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Crió diez hijos, retomó el tenis a los 60 y ahora se prepara para el Mundial

Crió diez hijos, retomó el tenis a los 60 y ahora se prepara para el Mundial

Ocupa el puesto 10 de la Federación Internacional de Tenis en la categoría de más de 90 años. "El juego me ayuda a superarme a mí misma", dice.

Con 92 años, la mujer llega al complejo de tenis manejando sola, baja de su camioneta y se acerca hacia la puerta dando pasos cortos y temblorosos hasta que entra a la cancha y la postura se le endereza.

Se quita el abrigo, el pantalón de jogging violeta y entra al polvo de ladrillo vestida con un sweater liviano y un short que le deja las piernas finas y arrugadas a la intemperie.

Ana Obarrio ocupa el puesto diez de la Federación Internacional de Tenis en la categoría de más de no venta años y es una de las jugadoras más longevas del circuito argentino de tenis de alto nivel.

En las siguientes dos horas, devolverá con delicadeza las pelotas que le arroje su contrincante y dejará salir, en ciertas jugadas, su costado más feroz.

“Lo que más me gusta del tenis es la competencia. Me obliga a superarme a mí misma, a salir de la comodidad. Hoy por ejemplo tenía frío, pero vine igual”, dice a punto de comenzar el partido.

Es el mediodía de un jueves de julio. Hay sol pero la temperatura se mantiene en cero grados: los noticieros avisan que es el día de frío más extremo del año.

Hoy, en este sitio ubicado frente a Puerto Madero, se disputa el "Torneo Darling Seniors". Obarrio jugará contra una mujer ágil y veloz de 86 años llamada Irene Bonfante.

“Con Irene nos conocemos desde hace un montón -dice Ana-. Esa es otra de las cosas lindas que me dio el tenis: las amigas. Sobre todo para la gente de mi edad, que tenemos muchos momentos de soledad”.

El partido de hoy le sirve a Ana Obarrio como entrenamiento para llegar bien físicamente al Mundial de Tenis: una competencia que año tras año disputan jugadores de todo el mundo de sesenta y cinco años en adelante.

En tres meses, la mujer viajará a Grecia para participar en la categoría Super Seniors, que incluye jugadores de más de noventa años. No será la primera vez que participe: el año pasado, el Mundial de Tenis se hizo en Croacia y ella viajó para jugar con un español de 92 años en la categoría dobles mixtos. Salieron segundos en su categoría.

Ana Obarrio regresó a Argentina con la alegría de la victoria, un premio de ciento cincuenta dólares en el bolsillo y el sueño de la revancha: lo concretará en octubre.

Ana Obarrio. Foto: Cristina Sille

Entrenamiento y champán

Ana Obarrio nació en San Isidro en 1933 y calzó una raqueta entre sus manos a los trece años alentada por su padre, un prestigioso psiquiatra aficionado al tenis.

Por las mañanas, Ana jugaba en un club de San Isidro y, al terminar su entrenamiento, se ponía el uniforme en el vestuario y se iba al colegio.

A los 15 años se federó como tenista profesional. Llegó a disputar un partido contra Mary Terán de Weiss, la joven promesa del tenis de ese momento, que unos años después se convertiría en la primera mujer argentina que se destacaría en campeonatos internacionales de tenis. Pero a los 18 años, un hombre le truncó el camino.

“Cuando conocí a quien se convirtió en mi marido, él era un poco celoso, no quería que yo jugara con hombres. Hoy le hubiese dicho ´si no te gusta, chau´, pero en ese momento dejé el tenis por él”, dice, en un alto del juego contra Irene, sentada en un banco verde al costado de la cancha, mientras toma agua y se seca con una toalla.

“¿Cuánto vamos?”, le pregunta Ana a su contrincante en la pausa. “1 a 0 vas ganando vos”, le responde Irene. “Yo no cuento los puntos, me concentro en la pelota, porque si no me pierdo”, dice Ana.

Se casó a los veinte años y a partir de ahí, se dedicó a tiempo completo a la crianza de sus hijos. Tuvo diez. Fue una etapa en la que, dice, aunque se olvidó del tenis, fue muy feliz.

Ana Obarrio. Foto: Cristina Sille

“Mi cabeza estuvo puesta en ellos hasta que mi marido cumplió 40 años y se enfermó. Años después falleció y en el medio del duelo una amiga me invitó a jugar un partido de tenis”, agrega.

Tenía 60 años. A partir de ese momento, comenzó a viajar por el mundo disputando campeonatos: jugó en Turquía, Suiza, Estados Unidos, Austria, Croacia. “Yo siempre digo que conocí el mundo gracias al tenis -dice-. Anduve en camello, en globo, tuve todo tipo de experiencias a través del deporte”.

A medida que avanza el partido del Torneo Darling Senior y Ana Obarrio entra en calor, se mueve por la cancha con más rapidez.

Las estocadas que da con su raqueta se vuelven más precisas y el sonido hueco de los golpes le gana al ruido del tránsito de la calle y al trinar de las cotorras. “Hoy no estoy jugando bien, no estoy concentrada”, dice en la siguiente pausa, y pide que le traigan un café con azúcar para recuperar el aliento. “Estoy desconcentrada porque tengo una nieta con un problemita de salud y la cabeza se me va ahí”.

Ana Obarrio. Foto: Cristina Sille

Rutina

Ana Obarrio vive sola. Antes de venir a jugar hoy, cumplió con su rutina de rigor: durmió 8 horas y al despertarse fue hasta la cafetería de la esquina de su casa a desayunar y caminó 20 cuadras por la zona de Plaza San Martín, aledaña a su casa en Retiro.

Al regresar realizó las tareas del hogar: “Hacer la cama o actividades de la casa también se pueden tomar como parte del entrenamiento”, asegura, aunque su mayor preparación física ocurre dentro de la cancha.

Juega partidos tres veces por semana. Siempre contra amigas suyas que tienen entre 80 y 90 años. Cuando no tiene con quien jugar, va al Tenis Club Argentino, en Palermo, y practica contra el frontón.

El resto de su tiempo libre lo reparte entre sus 38 nietos. Y tiene un secreto: cada noche, antes de dormir, toma una copa de champán. “Solo lo suspendí hace un par de meses, que me hicieron un implante y tuve que tomar antibióticos”, se ríe.

Gracias a su frondosa actividad física, no toma ninguna medicación. Tampoco usa anteojos desde que se operó, hace doce años, de cataratas.

Pasó más de una hora y media de partido: Irene y Ana van igualadas en un set cada una. Ahora deben jugar el "super tiebreak": una sucesión de diez puntos seguidos para desempatar. A Ana Obarrio por momentos le duele una pierna.

“Es el único accidente que tuve en treinta años de juego”, dice y señala su tibia derecha, que está de color púrpura: un par de semanas atrás, una contrincante le pegó un pelotazo. “Me dolió un poco, pero igual no pienso parar. Sigo jugando para no perder el ritmo”, dice.

Ahora entra a la cancha Roberto Álvarez, el entrenador de tenis que organiza el torneo de hoy -y la mayoría de los torneos en los que Ana Obarrio participa-.

Ana Obarrio Foto: Cristina Sille

"Una Ferrari"

“Ana es una Ferrari”, dice antes de ponerse a contar en voz alta los puntos del tiebreak. “Es increíble porque siempre juega con esas mismas zapatillas de lona con las que la ves ahora, que casi no tienen suela. Tiene una concentración envidiable. El tenis le permite ejercitarse no solo físicamente, sino en la memoria, la coordinación, el equilibrio”.

Las pelotas viajan por la cancha durante el tiebreak como pequeñas bolas de cañón. Ana va a buscar las que se pierden detrás de la línea de cal, las coloca entre su zapatilla de lona y la raqueta y las levanta en una maniobra rápida. Hace un saque de drive limpio y el juego continúa hasta pasadas las dos de la tarde.

Para cuando Ana e Irene completan el partido, las nubes ya taparon completamente el sol y se levanta un viento congelado. El partido termina con 10 puntos para Irene y 8 para Ana Obarrio, que felicita a su contrincante con un abrazo y sale de la cancha refunfuñando.

“Hoy no jugué bien y como soy competitiva y me gusta ganar, me voy enojada. Pero pensar dónde quiero mandar la pelotita, pegarle con la raqueta y mandarla hasta ahí, me hace feliz aunque no gane. El tenis te obliga a estar atenta, a sincronizarte con todo, a decidir en segundos. Me hace muy bien a la cabeza y me ayuda a tomar decisiones para la vida. Se lo recomiendo a todo el mundo”.

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