31/08/2026 16:07
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Impacto Castex
NACIONALES

Fórmulas Dr.Jekyll, políticas Mr.Hyde

Fórmulas Dr.Jekyll, políticas Mr.Hyde

La nueva tendencia política llega al poder mediante campañas con discursos binario maniqueos frente a la inflación, la delincuencia o los migrantes, ofreciendo atajos exprés.

Había una vez una generación de políticos en que todo se resumía en una lucha agonista entre el bien y el mal. Deshumanizaban al adversario que entendían como enemigo y ensalzaban sus medidas.

En clave eurocéntrica, analistas y observadores citan entre sus antecedentes al islamista turco de Erdogan o al auto-declarado “iliberal” húngaro Viktor Orban, aunque a menudo la referencia ineludible es al III Reich alemán –un retrovisor para designar lo nuevo conforme a lo viejo, bajo el denominado “síndrome 1933” (Ginzberg, 2019)-.

También podríamos citar otros precedentes en el populismo clásico sudamericano, aunque no faltarán quienes acudan a la época de las dictaduras regionales de la época de Guerra Fría. Pero esta fatiga poliárquica hunde sus raíces en una secuencia temporal mucho más próxima: Alberto Fujimori, Hugo Chávez y recientemente Nayib Bukele.

Mientras dos responden al universo de las derechas, la figura del neo-bolivarianismo da cuenta de la extensión del fenómeno a un amplio espectro político, como lo ha confirmado la diarquía nicaragüense, Ortega Murillo y su cancelación de comicios.

Todo comenzó al eclipsarse la Guerra Fría en el Perú de fines del siglo pasado, con la violencia política enseñoreándose de un país. Apareció entonces una nueva forma de gobierno autoritario con fachada democrática, el autoritarismo competitivo (Levitsky y Way, 2002). Fujimori fue más allá de la convencional crítica populista al sistema institucional, edificando su reverso democrático al neutralizar todo contrapeso institucional para dar vía libre al decretismo del Ejecutivo.

De los populismos pretéritos retuvo la relación directa con los sectores populares, agregando la demoscopia como oráculo para la atención de temas ciudadanos preferentes: empleo y seguridad pública, sin importar si el primero era informal o si el segundo implicaba una guerra sucia. De las viejas dictaduras heredó el vínculo entre tecnocracia y FFAA, incorporándolas en sus decisiones.

Antes que Fujimori renunciara vía fax, ya hacía campaña en Venezuela Hugo Chávez, pasando página del fallido golpe de estado que protagonizó en febrero de 1992 y prometiendo “refundar la vetusta democracia” en otra participativa, protagónica y bolivariana. El uniformado en retiro perfeccionó el método del peruano a través de las ondas catódicas del “Aló Presidente” al tiempo que cooptaba a la Fuerza Armada Bolivariana y se proveía de una burguesía adicta. Después del intento de golpe de Estado en su contra en abril de 2002, aceleró su giro jurando su tercer mandato con la fórmula “Patria, socialismo o muerte”. Aunque en las antípodas ideológicas ambos regímenes –Fujimorato y Chavismo- tuvieron una fuerte conexión no siempre reconocida, como dejó claro la captura del Rasputín de Fujimori (Vladimiro Montesinos), el 24 de junio de 2001 en una barriada al oeste de Caracas.

Quien se definió irónicamente en su cuenta como el “dictador más cool del mundo”, Bukele, accedió al poder sobre una marea de votos en 2019. Con la idea fuerza de “Control Territorial” acometió la lucha contra las maras salvadoreñas. Centros penitenciarios sin contemplar derechos o algunas detenciones arbitrarias no han hecho mella a su popularidad. Tampoco cuando irrumpió hacia 2020 en la Asamblea Nacional con escolta militar y forzando una votación.

En 2024 fue reelegido por otros 5 años, con más papeletas. En sus redes coquetea con la reelección permanente esgrimiendo como ejemplo a las democracias parlamentarias, omitiendo que El Salvador es presidencialista con un mismo Jefe de Estado y Gobierno. Incluso se permitió refutar a su émulo ecuatoriano, Daniel Noboa, al plantear que confrontar la violencia criminal no es “Soplar y hacer botellas”.

La nueva tendencia política llega al poder mediante campañas con discursos binario maniqueos frente a la inflación, la delincuencia o los migrantes, ofreciendo atajos exprés, sin considerar que su solución requiere derroteros graduales.

Sugieren una terapia de schock a la ciudadanía para recuperar la calidad de vida o regenerar la democracia. Viven de la “grieta”, por lo que la confrontación permanente es un fin en sí mismo y no un recurso para mejorar la posición negociadora. Responden a la inmediatez de electorados exigentes concibiendo una fórmula-poción como la que bebió el personaje de Robert Louis Stevenson, el doctor Henry Jekyll que, al intentar separar la naturaleza benigna de la fuente del mal, derivó en un Mister Hyde incontrolable.

Prometen cancelar despilfarro y corrupción con un plan que supera la ortodoxia económica de Chicago de derechas pro consenso de Washington, utilizando el combate cultural contra el “wokismo” identitario o todo lo que consideren arriesga su proyecto (nacional, económico, social).

Sobre las expectativas de personas pacíficas que solo desean vivir en calma o que tienen justas demandas de una política sin corrupción, un flautista de Hamelin puede atizar la ira, el hartazgo, la visceralidad contra toda experiencia política previa, mediante el incremento del voto hepático. Así quienes ansían trabajo, seguridad en sus barrios o simplemente cubrir las necesidades más elementales llegan a aborrecer a los acusados de causar o ser cómplices de sus males.

Si además el debate público es reemplazado por redes que actúan como cajas de resonancia de grupos que piensan igual, entonces todo es supremacía del algoritmo. Puede que no haya pociones como en la victoriana novela de Stevenson (1886), pero estas nuevas máscaras digitales pueden persuadir que ya no hay alternativa a sus proyectos y que todo mal viene exclusivamente desde fuera.

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