29/08/2026 14:02
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La metáfora de la peluca

La metáfora de la peluca

En la lista de aranceles que EE. UU. le impuso a Canadá figuran productos como pelucas y barbas postizas.

Donald Trump no miente. Sí, ya sé. Todo el mundo lo ha dicho. Yo también. The Washington Post contabilizó más de 30.000 mentiras suyas durante su primer mandato presidencial. Pero—pido perdón en mi nombre y en el de tantísimos comentaristas más- es un grave error de diagnóstico decir que Trump es un mentiroso.

Sería mejor que lo fuera, eso sí.

Porque si lo fuera significaría que sabe lo que es verdad y lo que no es verdad. Que mantiene contacto con la realidad. Pero como no tiene ningún contacto con la realidad, no miente. Es un hombre, a su manera, honesto. Es fiel, absolutamente fiel a su propio y desgraciado ser. Los que le rodean son unos mentirosos y unos hipócritas, propulsados por la ambición o por el dinero o por quién sabe qué carencias afectivas. Pero él es diferente. Habita un mundo que su pueril mente se ha inventado. Para Trump este es el único mundo que existe.

O sea, cuando Trump declara que no roba millones, o que está ganando la guerra en Irán no, no miente. Cuando dice que es el mejor presidente de la historia de Estados Unidos no exagera. Es su verdad y al que no le guste no se entera. Trump le da la vuelta a la tortilla. Él acusa a todos aquellos que lo tachan de mentiroso de, precisamente, mentirosos. Sin cesar. Y está convencido de que es verdad.

En su imaginario es creyente y si su Dios cristiano es tan compasivo como los evangelios nos cuentan no debería mandarle al infierno, como muchos quisieran. Lo más probable es que Trump salió defectuoso del vientre materno, destinado a ser un eterno bebé. Claro, colocarlo como presidente de Estados Unidos, con tanto poder para hacer tanto daño a tanta gente, fue lo que García Márquez habría llamado “un error de Dios”. Más motivo, por justicia, para no condenarle al tormento sin fin.

Lo que no sé es si el primer ministro de Canadá, Mark Carney, y el pueblo que representa estarían de acuerdo. “Trump nos atacó y por eso estamos en guerra”, dice Carney. Una guerra comercial. Washington ha impuesto unos aranceles salvajes a todos los productos canadienses que EEUU importa, más de 700 en total, sin excluir—créanme- pelucas. Aparece en la lista oficial de productos afectados que acaba de publicar el gobierno de Trump. Textual, pone: “pelucas (parciales), barbas postizas, cejas y similares, de materiales textiles sintéticos”. Cómico y una apta metáfora apta para el reino ficticio que preside el loco del pelo de paja.

Lo que no es motivo alguno de risa es que las consecuencias económicas para los canadienses serán devastadoras. Les afectará a todos en los bolsillos que el que había sido desde siempre el principal socio comercial de su país les haya dicho que ahora son sus enemigos. Son resilientes, eso sí. Lo decía en The New York Times esta semana un comentarista canadiense que vivió diez años en Estados Unidos: “Una de las mayores diferencias que percibí entre canadienses y estadounidenses radicaba en su concepción básica de aquello que merece respeto. Para los estadounidenses, la capacidad de proyectar poder, de ganar, constituye la principal virtud. En Canadá, en cambio, la gran virtud es la capacidad de resistir y perseverar.”

Trump es el prototipo de este pueril delirio por proyectarse siempre como un ganador. Veremos ahora si los estadounidenses descubrirán una nueva capacidad de resistir ante el daño que les hará la guerra desatada contra los vecinos. La van a necesitar.

The Wall Street Journal de Rupert Murdoch --no exactamente un diario progresista opuesto al partido republicano de Trump-ha dicho que Estados Unidos se ha disparado una bala al pie. Calificó los primeros aranceles el año pasado contra Canadá como “la guerra comercial más tonta de la historia”. Los que acaba de anunciar Trump esta semana “han alcanzado cotas aún mayores de insensatez”, dijo el Journal en un editorial.

Insensatez, sí—si vives en el mundo real. En planeta Trump tiene total sentido. Se basa en dos argumentos que no deja de repetir: Canadá nos estafa; y la defensa de Canadá, que no tiene fuerzas armadas propias, depende cien por cien de Estados Unidos.

Examinemos estas dos premisas a la luz del mundo como es, no como Trump se lo imagina. Canadá estafa a Estados Unidos de la misma manera que un supermercado estafa a sus clientes cada vez que les pide dinero a cambio de una lechuga o de líquido para lavar platos. Un trato normal en el que ambos salen beneficiados. Como cuando Canadá le vende electricidad a EEUU.

Pero como decía esta semana el eminente historiador Timothy Snyder de Yale, hoy exiliado en Toronto, “el señor Trump ha construido toda su carrera sobre la base del fraude y el timo. No entiende que puedan existir intercambios legales donde ambas partes se beneficien, no solo una.” Además de vivir en un mundo de fantasía, agrega Snyder, Trump es un ignorante. Su remedio para la supuesta estafa: subir, a través de los aranceles, el precio que los estadounidenses pagarán por la electricidad, y las pelucas.

En cuanto a aquello de que Canadá no tiene ejército, repetido esta semana por el auténtico mentiroso JD Vance, vicepresidente de EEUU, y otros miembros del gabinete de Trump: es no solo una colosal sino una insultante falsedad. Canadá desplegó 40.000 soldados a combatir junto a las de EE.UU. en la guerra de Afganistán. Murieron 158. Pero la verdad para Trump es lo que él dice que es la verdad. Canadá se aprovecha vil e injustamente de nosotros, por tanto no hay más remedio que ir a la guerra hasta que recapacite. O, en el mejor de los casos, que se rinda y se someta a ser incorporado como el estado número 51 de EEUU. Trump tomó un paso hacia esta feliz desenlace el jueves cuando anunció que, por orden ejecutiva presidencial, el Lago Ontario se llamaría de ahora en adelante el Lago América. Nadie más se lo toma en serio, nadie más se lo cree. Pero él sí.

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