08/10/2026 22:16
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Adolescentes al límite: ¿Qué hacemos los adultos?

Adolescentes al límite: ¿Qué hacemos los adultos?

Cuando la frustración, la humillación o la bronca pasan al acto, no podemos mirar para otro lado.

Recientemente circuló un video que, en pocos segundos, representa lo que muchos suponen que pasa en las aulas casi todos los días. En un colegio de Jesús María, Córdoba, una estudiante molesta a un compañero hasta que él reacciona y la golpea. Alguien filma la escena, que circula fuera de la escuela y se convierte en noticia.

Hace dos meses, en Tandil, otro video nos enfrentaba a una situación aún más delicada. En medio de un clima de violencia entre estudiantes, un profesor intenta intervenir y termina golpeado por un alumno. Sufre fracturas en el rostro y debe ser operado.

¿Qué hacemos ante situaciones como estas?

Una primera reacción es buscar explicaciones y responsables: los adolescentes son violentos, faltan límites, hay ausencia de autoridad, las familias están desbordadas y las escuelas ya no saben cómo contener. Son cuestiones que merecen ser discutidas, pero ninguna alcanza por sí sola a explicar el problema. Otra respuesta consiste en aplicar los reglamentos escolares. Puede ser necesario, pero no es suficiente.

La adolescencia es un tiempo de cambios profundos. El adolescente necesita separarse del mundo infantil, cuestionar a los adultos -sobre todo a sus padres-, explorar sus límites y buscar el reconocimiento de sus pares. Algo de esa confrontación forma parte del devenir adolescente. Pero confrontar no es violentar los vínculos. Ayudarlos a distinguir una cosa de otra y mostrarles qué se puede y qué no es responsabilidad de los adultos.

Cuando la frustración, la humillación o la bronca pasan al acto, no podemos mirar para otro lado. La violencia no puede convertirse en una forma válida de tramitar aquello que no puede tolerarse o elaborarse, ni en una vía para allanar las diferencias o extinguir la diversidad.

Hay además un elemento que no podemos minimizar: los espectadores y los celulares. Muchas situaciones ya no ocurren solamente ante otros; ocurren también para otros. Se filman, comparten y viralizan. La mirada de los demás puede amplificar el desafío y convertir una pelea en espectáculo. La violencia encuentra así una segunda escena en las redes que permanece mucho después de terminado el episodio.

Ante un hecho grave nos preguntamos qué sanciones corresponden. Es válido: educar supone establecer límites y normas claras. Pero la sanción no alcanza. La pregunta educativa es más profunda: ¿qué condiciones estamos construyendo para que un adolescente pueda detenerse antes de golpear, soportar una frustración, pedir ayuda, retirarse de una provocación o poner en palabras aquello que siente?

Para responder, hacen falta adultos que no renuncien a su rol ni respondan a la violencia reproduciéndola. Familias y escuelas capaces de sostener límites, escuchar, intervenir tempranamente y construir criterios compartidos, dejando de lado acusaciones cruzadas, rumores en los chats y cualquier manifestación violenta de las familias hacia quienes trabajan en las escuelas.

Quizás la pregunta no sea solamente qué les está pasando a los adolescentes, sino también -y sobre todo- qué adultos necesitan encontrar cuando algo de su mundo se desborda, los hace sufrir y los deja sin palabras, frente a la crueldad de un mundo que todavía están aprendiendo a habitar y en el cual no pueden solos.

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