Juan Bautista Alberdi, inspirador de la Constitución nacional desde sus cimientos de las “Bases y puntos de partida para la Organización Política de la República Argentina”, puede considerarse una de las inteligencias argentinas más brillantes del siglo XIX, uno de los forjadores de nuestro abolengo histórico en esa centuria que él vivió casi de punta a punta (1810-1884). Y es, además, el preferido del presidente Milei: fue el jefe de Estado quien lo puso en valor y le dio un lugar ponderado en la vidriera de las celebridades nacionales en esos tiempos en los cuales la Patria adquiría su fisonomía prevalente, de un modo como no lo harían los planes de estudio escolares de generaciones y generaciones de argentinos, que crecieron ignorándolo. Podría decirse, sin renunciar a polémicas y debates que puedan surgir de esta consideración, que este tucumano ilustre fue y es el gran cancelado de nuestra historia más difundida.
Quizás por eso, y por algunas otras cuestiones, Alberdi es un prócer extraño. No tiene feriados ni actos escolares que lo recuerden. Nació casi con la Patria, el 29 de agosto de 1810, cuando los criollos, en medio de un ciclo de guerras civiles intermitentes y manifiestas, ensayaban aún con titubeos su contencioso tránsito hacia la madurez como Nación independiente y rumbo a la construcción definitiva de un Estado y un orden jurídico para insertarse en el mundo por venir. Sería sólo de manera indirecta, como pidiendo permiso, a través de la colegiatura de la profesión, que se le ha concedido desde 1958 que el 29 de agosto sea el Día del Abogado, un reconocimiento se diría que tardío e insuficiente, ya que ése fue sólo uno de los tantos desempeños que Alberdi cubrió en una vida azarosa, en la que abundaron desasosiegos, disgustos, rencores, reyertas homéricas y reconciliaciones crepusculares, afines a los frecuentes cambios de vientos que soplaban en el planeta de sus incesantes ideas. siempre a punto de ebullición. Además de consumado jurista, este hombre fue compositor musical, fino escritor de costumbres, librepensador juvenil de la Asociación de la Joven Argentina y el Salón Literario, periodista de pluma filosa y sagaz, historiador de ambas veredas, prolífico autor de ensayos. Sobre todo, fue una figura incómoda para los poderes más diversos de su tiempo.
Milei hurgó en las profundidades de esa compleja historia y extrajo de Alberdi los fragmentos más adaptables a la narrativa libertaria, porque hubo otros, y de mucha densidad, que podrían considerarse como los refutadores del discurso oficial de los días que corren. Vivió más de 40 años fuera del país y murió en un voluntario exilio, en París, a los 73, después de haber vivido otro destierro, en tiempos jóvenes, a los que fue obligado para escaparle a la venganza de la muerte. Nunca desenvainó una espada ni le puso el cuerpo al combate como los centauros consagrados por la historia más gloriosa. Prefirió usar el papel y la pluma guiados por la brillantez de una mente prodigiosa. Y no se calló nada, se diría que fue uno de los pioneros de “la grieta”. Quizás por eso lo lapidaron como “traidor”. Él supo cavar esas fosas de la discordia hasta las profundidades más oscuras, pero también en la madurez y su temprana vejez comprendió que había llegado el tiempo de taparlas con un manto de olvido. Como si se hubiese anticipado a las sentencias de Martín Fierro, la criatura telúrica más lograda de José Hernández, por aquello de “saber olvidar lo malo también es tener memoria.”
Para comprender mejor a este hombre sensible, elegante, de modales refinados y cautivadores tertulias, dueño de historias donjuanescas y un espíritu de conquista con más de una dama a la vez, de saberes jurídicos sobresalientes, que rehuía de las pujas en el barro de la política, pero si era necesario tampoco desertaba de ellas, es imprescindible anclar en el libro “Alberdi”, de la historiadora María Victoria Baratta, un repaso minucioso sobre su vida, una investigación plena de datos, testimonios, documentos y fuentes que muestran al Alberdi que no nos mostraron, o que nos ocultaron, y que ahora tampoco exhibe acabadamente relato del poder. Al menos en la magnitud de sus grandes aportes, polémicos, cambiantes, con algunos fanatismos y convicciones que cruzaban de vereda sin pedir permiso, para asombro y enojo de muchos amigos que en la juventud lo acompañaban en la travesía de sus pensamientos durante el exilio: como buen intelectual que era, no se complacía con facilidad de las verdades transitorias a las que había arribado. Un ecléctico que quizá por eso no terminó de encajar en una historia como la nuestra, que tuvo vencedores y vencidos. De allí que se le adjudican humanas declinaciones que lo alejaron del altar de las honras mayores de la Patria: siempre eligió, o fue obligado, a proclamar sus verdades desde el lugar de los perdedores. En términos de metáfora, si él “escribió” la Constitución, la historia la escribieron sus adversarios. Algunos desde el rencor mismo.
El caso más emblemático de sus crudos disensos ha sido el de sus amores y odios con Sarmiento, en torno a la figura de Rosas. ¿Tirano salvaje o reflejo autóctono de las fuerzas más profundas de la Nación misma, que alumbrarían caudillos complejos y empecinados en sus gestas contra el predominio porteño y las rentas de la Aduana? En su primera juventud, Alberdi no vería en Rosas a un terrateniente dominante, feroz y sangriento, al servicio de un capitalismo incipiente basado en la renta agraria y un sistema exportador en gestación, sino como un hombre de mando y coraje, capaz de unificar la indiada, el gauchaje y los negros para consolidar junto a alguna intelectualidad, ganaderos y comerciantes un país posible, en el que todo estaba por hacerse.
José Pablo Feinmann, cuando todavía no había alquilado sus ideas al kirchnerismo y gozaba de una extendida reputación intelectual, analiza el fenómeno rosista en su ensayo “Filosofía y Nación”, en el que observa al Alberdi que escribió “Fragmento Preliminar al estudio del Derecho”. Allí, el joven brillante que todavía no conocía lo que vendría cuando Rosas conseguiría “la suma del poder público” en 1834, manifestaba sus simpatías iniciales por ese hacendado medio rubión y de ojos celestes de mirar profundo, que finalmente terminarían reflejando un conflicto ineludible entre la identidad local y el orden capitalista universal en estado embrionario.
Los jóvenes de la Generación del 37, con la centralidad de Alberdi como gran protagonista, y una retaguardia de pensadores y escritores notables como Esteban Echeverría, y Juan María Gutiérrez, entre otros, manifestarían un espontáneo y visceral rechazo a al linaje opresor de los rojos punzó de un federalismo exacerbado. Alberdi protagonizaría un temprano intento de “comprender el fenómeno rosista” e iría más lejos que nadie entre los amigos románticos de su generación: ve en Rosas, y lo deja por escrito, “un gran hombre”, expresión genuina de las masas populares de la Argentina en ciernes. No una fiera al acecho de las libertades públicas y la uniformidad del pensamiento, bajo el rigor de los mazorqueros de la muerte.
El discurso del “anarco capitalismo” de los días que corren no parece compatible con una mirada compasiva hacia “el tirano” depuesto en Caseros. José Pablo Feinmann estudió a ese Alberdi ambiguo y arribaría a una conclusión interesante: si la gran “tragedia política” argentina del siglo XX fue a su criterio el enfrentamiento de radicales y peronistas, la del siglo XIX había sido la distancia insalvable, transmutada en enemistad virulenta, entre Rosas y Alberdi.
Fue el bloqueo francés de 1838 al puerto de Buenos Aires, cuestión económica distorsionada por diferendos políticos, el que pondría a Alberdi en la disyuntiva: ¿la Europa de las luces por él admirada, con sus ideas de libre comercio, o el cerrado sistema rosista, de endogamia económica y política? La respuesta es su primer exilio, que lo junta en Montevideo con Sarmiento y la diáspora del antirrosismo. No hay retorno en esa confrontación de ideas y hombres. Después de la caída de Rosas, el padre de la Constitución de 1853 se alineará con la Confederación de Urquiza, el vencedor que no conformaba a todos los vencedores y hasta brindaría ayuda económica personal al “gran hombre”, vencido en combate y exiliado en Gran Bretaña para evitar su prevista y segura ejecución. Si en su momento Sarmiento no había comprendido al Alberdi laudatorio de Rosas, menos aún entendería al que buscara cobijo en el urquicismo de la Confederación, dispuesta a conformar la Nación sin el consenso de Buenos Aires. Y así fue como cruzaron perdigonadas de odio en forma de un duelo epistolar muy celebrado.
En su libro sobre Alberdi, Baratta recuerda los duelos epistolares entre los antiguos aliados Sarmiento y Alberdi, manifestados en el exilio chileno de ambos, a través de “Las Cartas Quillotanas”, de Alberdi, tres escritas en Quillota y una en Valparaíso; y “Las Ciento y Una”, cinco textos de Sarmiento desde Yungay, todas difundidas en la prensa trasandina: Sarmiento, el padre del aula, no ahorraría denuestos, y con estilo incivilizado calificó a su antagonista: “Mujer por la voz, conejo por el miedo, eunuco por sus aspiraciones políticas”. Alberdi, el padre de la Constitución, replicaría: “Yo no les tengo otro temor que el temor que inspiran los salteadores de caminos: el de ser asaltado, insultado, apuñalado…Temo su cuchillo, es decir, su puñal y su lengua, no su ciencia, en que son capones y eunucos…” Baratta refresca en su obra el impacto que esos cruces tendrían en generaciones posteriores. Cita a Leopoldo Lugones: “Nacieron para no comprenderse”, y a Oscar Terán: “Fue la polémica entre un oso y un esgrimista.”, por la vehemencia del estilo no es complejo identificar quién el oso y quién el esgrimista. En definitiva, un duelo de pólvora y tinta que hizo arder el siglo XIX.
La guerra de la Triple Alianza (1864-1870), en la cual Argentina, la Banda Oriental y el Imperio del Brasil unieron su poder militar para aniquilar a Paraguay, volvería a enemistar a Alberdi con los defensores de las rentas portuarias de Buenos Aires, un obstáculo del viejo sueño confederado, que él integró, con Urquiza presidente, como Encargado de Negocios ante los gobiernos de Francia, Inglaterra y el Reino de España. Alberdi cuestionó con dureza el conflicto en su libro “El Crimen de la Guerra”, interpretado por sus detractores como una defensa del Paraguay del mariscal Francisco Solano López, su presidente constitucional, al mando de un régimen de cerrado proteccionismo, que Alberdi no cuestionaría en su momento, y que, a los ojos de hoy, contraría el catecismo libertario.
El Alberdi liberal y librecambista, admirador de la Europa de las luces de otros tiempos, quedaría opacado ante el vehemente objetor de aquel conflicto, situación que sería interpretada no sólo como na cuestión principista. También como una justificación y cierta indulgencia con los reflejos autoritarios de Solano López, muerto en el combate de Cerro Corá. Alberdi llegó a poner en litigio las guerras mismas como método de resolución de los conflictos. Pensamiento que lo llevó a pisar tierras e anegadizas de la historia.
Este tucumano rebelde y obstinado no sólo consideró a Rosas “un buen hombre”. En papeles póstumos también vio a San Martín como un cultor de la guerra por sus campañas militares. Demasiado. Eso le costaría la expulsión definitiva del panteón de los dioses sagrados de la historia, bajo el anatema de “infame traidor a la patria” y manifiesto defensor de la autocracia de Solano López, por la cual nuestro país adujo entrar en el conflicto. Por lo demás, no sería Alberdi el único de los hombres de relieve del siglo XIX en ver en Rosas ciertas virtudes en puja con sus distorsiones antidemocráticas. Quizá San Martín lo advirtió y por eso mantendría con él una fluida correspondencia, recompuesta por el historiador Fermín Chávez, además de testarle el sable corvo de tantas bienaventuranzas guerreras.
El presidente Milei tuvo y tiene en sus oratorias reiteradas citas de Alberdi a tono con ciertas medidas y filosofía de su gestión. También le hizo lugar a un busto suyo en el Salón de los Próceres en la Casa de Gobierno. Y no deja de ser una señal de ponderación, más allá del pragmático simbolismo de la decisión, que Alberdi sea la cara del billete de la más alta denominación de la moneda nacional. Sin embargo, quizá lo mejor de una vida intensa, con amistades y recelos de los que fue y vino, y que dejarían huella en sus ánimos fluctuantes, sería decir que, ya viejo, Alberdi supo dejar en el olvido las querellas añejas que agriaron su vida en los años jóvenes con “el padre del aula” y con el brigadier general depuesto en Caseros. Milei, sus militantes, sus fans, sus opositores y aún sus detractores podrían recoger esos ejemplos de la historia como legado para las generaciones que vienen.
Con Sarmiento, ministro del Interior en ese momento, presidencia de Nicolás Avellaneda, se abrazó en la Casa Rosada en una fugaz visita del tucumano al país. Con Rosas mantuvo una amable tertulia en Londres, dando sepultura a las antiguas inquinas, y hasta le ofreció sus servicios como abogado por algunas cuestiones de deudas pendientes del Estado con el Restaurador. Los tres conocieron el poder y puede decirse que murieron en la dignidad de la pobreza. Lo más notable fue que los enemigos de ayer, que a su modo le habían dado forma al espíritu de esta Nación, no quisieron partir con sus odios a cuestas.
Lo que hoy resulta muy complejo es que las expresiones más encrespadas del mileísmo puedan honrar con convicción al prócer preferido del presidente, en particular por una cita que Fermín Chávez rescata de un Alberdi crepuscular en su opúsculo “Alberdi y el mitrismo” y que hace arder la polémica: “Prefiero los tiranos de mi país a los libertadores extranjeros…El corazón, el infortunio, la experiencia de la vida, me sugieren esta máxima, que yo he combatido en días de ilusiones y errores juveniles.” Alberdi también fue ése y fue eso.
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