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En 1997, tiraron 12.000 toneladas de cáscaras de naranja en un terreno seco: 16 años después, se había convertido en un bosque tropical

En 1997, tiraron 12.000 toneladas de cáscaras de naranja en un terreno seco: 16 años después, se había convertido en un bosque tropical

Arrojaron 12. 000 toneladas de cáscaras de naranja en un terreno seco: 16 años después encontraron un bosque.

A fines de los años 90, cientos de camiones comenzaron a descargar toneladas de cáscaras y pulpa de naranja sobre un terreno degradado de Costa Rica. El lugar había sido utilizado para la ganadería y estaba cubierto principalmente por pastos. La cantidad de residuos era tal que llegó a formar una capa sobre varias hectáreas.

En total, se depositaron aproximadamente 12.000 toneladas métricas de residuos de naranja. Después, una disputa judicial paralizó el proyecto y el terreno quedó prácticamente olvidado. Cuando un grupo de científicos volvió años más tarde, encontró un paisaje muy diferente: donde habían quedado las cáscaras crecía una vegetación considerablemente más abundante que en el terreno vecino.

El experimento terminó convirtiéndose en un caso de estudio sobre restauración ecológica. La investigación, publicada en Restoration Ecology, encontró que 16 años después de la intervención había tres veces más riqueza de especies de plantas leñosas y un 176% más de biomasa leñosa sobre el suelo en comparación con una parcela cercana que no había recibido los residuos.

El experimento terminó convirtiéndose en un caso de estudio sobre restauración ecológica,

El experimento que comenzó con miles de toneladas de naranjas

La historia comenzó en 1997 con los ecólogos Daniel Janzen y Winnie Hallwachs, quienes trabajaban desde hacía años en la conservación de los bosques tropicales de Costa Rica.

Los investigadores llegaron a un acuerdo con Del Oro, una empresa dedicada a la producción de jugo de naranja. La compañía donaría terrenos boscosos al Área de Conservación Guanacaste y, a cambio, podría utilizar una zona degradada para depositar residuos orgánicos provenientes de su planta procesadora.

En 1998, alrededor de 1.000 cargas de camión transportaron cáscaras y pulpa hasta unas tres hectáreas de antiguos pastizales utilizados para la ganadería.

La intención era comprobar si un residuo industrial orgánico podía servir para acelerar la recuperación de un suelo degradado y, al mismo tiempo, resolver parte del problema que representaba para la empresa disponer de ese material.

Una demanda frenó el experimento y el terreno quedó olvidado

El proyecto duró poco. TicoFruit, una empresa competidora de Del Oro, presentó una demanda al considerar que el depósito de residuos había contaminado un parque nacional.

Daniel Janzen y Winnie Hallwachs, investigadores vinculados a la Universidad de Pensilvania .

La disputa llegó hasta la Corte Suprema de Costa Rica, que falló contra el proyecto. El vertido de cáscaras quedó suspendido y la parcela permaneció prácticamente olvidada durante unos 15 años.

Eso cambió en 2013, cuando Janzen conversó sobre el antiguo experimento con Timothy Treuer, entonces estudiante de posgrado del Departamento de Ecología y Biología Evolutiva de la Universidad de Princeton.

Treuer decidió buscar el lugar. Al llegar encontró una transformación tan profunda que inicialmente tuvo dificultades incluso para localizar el cartel que identificaba el experimento.

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“Estaba tan cubierto de enredaderas y el bosque había vuelto a crecer de una manera tan exuberante que lo pasamos completamente por alto”, explicó posteriormente el investigador.

Qué encontraron los científicos 16 años después

Treuer regresó junto con Jonathan Choi, entonces estudiante de Princeton, para comparar científicamente el sector donde se habían depositado las naranjas con un terreno vecino que no había recibido esos residuos.

Los resultados fueron publicados en la revista científica Restoration Ecology. Después de 16 años, el área tratada presentaba un 176% más de biomasa leñosa sobre el suelo que la parcela utilizada como control.

cubrir un terreno degradado con miles de toneladas de cáscaras y pulpa de naranja.

Las diferencias no terminaban allí. Los investigadores encontraron tres veces más riqueza de especies de plantas leñosas, mayor diversidad de árboles y un dosel forestal considerablemente más cerrado. El suelo también mostraba mayores niveles de macro y micronutrientes importantes para el crecimiento vegetal.

Era difícil creer que la única diferencia entre las dos áreas fuera un montón de cáscaras de naranja. Parecían ecosistemas completamente diferentes”, señaló Treuer.

Durante el relevamiento también encontraron fauna silvestre y árboles de grandes dimensiones. Choi recordó especialmente una enorme higuera de unos 90 centímetros de diámetro.

Los tres momentos que muestran el notorio cambio.

Por qué las cáscaras consiguieron acelerar la recuperación

El terreno había sido utilizado anteriormente para ganado y presentaba suelos compactados, rocosos y pobres en nutrientes, afectados por años de sobrepastoreo y manejo mediante incendios. La enorme cantidad de materia orgánica aportada por los cítricos modificó esas condiciones.

Al descomponerse, las cáscaras incorporaron nutrientes y favorecieron condiciones que permitieron el establecimiento de vegetación. La recuperación del bosque, a su vez, significó una mayor acumulación de carbono en árboles y otras plantas.

Treuer calificó el caso como uno de los pocos ejemplos que conocía de secuestro de carbono con un costo negativo: la empresa necesitaba deshacerse de un residuo y el ecosistema necesitaba materia orgánica para recuperarse. “No es solamente beneficioso para la compañía y el parque: todos ganan”, explicó.

Un fabuloso ecosistema y diversidad en el Área de Conservación Guanacaste, en el noroeste de Costa Rica.

Los investigadores, sin embargo, advirtieron que el resultado no significa que las empresas puedan simplemente arrojar residuos agrícolas sobre terrenos degradados. El experimento no fue replicado y las características de cada ecosistema pueden producir resultados diferentes.

El caso de Guanacaste sí dejó una evidencia concreta: en determinadas condiciones y bajo supervisión científica, aquello que una industria considera un desecho puede convertirse en una herramienta de restauración. Las 12.000 toneladas de residuos que terminaron en un antiguo pastizal ayudaron a que, 16 años después, dos parcelas vecinas parecieran ecosistemas completamente distintos.

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