Un choque de placas tectónicas genera rupturas y liberación súbita de energía que produce nuevas formaciones. Incluso tres placas pueden encontrarse, produciendo una zona de intensa actividad geológica: se mueve todo. Se le llama triple junction. Metafóricamente, eso pasó en Argentina. Tres placas se encontraron.
La placa del metro cuadrado
Muchos colegas y políticos hablan de que la política sirve si ocurre en el metro cuadrado del ciudadano —calles, luminarias, colectivos—, y que todo lo demás (valores, ideología, identidad) es ruido de élites alejadas de lo cotidiano. Consiento pero también disiento.
La experiencia vital de entornos deteriorados empezó a fraguarse. Varias intendencias y gobiernos provinciales ven erosionar su aprobación y ello es síntoma de que las respuestas en lo cercano se resintieron.
Hay atribución de responsabilidad a esos gobiernos, pero la queja empieza a permear hacia lo nacional: el “no hay plata” empezó a ser cuestionado en obras y servicios esenciales que faltan. Disiento en que eso explique el grueso de la política a nivel macro, aunque es significativo.
El ejercicio democrático local, con competencias acotadas y bajo nivel de conflicto distributivo, suele generar una relativa despolitización sustentada en la materialidad de la eficacia resolutiva. También disiento en que la economía individual esté aquí.
La placa del bolsillo
La simpatía partidaria condiciona cómo se ve la economía -tesis académica muy sustentada-. Sin embargo, ni el voto fiel la ve bien. “No la ven”, porque en la representación general de la situación colectiva, la experiencia de que todo está fulero para la mayoría ya no se cuestiona. Un votante no tiene que comprender el PBI, pero el voto económico es palpable: el precio de la góndola, la cuota de la obra social, el costo de los remedios, el constreñimiento de gastos básicos como festejar el cumple a un hijo o comprarse ropa nueva se engloban en la dificultad para llegar a fin de mes.
El endeudamiento para consumos básicos y la mora para cancelarlo ponen a la economía doméstica en jaque. El “voto de bienestar general” se da cuando, aunque yo esté mal, voto proyectando acercarme a los que están bien. Eso no se registra, e impacta en las expectativas futuras. ¿Cambia algo con ello? Sí: el comportamiento real de consumidores, empresas e inversores. Se consume menos, no se accede al crédito, ni se invierte. Encima, los “brotes verdes” no brotan para todos.
La placa de los valores identitarios
Había esperanza, valor clave en el voto duro. El rumbo parecía intocable. Pero en parte se licuó. La libertad es un concepto difuso. La honestidad no es algo que el gobierno pueda exhibir. La distancia entre casta y no casta es el mero pasado. Para colmo, un valor simbólico se coló y es algo más que un debate post mundialista que le afectó la eficacia de su posicionamiento a la gestión: el nacionalismo.
El gobierno quedó “extranjerizado”. Ni las grandes inversiones se festejan ya -Super RIGI incluido-. “La patria no se vende”, como valor transversal, es una consigna incómoda para un gobierno que se quedó con poca potencia simbólica en la construcción de identidades y horizontes de sentido que doten de gobernabilidad.
Esta triple junction desató una energía social que consolidó una mayoría muy desfavorable para el gobierno: matemáticamente, como mínimo, más de la mitad del electorado. Permítanme:
• Diferencial negativo agravado del gobierno.
• Evaluación negativa de todo el gabinete y disconformidad con todas las áreas de actuación del gobierno.
•Pedido de cambio de rumbo (el valor más alto) y de partido en el gobierno.
• Caída en las capacidades del gobierno para resolver los problemas.
• Expectativas económicas negativas para el próximo año.
• Alto rechazo del estilo de liderazgo y del modo en que el gobierno ejerce el poder y gestiona el conflicto.
El conflicto es inherente a la política y, plantearlo tanto como resolverlo, es condición de legitimidad. Ilana Schröder y Eva Wolf destacan su mirada positiva: concientiza sobre problemas desatendidos, fomenta la resolución creativa, activa la participación e incluso puede alentar el cambio institucional, el diálogo y activa debates con resolución democrática.
James Davison Hunter aporta la mirada opuesta: cuando el conflicto adquiere el adjetivo cultural y pasa a ser hostilidad enraizada en sistemas morales diferentes, deja de versar sobre intereses negociables para versar sobre la autoridad que define lo verdadero y lo bueno. Cuando esa autoridad se erige en trascendente e inconmovible, ceder es traicionarse: el conflicto se vuelve destructivo.
Cinco rasgos lo definen: apuestas totales e innegociables (identidades y visiones morales completas, sin puntos medios); negación del otro (la identidad propia se construye no para persuadir sino para anular al adversario); nihilismo de fondo (se define por lo que niega, vía cancelación, doxeo y chivos expiatorios); colapso de un piso común (ausencia de recursos culturales para procesar el desacuerdo); y coerción (la necesidad de consenso se transfiere a la fuerza).
Una triple junction desata energías rápidas que modifican el paisaje político y social. El conflicto, como hecho democrático que expone la divergencia, está hoy planteado más como batalla cultural devenida en conflicto destructivo, gestionado desde un dogmatismo místico, como designio incuestionable. Todo se mueve -como las placas tectónicas- menos el modo del ejercicio del poder, que permanece pétreo. Grandes cambios, y un gobierno que tomó poca nota de ellos. Nadie tiene ganado nada en el futuro. Eso es lo que está pasando aquí.
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