termina en fiesta y baile.

Presenciales, virtuales y más

Como la búsqueda es compartir la experiencia de la lectura, hay clubes presenciales y virtuales, simultáneos o con materiales disponibles a demanda. Los hay que intercambian en foros o grupos online así como los que solo funcionan de manera personal y ni siquiera se graban. Los hay en bibliotecas, en centros culturales, en departamentos, en clubes y en librerías. Incluso hay lectores que socializan en otros idiomas.

Para lectores y lectoras, los clubes son una nueva manera de leer, una forma comunitaria de darle sentido a lo que un libro puede ofrecer. Foto: gentileza.

Bookerly, Bukku, Manjar bacanal lectora, Delibooks, Club Thriller y Escape a Plutón funcionan a partir de suscripciones. Quienes se abonan reciben, a cambio de una mensualidad que va de los 30 mil a los 35 mil pesos, un libro al mes y distintos servicios (regalos, correos con guías de lectura, talleres). También existe Carbono que invita a sus integrantes a comprar el libro donde quieran y envía cada domingo un mail con materiales para acompañar la lectura especialmente armados por invitados especiales.

Otros clubes funcionan en librerías. En La gata y la luna, de Núñez, hay uno que se reúne una vez al mes y es coordinado por una actriz de doblaje, que es narradora, y que lee cuentos mientras los participantes (que pagan 18 mil pesos) disfrutan de una copa de vino o un café y algo para picar. Otras veces, el lenguaje que convoca es el cine de autor (ya hubo uno dedicado a Leonardo Favio, que tendrá continuidad) o presentaciones de libros con la presencia de los autores: “En agosto, recibimos a la escritora Laura Cukierman y en septiembre estará el periodista Leandro Renou”, cuenta el librero Santiago Martínez Laino.

Paola Lucantis es editora y hace un par de meses cerró su experiencia como librera en Te llamaré viernes, que funcionaba en Belgrano. Lo que no cerró fue el club de lectores que se reunía en ese local. “Nació por una propuesta de la gente que venía a la librería. Comenzamos en febrero del año pasado leyendo Kitchen, de Banana Yoshimoto y fue un éxito. Desde entonces, armamos dos grupos para que cada uno tuviera no más de 18 personas que realmente pudieran conversar”, explica a Ñ Lucantis.

De manera que ahora los encuentros son en la casa de té japonesa Kinzen, “un espacio muy lindo, que tiene unos salones separados donde ya funcionaban actividades relacionadas con la cultura japonesa”, describe Lucantis. Hasta ahí llegan todos con sus apuntes, notas registradas a mano e incluso con la queja: “Este libro no me gustó” porque se trata de poner en común incluso en el disenso.

Geografía o edad

En ocasiones, funciona la proximidad y los clubes se organizan en un barrio. En otros, el aglutinante es la edad. Eso sucede en el Museo de Flores donde la narradora y comunicadora Miriam Simcovich coordina un grupo de adultos mayores. “Por el crecimiento de la expectativa de vida, cada vez hay más adultos mayores que viven solos a los que les cuesta socializar. Algunos me cuentan que salen a hacer compras innecesarias, solo para conversar con quienes atienden el comercio”, describe a Ñ y agrega que “las personas de mayor edad que siempre amaron los libros encuentran en un Club una actividad accesible y adecuada a sus posibilidades”.

Para lectores y lectoras, los clubes son una nueva manera de leer, una forma comunitaria de darle sentido a lo que un libro puede ofrecer. Foto: gentileza.

El primer Club de Lectura para Adultos Mayores (desde 60 años en las mujeres y 65 en los hombres) comenzó en la Biblioteca Popular de Villa del Parque en 2018 y sigue activo. Siempre lo imaginé como un espacio cálido, no una “clase de literatura”,sino mas bien un espacio colaborativo donde todos aportan y nos enriquecemos mutuamente”, explica a Ñ Simcovich .

Esa iniciativa se fue replicando y hoy también los hay en la Sociedad Friulana de Villa Devoto, la Biblioteca Helena Larroque de Roffo –entre Agronomía y Villa del Parque–, y en el Museo del barrio de Flores.

Polisemia es un club que lleva 13 años de vigencia y que es coordinado por Ester Díaz desde que, en 2014, buscó el modo de compartir lecturas con otras personas apasionadas por los libros como ella. “Quería encontrar en Buenos Aires espacios para compartir lecturas con otros de manera horizontal, lugares en los que no me dijeran cómo leer un autor, sino que simplemente cada uno compartiera con los demás lo que había entendido con los demás”, recuerda a Ñ.

Díaz no encontró ese lugar ni en bibliotecas ni en librerías, de manera que lo creó. “En ese momento, el concepto de club de lectura prácticamente no existía”, primero alquilaron un espacio, luego pasaron por la librería SBS y desde entonces pasaron por otras tiendas de libros, espacios culturales y, desde la pandemia, sumaron el formato virtual a los encuentros que, ahora, tienen lugar en Clásica y Moderna (Callao 892).

Polisemia funciona en dos grupos, en encuentros mensuales o quincenales y fue declarado de interés cultural por la Legislatura porteña: “Fue un incentivo muy grande”, dice Ester Díaz y asegura que lo más hermoso de este trabajo es que llegan al encuentro con un libro y, tras el intercambio, “nos vamos con otro libro, totalmente transformado y mucho más potente”.

El modelo de Decime un libro (DUL) es distinto. La abogada Rosario Pozo Gowland lo creó en 2018 como un perfil en redes sociales. “Era un hobby, nada más”, recuerda a Ñ. En ese momento, publicaba recomendaciones y, si al inicio la leían sus familiares y amigos, a los pocos meses ya eran diez mil los seguidores.

La iniciativa creció de tal manera que Pozo Gowland dejó en 2020 de ejercer la abogacía para dedicarse totalmente a Decime un libro. El grupo comenzó con treinta personas y hoy reúne a más de trescientos suscriptores cada mes, que pagan de 69 mil a 89 mil pesos según su membresía, y más de noventa y tres mil seguidores en Instagram.

Cada mes, esos lectores transitan en una plataforma propia por cuatro módulos: el perfil del autor o la autora, cine, series, documentales, arte, fotografía, podcasts y lecturas complementarias; una entrevista al autor del mes o a un especialista en los temas que el libro abre y, como cierre, una masterclass más un encuentro virtual de debate.

Por las entrevistas de DUL ya pasaron Martín Kohan, Sigrid Nunez, Mónica Ojeda, Neige Sinno, Liliana Heker, Brenda Navarro, Katie Kitamura, Eduardo Halfon, Inés Garland y Giovana Madalosso. Pero Pozo Gowland tiene esta certeza: “La gente no viene por el libro. Viene porque no tiene dónde tener una buena conversación. Tiene preguntas, tiene incomodidad con cosas que ve todos los días, y no encuentra un lugar donde llevarlas y cómo analizarlas. Hay una suerte de soledad intelectual”.

Para lectores y lectoras, los clubes son una nueva manera de leer, una forma comunitaria de darle sentido a lo que un libro puede ofrecer. Foto: gentileza.

A Marta, el club la llevó, dice, “a escuchar con más atención y realmente, a meterme en el medio del cuento, hasta llegar a ver a los personajes. A tener una concentración tal, que realmente estás metida dentro de ese mundo”. Rosa dicen que disfruta de cada encuentro: “No solo por las lecturas, sino por el clima de atención y de respeto para escuchar y compartir opiniones” y revela que cuando saló el tema de la inteligencia artificial en la literatura “fue todo un descubrimiento” para ella.

Dora dice que “el club de lectura es un espacio sumamente importante” y Mónica se define como “apasionada por la lectura” al tiempo que Norma comenta que “en el Club de Lectura podemos ver cosas distintas en cada encuentro: autoras del mundo islámico, escritores contemporáneos que no me hubiera decidido a comprar” y Fanny explica: “No solo escucho con mucha atención: nos escuchábamos entre nosotros, y eso me llevaba a una reflexión profunda”.

Lecturas y debates en otros idiomas

Aunque la gran parte de los clubes de lectura que funcionan en la Argentina se desarrollan en castellano, también los hay en otros idiomas: inglés, francés, portugués o gallego. Y no se incluyen aquí las iniciativas pedagógicas vinculadas al aprendizaje de esas lenguas.

Lectores Galegos en Bos Aires es un club que comenzó en 2006 y que celebrará en diciembre veinte años de vigencia leyendo literatura, ensayo, poesía y periodismo en gallego. Dutaron con reuniones en uno de los salones del Café Tortoni de la avenida de Mayo como gesto de continuidad con los debates de los exiliados republicanos que, tras la Guerra Civil Española, se refugiaron en la Argentina y elucubraban teorías y esperanzas sobre su posible retorno.

Con el tiempo, el club pasó por el Centro Cultural de España en Buenos Aires (CCEBA) hasta cobijarse en la Biblioteca Galega de Buenos Aires, la única biblioteca pública íntegramente dedicada a obras en la lengua de Galicia que funciona en Chacabuco 947. Allí se reúnen un sábado al mes una treintena de personas que analizan un libro que leyeron en sus casas. La actividad es gratuita.

Por su parte, el periódico en línea Le Trait d’Union alentó la creación del club de lectura À voix haute en francés que reúne cada martes, en la biblioteca del Club Francés, a francófilos y francófonos de buen nivel en torno a una selección de los últimos premios literarios franceses del año, del Goncourt al Femina o el de l'Académie française.

Para lectores y lectoras, los clubes son una nueva manera de leer, una forma comunitaria de darle sentido a lo que un libro puede ofrecer. Foto: gentileza.

Las reuniones son conducidas por la profesora francesa Marie-Françoise Mounier Arana, diplomada en la Sorbonne, que junto a otros miembros franceses del diario, invita a los participantes a “descubrir, compartir y dar vida a la literatura contemporánea en lengua francesa en un marco cultural y cordial”, explica la docente a Ñ.

Y subraya la importancia de la lectura en voz alta, que hace honor al nombre del club: “Leer en voz alta genera otra comprensión de los textos. Además, está recomendado científicamente porque es una gimnasia esencial y benéfica para el cerebro. Escuchar leer, por otro lado, es un verdadero placer y da la inmensa oportunidad de apreciar la música del texto”. Y aclara que no se juzga la manera de leer o de expresarse.

No es eso lo importante. Lo central, sin importar el idioma, es el intercambio que se produce durante los encuentros”.

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