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Charles Baudelaire: a 159 años de su muerte, sus mejores versos

Charles Baudelaire: a 159 años de su muerte, sus mejores versos

Su libro "Las flores del mal" se publicó en 1857. Sus escritos lo llevaron a ser llamado un "poeta maldito".

Charles Baudelaire fue un poeta francés fundamental en la literatura moderna y una de las figuras que marcaron el camino hacia el simbolismo y las vanguardias. Su obra, innovadora y provocadora para su época, lo convirtió en uno de los grandes precursores de la poesía moderna y en una influencia decisiva para la literatura latinoamericana.

En 1857 se publicó su libro "Las flores del mal", considerado como uno de los más provocadores y revolucionarios del siglo XIX. De hecho, Bendición, una de las obras que forman parte de este texto, fue censurada por "ofender a la moral y a las buenas costumbres" y generó gran polémica alrededor de Baudelaire.

Su edición original reúne 100 poemas, aunque el número puede variar en las ediciones posteriores a causa de la censura. En esta obra, el poeta toca diferentes temas, desde situaciones simples de la vida urbana hasta aspectos más tabú que lo llevaron a ser llamado un "poeta maldito".

La edición original de su libro "Las flores del mal" reúne 100 poemas. Sin embargo, puede variar en ediciones posteriores.

A 159 años de la muerte de Charles Baudelaire

El poeta francés Paul Verlaine tomó el concepto "maldito" o "malditismo" de Bendición. De esta manera, designó a escritores que llevaban una vida bohemia, con consumos excesivos y símbolos de lo decadente.

En aquella época, las obras de un "poeta maldito" se caracterizaban por ser controversiales y hasta "siniestras" en algún punto. El mismo concepto se extendió a François Villon, Antonin Artaud, Edgar Allan Poe, Federico García Lorca y Alejandra Pizarnik, entre tantos otros escritores.

El primer "poeta maldito" no conoció el éxito en vida. Charles Baudelaire sufrió afasia y hemiplejía producto de la sífilis en 1865, lo que lo llevaría a la muerte.

Al año siguiente, un ataque lo dejó consciente pero sin poder hablar. Fue así como el 31 de agosto de 1867 Charles Baudelaire falleció acompañado por su madre en París, Francia.

Charles Baudelaire falleció el 31 de agosto de 1867, hace 159 años.

Los 5 mejores poemas de "Las flores del mal"

A continuación, 5 de los poemas que componen "Las flores del mal", de Charles Baudelaire, traducidos por Carmen Morales y Claude Dubois:

El enemigo

Mi juventud no fue sino una tenebrosa tormenta,

atravesada aquí y allá por brillantes soles;

el trueno y la lluvia causaron tal estrago

que pocas frutas bermejas quedan en mi jardín.

He aquí que alcancé el otoño de las ideas,

y que es preciso usar pala y rastrillos

para agrupar de nuevo las anegadas tierras

donde el agua cava agujeros tan grandes como tumbas.

¿Y quién sabe si las nuevas flores con las que sueño

encontrarán en ese suelo lavado como un arenal

el místico alimento que les daría vigor?

—¡Oh dolor!, ¡oh dolor! El Tiempo se come la vida,

y el oscuro Enemigo que nos roe el corazón

con la sangre que perdemos ¡crece y se fortalece!

El hombre y el mar

Hombre libre, ¡siempre amarás el mar!

El mar es tu espejo; contemplas tu alma

en el desarrollo infinito de su ola,

y tu espíritu no es un abismo menos amargo.

Te agrada zambullirte en el seno de tu imagen;

lo abrazas con los ojos y los brazos, y tu corazón

se distrae a veces de su propio rumor

con el ruido de ese indomable y salvaje quejido.

Ambos sois tenebrosos y discretos:

hombre, nadie sondeó el fondo de tus abismos;

¡oh, mar! nadie conoce tus íntimas riquezas,

¡tan celosos estáis por conservar vuestros secretos!

Y sin embargo hace innumerables siglos

que os combatís sin piedad ni remordimiento,

tanto os gusta la carnicería y la muerte,

¡oh eternos luchadores, oh implacables hermanos!

A una que pasa

La calle ensordecedora vociferaba a mi alrededor.

Alta, delgada, de luto riguroso, majestuoso dolor,

una mujer pasó, alzando, balanceando

con elegante mano el dobladillo y el festón;

ágil y noble, con piernas de estatua.

Yo bebía, crispado cual desequilibrado,

en sus ojos, cielo lívido donde germina el huracán,

la dulzura que fascina y el placer que mata.

¡Un relámpago… y de nuevo, la noche! Fugitiva belleza

cuya mirada de repente me hizo renacer,

¿ya no te veré más que en la eternidad?

¡En otra parte, muy lejos de aquí!, ¡demasiado tarde!, ¡acaso nunca!

pues ignoro adónde huyes, no sabes adónde voy,

¡oh tú a quien yo hubiese amado, oh tú que lo sabías!

Los faros

Rubens, río de olvido, jardín de la pereza,

almohada de carne fresca donde no se puede amar

pero donde sin parar fluye y se agita la vida,

como el aire en el cielo y el mar en el mar;

Leonardo da Vinci, hondo y sombrío espejo,

donde ángeles encantadores, con suave sonrisa

cargada totalmente de misterio, aparecen a la sombra

de los glaciares y de los pinos que delimitan su tierra;

Rembrandt, triste hospital repleto de murmullos,

y con solo un gran crucifijo adornado,

donde la lacrimosa plegaria se desprende de la inmundicia,

y por un rayo de sol invernal bruscamente atravesado;

Miguel Ángel, vago lugar donde se ve a los Hércules

mezclarse con Cristos, y levantarse erguidos

potentes fantasmas que en los crepúsculos

desgarran su sudario al estirar los dedos;

iras de boxeador, impudencias de fauno,

tú que supiste recoger la hermosura de los patanes,

gran corazón henchido de orgullo, hombre endeble y amarillo,

Puget, melancólico emperador de los galeotes;

Wateau, ese carnaval donde muchos corazones ilustres,

como mariposas, vagan relumbrando,

decorados frescos y ligeros iluminados por arañas

que arrojan la locura en ese baile remolinante;

Goya, pesadilla llena de cosas desconocidas,

de fetos que cuecen en medio de los aquelarres,

de viejas ante el espejo y de niñas desnudas,

para tentar a los demonios ajustando bien sus medias;

Delacroix, lago de sangre atormentado por ángeles malos,

umbrío por un bosque de pinos siempre verde,

donde, bajo un cielo apenado, extrañas fanfarrias

pasan, como un suspiro ahogado de Weber;

esas maldiciones, esas blasfemias, esos quejidos,

esos éxtasis, esos gritos, esos llantos, esos tedeums,

son un eco repetido por mil laberintos;

¡es divino opio para los corazones de los mortales!

Es un grito repetido por mil centinelas,

una orden propagada por mil portavoces;

es un faro encendido en mil ciudadelas,

¡una llamada de cazadores perdidos en los grandes bosques!

Porque verdaderamente, Señor, la mejor muestra

que podamos dar de nuestra dignidad

es este ardiente sollozo que a través de los tiempos rueda

¡y viene a morirse a ras de vuestra eternidad!

Elevación

Por encima de los estanques, por encima de los valles,

de las montañas, de los bosques, de las nubes, de los mares,

más allá del sol, más allá del éter,

más allá de los confines de las esferas estrelladas,

espíritu mío, te mueves con agilidad,

y, cual buen nadador que se emociona con las olas,

surcas alegremente la inmensidad profunda

con inefable y masculina voluptuosidad.

Echa a volar muy lejos de estos miasmas mórbidos;

ve a purificarte en el aire superior,

y bebe, como un puro y divino licor,

el claro fuego que llena los espacios límpidos.

Detrás de los tedios y las vastas penas

que con su peso entorpecen la brumosa existencia,

afortunado aquel que puede con un ala vigorosa

alzarse hacia los campos luminosos y apacibles;

él, cuyos pensamientos, como las alondras,

hacia los cielos alzan por la mañana un libre vuelo,

¡quien se eleva sobre la vida y entiende sin esfuerzo

el lenguaje de las flores y de las cosas mudas!

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