“Cuando me enteré que CEPA (Cuerpo de Evacuación y Primeros Auxilios) fue convocado por la embajada de Venezuela para prestar ayuda humanitaria tras el doble terremoto que sufrió el país, me sumé de inmediato –cuenta Nahuel Cristiano, Auxiliar Mayor de la ONG CEPA y director de Obras Viales de Morón.
“Al llegar la sensación fue de una angustia muy fuerte, ver tanta tristeza y dolor en la calle, todo devastado, parecía una zona de guerra –recuerda Cristiano– Pese al sufrimiento del pueblo venezolano, nos trataron con un amor inconmensurable, son un gran pueblo y muy resiliente”.
En situaciones de emergencia humanitaria, la primera regla que los rescatistas deben seguir, voluntarios o no, es la que dice que nadie se mueve solo. Luego, las precauciones obligan a avisar de la inestabilidad del edificio donde se ingresará, revisar el entorno donde se trabajará para evitar la incidencia de factores externos, entre otras pautas.
Nahuel, a la izquierda, con un compañero rescatista.
El grupo de Cristiano, en sus dos viajes como voluntario, fue a Tanaguarena, en el Estado de La Guaira, la zona más perjudicada por los sismos que sufrió el país sudamericano el 24 de junio de este año: “Mi cuerpo se concentró en el OPP 25 de La Guaira. Había voluntarios de todos lados y de diferentes organizaciones que nos traían comida y agua. Incluso insumos y herramientas si hacían falta”, añade.
El edificio formaba parte de las Obras del Poder Popular (OPP) y sufrió derrumbes catastróficos tras los sismos: “A las 8 de la mañana ya teníamos que estar equipados y operativos para ir al OPP25 a darlo todo. Al llegar al lugar, dos compañeros iban a reconocer el terreno y a hablar con las familias para saber dónde podíamos ser de utilidad”.
En su primera misión, Nahuel estuvo estuvo 8 días en Venezuela. En la segunda estuvo 7.
A las 19 cortaban la actividad y volvían al campamento para ducharse, comer, descansar y charlar en grupo para darse apoyo emocional, para procesar lo vivido durante la jornada, y así prepararse para la próxima, que sabían que iba a ser igual de intensa, o tal vez peor.
“Hubo un caso que me quedó grabado en las retinas y en el corazón”, recuerda. Fue durante su primer viaje cuando debió ir a ayudar a Pablo, un abuelo que buscaba a una de sus nietas: “La tarea me fue encomendada, junto a mí equipo. Comenzamos la búsqueda con la guía de Pablo para reconocer entre los escombros, lo que alguna vez fue su casa, a la niña. Llegamos a la habitación en donde encontramos una cama de una plaza y sentimos un olor fuerte, y en ese momento deduje donde estaba la niña”.
Nahuel junto con el equipo recuperó a 141 víctimas.
Luego de unas horas de limpieza y extracción de escombros, notaron que la cama estaba debajo de una columna de gran porte, lo que imposibilitó extraer el cuerpo: “Llegó el día de la vuelta y no pude devolverle la niña a Pablo, no me alcanzó el tiempo y no contaba en ese entonces con la maquinaria pesada para mover estructura –recuerda con tristeza– Volvimos a Argentina y me traje conmigo ese dolor de no poder haber hecho más”
“Nosotros entrenamos y nos capacitamos para diferentes tipos de catástrofes, pero se aprende in situ”, asegura Nahuel al volver a su país tras ayudar durante 8 días y recuperar a 74 cuerpos. Sin embargo, una semana después lo volvieron a llamar para ayudar en una última jornada en el mismo edificio donde fue la primera vez: “Estábamos en una extracción, y al rato veo bajar a Pablo con el equipo. Cuando me vio me reconoció al instante y me dijo mientras se agarraba el corazón: ‘la encontramos, ahora puedo descansar en paz’”.
La segunda jornada de Pablo duró 7 días, y junto a su equipo pudo recuperar a 67 cuerpos de víctimas. En total, estuvo dos semanas trabajando entre los escombros de lo que alguna vez fue un edificio de 12 pisos, y aminoró el dolor de 141 familias venezolanas.
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