28/08/2026 20:13
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NACIONALES

Convivir con el peligro, esa extraña capacidad humana

Convivir con el peligro, esa extraña capacidad humana

La forma en que actuamos ante un riesgo no depende solamente de la gravedad de éste, sino, también, de cómo lo percibimos. Y nuestra percepción no es una reproducción completa y ob

Ochenta y un panecillos puestos en el horno, totalmente carbonizados, en la vieja panadería de la Vía dell'Abbondanza. Restos de un perro encadenado con un collar de bronce, del que no pudo liberarse, en la casa de Orfeo. Dos esqueletos abrazados - se ignora si eran padre e hijo, amo y esclavo, o amantes - en la Villa de Civita Giuliana.

Aún hoy la arqueología sigue brindando más detalles de aquella vida interrumpida, como la descripción, en las paredes de los burdeles, de las tarifas e imágenes que ilustraban los servicios ofrecidos.

No hay certeza de cuándo ocurrió la erupción, pero podría ser el 24 de agosto o después del 17 de octubre del año 79. En cualquier caso, fue en uno de esos días en que, inesperadamente, el cielo se hizo noche cuando una gigantesca y oscura columna de cenizas y gases se elevó sobre el Vesubio.

El tiempo se detuvo. La vida quedó congelada para la eternidad. Gran parte de los habitantes huyó y se incorporó a una multitud aterrorizada que corría por las calles con antorchas en las manos, gritando los nombres de los suyos que no los habían seguido. Algunos, agotados, abandonaban la huida, convencidos de que había llegado el fin del mundo.

Un operario trabaja en un fresco descubierto en nuevas excavaciones en Pompeya

En medio de la conmoción, lejos de Pompeya, en Miseno, al otro lado de la bahía de Nápoles, un joven de diecisiete años permanecía junto a su madre y a su tío materno, Plinio el Viejo. Aquel joven pasaría a la historia como Plinio el Joven.

Desde Miseno observaban la erupción. Cuando también aquella zona se vio amenazada, Plinio el Joven y su madre intentaron alejarse, mientras su tío, comandante de la flota romana, decidió dirigirse hacia el Vesubio. No lo movía únicamente la curiosidad científica: también pretendía rescatar a su amiga Rectina, atrapada en su villa al pie del volcán, sin posibilidad de huir por tierra.

Llegado a Estabia, en la orilla opuesta a Pompeya, encontró a su amigo Pomponiano. Allí murió, probablemente asfixiado por los gases o como consecuencia de un fallo cardíaco, mirando el Vesubio ardiente.

Plinio el Joven sobrevivió junto a su madre, a la que se negó a abandonar cuando le pidió que continuara sin ella. Fue testigo. Años más tarde, en sus cartas al historiador Tácito, relató con detalle lo que había visto. Sus epístolas son consideradas uno de los primeros grandes relatos de una catástrofe de la historia occidental.

Pompeya legó un mensaje. ¿Qué intenta transmitirnos desde hace dos milenios?

La advertencia

Situada entre el Vesubio y el golfo de Nápoles, Torre del Greco es una ciudad que sufrió repetidamente los efectos del volcán y que en una placa esculpida en mármol advierte: “Habitantes, huir no es suficiente. Leed esto y aprended”. ¿Qué debemos aprender?

Que Pompeya no es solo memoria y menos aún una imagen fantasmal detenida en el instante de su destrucción. Que es un testimonio visible -como ningún otro- que puede servirnos de espejo y advertencia: lo que ocurrió aquel día no ocurrió ese día, sino que llevaba años ocurriendo.

Hoy somos conscientes de que una multiplicidad extraordinaria de riesgos y peligros acecha simultáneamente al planeta y que estamos inmersos en un mar de tragedias e incertidumbre. Convivimos simultáneamente con guerras que pueden escalar y amenazas de empleo de arsenales nucleares capaces de destruir ciudades enteras; pandemias que pueden atravesar el planeta en semanas; terremotos en distintos continentes; volcanes en erupción que amenazan regiones densamente pobladas y una crisis climática que multiplica inéditas olas de calor, incendios, inundaciones torrenciales y sequías como jamás se han visto y ríos sin agua.

Del desarrollo tecnológico nacen otra serie de fundados temores, especialmente de la IA, cuya evolución puede llegar a límites impredecibles.

Ulrich Beck

Como dice Ulrich Beck (“La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad”, Paidós, 1998) la sociedad moderna no se caracteriza sólo por producir riqueza, sino también por producir riesgos. ¿Estaremos condenados a convivir con ellos, o podemos aprender a verlos antes de que sea tarde?

Los riesgos y su percepción

Ya había ocurrido antes y se ha reiterado recientemente mientras transcurría el último Mundial de Futbol: el humo proveniente de los voraces incendios que se hallaban devorando sin tregua los bosques canadienses cubrió Nueva York de una densa niebla. El aire se tornó irrespirable dificultando toda actividad. Ante tal peligro visible e inmediato la reacción fue igualmente inmediata.

La forma en que actuamos ante un riesgo no depende solamente de la gravedad de éste, sino, también, de cómo lo percibimos. Y nuestra percepción no es una reproducción completa y objetiva de la realidad: es necesariamente parcial y selectiva.

La percepción del riesgo depende de múltiples factores: de cuánto control creemos tener sobre los hechos, del costo de actuar o no hacerlo, del tiempo disponible y de la posibilidad de que nuestra acción produzca un efecto visible.

Los peligros más globales y colectivos, como el cambio climático, no generan el mismo tipo de reacción, aun cuando se manifieste en forma dramática.

El incremento de la temperatura, el derretimiento de los glaciares, el aumento del nivel del mar, el resquebrajamiento de las tierras y el agotamiento del agua de los ríos, se suceden en forma gradual. Esa gradualidad hace que no se vea lo que está ocurriendo como lo que en realidad es: una amenaza global, grave, planetaria y que concierne a la humanidad toda.

Los riesgos más próximos o de impacto visible -terremotos, tsunamis, incendios- activan una alarma de inmediato; en cambio, los que avanzan lentamente son percibidos con menor intensidad y urgencia, aun representando un peligro mayor.

La mente

Los seres humanos no somos máquinas racionales. Daniel Kahneman, Premio Nobel de Economía (2002) y uno de los psicólogos más influyentes de nuestro tiempo, cuestionó junto con Amos Tversky la concepción, entonces dominante, de un ser humano esencialmente racional cuyas desviaciones se explicaban principalmente por la intervención de las emociones. En Pensar rápido, pensar despacio (2011), Kahneman describe lo que llama la “maquinaria de la cognición”.

Para explicar el funcionamiento de nuestra mente distingue metafóricamente dos modos de pensamiento, a los que denomina Sistema 1 y Sistema 2.

El Sistema 1 es rápido, automático e intuitivo; opera prácticamente sin esfuerzo e interviene en buena parte de nuestras decisiones cotidianas. Esa rapidez constituye una importante ventaja frente a situaciones de peligro inmediato. Los riesgos graduales, abstractos o lejanos, en cambio, no necesariamente provocan en nosotros la misma reacción.

Daniel Kahneman premio Nobel 2002 en Ciencias Económicas

El Sistema 2 es lento, deliberado y consciente; requiere un esfuerzo que no siempre estamos dispuestos a realizar. Nos permite analizar, comparar alternativas y anticipar consecuencias. Es ese tipo de pensamiento deliberativo el que necesitamos, por ejemplo, para planificar una evacuación o establecer medidas frente a peligros que todavía no son inmediatos.

Kahneman lo resume señalando que el Sistema 1 es impulsivo e intuitivo, mientras que el Sistema 2 posee capacidad de razonamiento y prudencia, aunque también puede ser “perezoso”.

La interacción entre ambos modos de pensamiento permite formular una hipótesis aplicable a nuestro problema. Tenemos una mente que está preparada para reaccionar rápidamente ante lo inmediato, pero para pensar en peligros distantes, abstractos o graduales debemos hacer un esfuerzo adicional. Dicha situación crea una tensión que puede contribuir a explicar nuestra extraña capacidad de convivir con el peligro sin modificar nuestro comportamiento.

Los sesgos

Los precitados autores investigaron desde los años setenta numerosos sesgos cognitivos: desviaciones sistemáticas que pueden influir en nuestra manera de juzgar la realidad y tomar decisiones.

Algunos de los sesgos se relacionan con el peligro y el comportamiento que ante ellos adoptamos. Así, el sesgo de normalidad, por ejemplo, supone que el futuro se parecerá al pasado. Ni ignorancia de la posibilidad de que ocurra una catástrofe, ni optimismo ingenuo; consiste en un desplazamiento de la idea del riesgo en el tiempo, en el espacio, en su magnitud o en su intensidad, lo cual inclina a adaptarse o acostumbrarse al peligro.

Este sesgo también puede inducirnos a subestimar la posibilidad o gravedad de una catástrofe, pues esperamos que las cosas continúen aproximadamente como hasta ahora. De ese modo nos deja expuestos a sus consecuencias con el efecto, además, de aumentar nuestra vulnerabilidad.

El mismo mecanismo puede contribuir a comprender por qué una amenaza conocida pierde capacidad de alarma cuando durante años no se materializa. Cientos de miles de personas viven hoy en zonas expuestas al riesgo volcánico alrededor del Vesubio y los Campos Flégreos -aunque su decisión puede también deberse a otras circunstancias- y lo mismo ocurre con las construcciones en las costas del Océano Indico devastadas en 2004 por un tsunami que llevó a la muerte a 227.000 personas.

El sesgo de disponibilidad, a su vez, induce a subestimar los riesgos que carecen de una imagen concreta y a sobrestimar los riesgos que recordamos fácilmente por dramáticos o recientes.

El sesgo de optimismo, concurrentemente, induce a imaginar que el riesgo afectará a otros antes que a nosotros, o bien que aparecerá un nuevo invento o descubrimiento.

Los sesgos no actúan solos

Las alternativas decisorias, tales como la de quedarse o alejarse ante situaciones de riesgo, no son determinadas exclusivamente por nuestra mente ni por los sesgos, sensaciones o emociones, sino por el conjunto de todo ello.

Las emociones aun siendo el primer factor indicador de nuestras necesidades, no operan en forma automática, y para alguna teoría científica son predicciones que elabora nuestro cerebro.

Otra capacidad humana que aparece en el escenario decisional ante el riesgo es la denominada intuitiva.

El psicólogo Gary Klein cuenta la historia de un equipo de bomberos que penetraron en una casa en la que la cocina estaba en llamas. El jefe de bomberos percibió sin embargo que el foco del incendio no estaba en la cocina, sino en el sótano, debajo de donde sus hombres habían estado. «Salgamos de aquí», gritó sin saber por qué, y el suelo se hundió inmediatamente después de que los bomberos escaparan. Luego de ocurrir aquello, se dio cuenta de que el fuego había sido extrañamente silencioso y que sus orejas habían estado extrañamente calientes.

Cuando no se es consciente que algo anda mal ni por qué, pero realmente algo anda mal, se le asigna el hecho a un «sexto sentido del peligro». En realidad, dice Kahneman, no es algo excepcional, pues nuestras capacidades intuitivas cotidianas no son menos maravillosas que las asombrosas percepciones de un bombero o un médico experimentados; solo son más comunes.

Resolución por heurística. Es el resultado de un procedimiento mental rápido y aproximado que facilita la vida cotidiana, pero que también distorsiona nuestra percepción de la realidad.

Recurrimos a heurísticas para poder tomar decisiones rápidas, aunque corriendo el riesgo de subestimar ciertos peligros. Se ha dicho que se trata de un atajo para resolver, que exige poco esfuerzo cognitivo. Individual y colectivamente, recurrimos a decisiones por heurística que simplifican lo complejo.

El 2 de septiembre de 2015, los diarios mostraban la fotografía de un pequeño niño sirio de tres años, Aylan Kurdi, encontrado sin vida, boca abajo, en una playa cerca de Bodrum, Turquía, que generó una ola de compasión e indignación ante la tragedia de los refugiados que intentaban llegar a Europa. Durante semanas, gobiernos y ciudadanos se mostraron más dispuestos a acoger a quienes huían de la guerra.

La reacción fue muy distinta en julio y agosto de 2026, en que decenas de miles de personas cruzaron a nado o por tierra desde Marruecos hacia Ceuta y hubo unos cien fallecidos y decenas de desaparecidos. En este caso las autoridades desplegaron el ejército, se realizaron devoluciones inmediatas y parte de la población local expresó temor y rechazo llegando hasta negar agua y comida a los recién llegados “invasores”. El contraste muestra la forma en que operan las heurísticas emocionales.

Otro factor poco común

En ciertas situaciones, ni el miedo -que paraliza o empuja a huir- ni la esperanza -que proyecta un futuro posible-, explican algunas decisiones que se adoptan ante el riesgo. Se trata de un factor que lejos de eliminar el peligro, lo enfrenta por convicción: el coraje.

Inmigrantes marroquíes en Ceuta

Una joven kurda de 22 años, Jina Mahsa Amini, durante una visita familiar a Teherán junto a su familia, decidió no cubrirse el cabello con el hijab. Detenida el 13 de septiembre de 2022 por la Policía de la Moral de la República Islámica de Irán, murió por su coraje en ignotas circunstancias tres días después, internada en un hospital mientras se encontraba bajo custodia policial.

Al margen de todo lo anterior, hay algo aún más inquietante frente a un peligro existente: el no verlo. ¡Y lo tenemos por delante!

En “El gorila invisible y otras maneras en las que nuestra intuición nos engaña”, Christopher Chabris & Daniel Simons reflejan con innumerables ejemplos lo que nuestros sentidos y nuestro cerebro experimenta en distintas situaciones.

Uno de los más notables experimentos realizados por los autores lo fueron con la colaboración de estudiantes que actuaron como sujetos y actores. En un piso vacío de una de las facultades de Harvard organizaron una filmación que digitalizaron de dos equipos jugando al básquetbol. Uno de ellos vestía camisetas blancas y el otro, negras. Los estudiantes se esparcieron por todo el campus pidiendo a voluntarios que debían contar la cantidad de pases que hacían los jugadores de blanco, pero que ignorasen los de negro. Los demás debían contar los pases de los jugadores de negro.

El video duraba menos de un minuto e inmediatamente después de finalizado les preguntaban cuántos habían contado. La respuesta correcta no importaba, puesto que la idea era mantener al observador ocupado en algo que requería su atención, pero en realidad se testeaba otra cosa. Promediando el video, una estudiante disfrazada de gorila entraba en la escena, se detenía entre los jugadores, miraba a cámara, se golpeaba el pecho y se retiraba, luego de haber permanecido alrededor de nueve segundos en pantalla.

Interrogados quiénes debían contar los pases sobre si habían notado algo inusual mientras contaban, o si habían notado alguien además de los jugadores, las respuestas fueron abrumadoramente negativas. Preguntados luego directamente si habían visto un gorila, la respuesta general y categórica fue: ¡¿Un qué?!

El experimento se repitió posteriormente con distintas audiencias y variantes, confirmando el fenómeno. Los autores cuentan que también se interrogó a espectadores los cuales en gran parte respondieron no haber visto al gorila. Por ello han llegado a la conclusión de que hay ciegos para lo evidente y, además, ciegos de su propia ceguera. Conclusión, si bien no es tal ¿Por qué no vemos al gorila?

No lo vemos -y es lo que nos pasa con frecuencia- porque fijamos nuestra atención en un área o aspecto particular de la realidad. No procesamos toda la información que nos rodea y podemos permanecer ciegos incluso ante lo extraordinario. Aunque atentos, podemos seguir contando los pases mientras el gorila se pasea delante de nuestros ojos.

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