Los días de la infancia han inspirado canciones, poemas, relatos. Son jornadas evocadas con ese oscilante toque de nostalgia donde los juegos de luces de los atardeceres parecen conspirar contra cualquier manifestación de tristeza.
No estoy diciendo nada que todos de una manera íntima no hayamos experimentado, pero en la ocasión lo que intento destacar es que para que aquellas chiquilladas fueran posibles eran necesarias condiciones sociales que incluían instituciones capaces de ejercer una autoridad tan invisible como eficaz.
Hablo de mi infancia y adolescencia en un pueblo convertido en ciudad a fines de los años cincuenta y extendido en el corazón de la pampa gringa. No reitero lugares comunes acerca de la felicidad teñida por la melancolía o la inocencia de la niñez. Reitero en todo caso aquella singular persistencia de hombres y mujeres que trajinaban sus días con sus instantes de felicidad, sus previsibles penas, todo sostenido por la certeza de estar aferrados a la vida.
En ese pueblo había tres escuelas: dos nacionales y una provincial. Los chicos asistíamos con los guardapolvos blancos, los zapatos lustrados y el portafolio marrón. Las clases eran de lunes a viernes, pero los chicos estábamos todos los días en la escuela aprendiendo, jugando, corriendo detrás de una pelota, iniciándonos en el oficio de vivir.
En esas escuelas había un director y había maestras que podían ser severas o cariñosas pero que en todos los casos adquirirían la condición de inolvidables. Los días de verano íbamos a la pileta del club, nos bañábamos en algún arroyo y a la nochecita jugábamos en la calle, iluminados por los faroles de la esquina, protegidos, sin saberlo, por la presencia discreta de una policía cuyos integrantes eran vecinos del pueblo y sus hijos jugaban con nosotros.
Si alguien se lastimaba o necesitaba de atención médica lo asistía la tranquilidad de ser atendido por las enfermeras y los dos o tres médicos del hospital público, porque si bien no recuerdo haber oído pronunciar la palabra “solidaridad”, a mi memoria le consta que ese valor se ejercía de manera silenciosa y sin ostentación.
Hablo de un pueblo donde la cultura del trabajo poseía cierto rigor religioso. Un pueblo cuyos tamberos y chacareros fundaron SanCor y sus vecinos abrieron fábricas de cosechadoras. A una de ellas la recuerdo porque a la una de la tarde sonaba su sirena y enseguida salían los trabajadores montados en sus bicicletas con sus overoles azules.
El rumor de las máquinas, el estrépito de las sirenas y el paisaje de obreros regresando al hogar en bicicleta, encierra claves históricas y políticas que convendría tener presente, no en homenaje a la nostalgia sino como una referencia cultural de aquello que los hombres son capaces de lograr cuando acuerdan vivir en determinadas condiciones.
Por las calles de mi pueblo a la mañana desfilaban carros, camionetas, sulkys, provenientes de los tambos y chacras de la colonia. Tengo presente el rumor frente los almacenes de ramos generales o alrededor de la plaza, donde además de la municipalidad y la iglesia se levantaban los edificios solemnes del Banco Nación y el Banco Provincia.
Entonces un empleado de banco era el candidato deseado de toda madre para su hija. Pero el gerente del banco -Nación o Provincia- era la referencia de los propietarios con sus consejos o sus líneas de créditos.
Mi pueblo se comunicaba con el país gracias al ferrocarril que todos los días pasaba a la madrugada o a la tarde proveniente de Buenos Aires con destino a Tucumán. El recorrido del Mitre superaba los mil kilómetros, al punto que no es exagerado decir que algo que conocemos con el nombre de “nación” se forjó con esos trenes que aún en los tiempos de mi infancia constituían la red ferroviaria más importante de América latina. Con los trenes llegaban los viajeros y llegaban los diarios y las revistas.
Y si en aquellos tiempos queríamos escribir palabras de afecto a un pariente, a una novia, a un hijo, estaba el Correo Argentino y sus carteros con sus uniformes ceremoniosos, repartiendo casa por casa cartas, telegramas, encomiendas.
Presten atención al relato. He mencionado la escuela, el hospital, la policía, el correo, los bancos, la estación de trenes. Estaban allí. Y vamos a expresarlo en una sola palabra: estado. Y esto es lo curioso: un estado que no confiscaba, no castigaba, no corrompía ni oprimía. Un estado amigo.
Un Estado que estaba presente con delicada discreción en cada uno de nuestros actos cotidianos. Y esto ocurría en un pueblo donde sus vecinos se sentían ciudadanos libres, emprendedores, deseosos de vivir bien. En mi pueblo había diversidad: ricos, clase media y pobres. Los que seguro estaban ausentes eran los indigentes.
Ni hambre, ni viviendas miserables. En mi pueblo había lugar para todos. Reitero el concepto: el estado como garante de la propiedad, pero también garante de los valores que le otorgan significado a la vida.
“Es la historia de un pueblito”, dirán algunos con un leve toque de sorna. Es verdad, pero no es menos cierto que puede ser la historia del ejercicio de virtudes y valores que un país que se respete debe esforzarse por hacerlos realidad para que la palabras “libertad” y “justicia” puedan conjugarse en similares tiempos verbales.
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