Volvemos a la carga con el silo de maíz, sin duda la llave maestra de la gran transformación de la ganadería argentina. Primero fue el tambo, luego se sumó la ganadería de carne en todas sus etapas. Por eso le dedicamos la nota de tapa del sábado pasado en Clarín Rural a un artículo preparado por Hector López, responsable de silajes de Supra Semillas (Grupo GDM), que planteó una mirada muy integral de esta tecnología.
Pero para darle contexto, vale la pena resaltar un concepto clave, que está bien explícito en la nota: el silo de maíz no es una “reserva forrajera”, sino que se ha convertido en la base de un nuevo modelo de producción de carne y leche. El silaje de planta entera se ha convertido en la base alimentaria de buena parte de la producción de leche y carne en la era de la intensificación.
Es lo que explica que, a pesar de que la agricultura tomó prestadas 10 millones de hectáreas antes dedicadas a la ganadería, el stock vacuno de carne se mantuvo y hoy el peso medio de faena es un 15% superior al histórico. En lechería, se redujo el número de tambos y la cantidad de vacas en ordeñe un 60%. Hoy el promedio general de producción individual se ubica entre 22 y 25 litros diarios por animal. En los establecimientos de escala mediana a grande altamente tecnificados (con estabulación o sistemas de confinamiento), la producción individual alcanza marcas estables de 28 a 33 litros diarios.
Es decir, el rendimiento por vaca individual aumentó entre un 60% y un 100% según el nivel tecnológico del tambo. Aunque hoy el país tiene 32% menos de vacas tamberas que en el año 2000, la producción nacional total de leche no cayó (incluso ha arañado récords históricos de producción total en años recientes) debido a que cada vaca individual produce prácticamente el doble de litros gracias a las mejoras genéticas, de confort animal y de nutrición de precisión. El impacto del silo de maíz es indiscutible.
Las estadísticas no son perfectas, porque el maíz picado no pasa por el circuito comercial. Sin embargo, los relevamientos de la Cámara Argentina de Contratistas Forrajeros —la CACF, conocida históricamente como la cámara de los ensiladores— permiten estimar que en las últimas campañas se picaron entre 1,4 y 1,7 millones de hectáreas de maíz.
La evolución fue extraordinaria. A mediados de la década de 1990 se destinaban al silaje unas 70.000 a 80.000 hectáreas. Veinte años después, la superficie total de cultivos ensilados se había multiplicado por veinte. En la campaña 2016/17 se relevaron 1,74 millones de hectáreas de silajes, de las cuales 62% correspondieron al maíz: alrededor de 1,08 millones.
Una serie más reciente muestra el nuevo escalón: 1,27; 1,29; 1,38; 1,70 y 1,44 millones de hectáreas de maíz en cinco campañas sucesivas. Hay variaciones por sequía, precios y existencias ganaderas, pero la tendencia de largo plazo es inequívoca. Comparada con una siembra nacional de maíz que oscila entre 8 y 10 millones de hectáreas, la planta entera representa aproximadamente entre 15% y 18% del total. En números redondos, uno de cada seis lotes sembrados con maíz termina en un silo.
Detrás de esta transformación apareció una especialidad empresaria: el contratista forrajero. La CACF, fundada en 2003, reúne a más de 200 empresas, aunque el universo total es mayor. Tuvieron la semana pasada su congreso anual. Se calcula que trabajan en el país más de mil picadoras autopropulsadas. No existe todavía un censo por marca y antigüedad, pero Claas y John Deere concentran claramente el parque de alta capacidad, acompañadas por New Holland y equipos de otras procedencias. Como indicio, durante 2025 se patentaron 81 picadoras nuevas: 36 Claas, 32 John Deere y 12 New Holland.
Pero la picadora es apenas el corazón de un verdadero “circo”: cabezales, tractores, carros, camiones, palas, compactadores y embolsadoras. La máquina debe trabajar dentro de una ventana estrecha de humedad, mientras todo lo que ingresa por el cabezal tiene que salir inmediatamente y llegar al silo sin interrupciones. Una picadora moderna puede procesar 150 a 250 toneladas por hora. Los equipos de última generación ya superan ampliamente esos valores.
La escala argentina tiene pocos equivalentes. Ya en 2013, en La Candelaria, cerca de Pehuajó, se confeccionó un silo con 150.000 toneladas de materia verde, originadas en 3.500 hectáreas de maíz. Se lo presentó entonces como el silo de planta entera más grande del mundo. No consta una homologación internacional que permita sostener hoy el título absoluto, pero sí puede afirmarse que la Argentina realiza algunos de los silos individuales más grandes conocidos, consecuencia de sus tambos concentrados y, sobre todo, de sus enormes corrales de engorde.
También es un negocio de proporciones considerables. La referencia de la CACF de diciembre de 2025, para un maíz de 40 toneladas de materia verde por hectárea, asignaba %222.000 a semilla; $540.075 a fertilizantes y agroquímicos; $122.550 a labores, y $1.208.650 a la confección de un silo aéreo. Sin sumar el alquiler de la tierra, bolsa ni inoculante, la inversión rondaba los 3 millones de pesos por hectárea.
Aplicada a 1,44 millones de hectáreas, esa cuenta arroja cerca de 3.000 millones de dólares en un solo año. Es decir, una inversión equivalente a la tan mentada del oleoducto Vaca Muerta Sur (en plena ejecución con vistas a finalizar su etapa principal) que presupuesta un costo total cercano a los US$3.000 millones. Y es una estimación conservadora: no contempla la tierra, el costo financiero, las pérdidas de almacenamiento ni la posterior extracción y distribución del alimento.
El silo de maíz es mucho más que una reserva forrajera. Es una gran industria a cielo abierto, intensiva en capital, logística y conocimiento. Transformó la alimentación ganadera y permitió independizar buena parte de la producción de carne y leche de los altibajos estacionales del pasto. Es, también, una de las formas más directas de agregarle valor al maíz en origen.
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