23/08/2026 07:22
Eduardo Castex
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¿Puede un remedio para adelgazar disminuir también el deseo compulsivo de beber alcohol, fumar o apostar?

¿Puede un remedio para adelgazar disminuir también el deseo compulsivo de beber alcohol, fumar o apostar?

Es la semaglutida, aprobada para la diabetes y luego para el descenso de peso. Qué dicen los estudios al respecto. Y qué pasa cuando el fármaco pierde su impulso.

La semaglutida, aprobada originalmente para el tratamiento de la diabetes tipo 2 y luego para el descenso de peso, empezó a mostrar un efecto que nadie conocía de entrada y es que parece disminuir también el deseo compulsivo de beber alcohol, fumar o, incluso, apostar.

Un estudio publicado en marzo de este año (en JAMA Psychiatry) liderado por investigadores de las universidades Griffith y Monash de Australia, detectaron un 44% menos de riesgo de empeoramiento de la depresión, de un 38% menos de la ansiedad y un 47% menor riesgo de agravación en el consumo de sustancias, comparado con esas mismas personas cuando no recibían esta droga.

En conjunto, el riesgo de complicaciones psiquiátricas graves se redujeron un 42%, asociación que resultó lo bastante marcada como para sorprender a los investigadores.

Para entender por qué un fármaco pensado para actuar sobre el páncreas y el estómago terminaría afectando las ganas de tomar unas copas, conviene explicar el mecanismo en términos sencillos.

El GLP-1 es una hormona que el intestino libera después de comer, y que le avisa al cerebro que ya hay suficiente comida ingerida. La semaglutida imita a esa hormona y prolonga su efecto.

Hasta ahí, su acción sobre el apetito, pero dado que el cerebro tiene receptores para esa misma hormona en zonas que nada tienen que ver con la comida, en particular, en las mismas regiones que se activan cuando algo resulta deseable, sea alcohol, nicotina o una apuesta,

La semaglutida fue aprobada originalmente para el tratamiento de la diabetes tipo 2. / Foto Shutterstock.

la hipótesis es que, al actuar también en esos lugares, el fármaco no solo apaga el hambre, sino que atenúa en general la intensidad del “quiero más” que caracteriza a todo otro deseo compulsivo.

Una experiencia con los monos vervet

Una simpática evidencia experimental acompaña esta hipótesis ya que en los monos vervet de la isla de Sain Kitts, y célebres por robar tragos a los turistas, se comprobó que, aun con acceso libre al alcohol, los animales tratados con estos fármacos bebían menos que los que no lo recibían.

En 2025, un ensayo clínico en humanos mostró algo equivalente ya que bebedores intensos que recibieron semaglutida redujeron tanto el deseo de beber como la cantidad consumida.

Sin embargo, esto no permite afirmar que la semaglutida sea un antidepresivo ni un ansiolítico.

Los estudios más rigurosos sobre su efecto directo en el estado de ánimo son heterogéneos y no muestran un patrón de mejoría anímica más allá de lo esperable cuando una persona baja de peso, se siente mejor físicamente y recupera cierto control sobre hábitos que la angustiaban.

Bebedores que recibieron semaglutida redujeron el deseo de tomar y la cantidad consumida. / Foto Shutterstock.

Es una diferencia importante ya que una cosa es que el fármaco reduzca el impulso hacia lo compulsivo, y otra muy distinta es que sirva para tratar la depresión o la ansiedad de fondo.

¿Y qué sucede con lo que llevaba a ese consumo?

Aparece entonces una pregunta. Si el ansia por comer, beber o fumar se aquieta farmacológicamente, ¿qué pasa con lo que llevaba a ese consumo?

Muchas veces la conducta compulsiva no es solo apetito desregulado sino también una manera de manejar el aburrimiento o un vacío existencial.

Cuando el fármaco apaga el impulso, pero no toca esa vivencia psíquica, lo esperable es que el malestar busque otro cauce o que quede más expuesto sin el amortiguador que antes ofrecía el síntoma.

Esta medicación puede aflojar el deseo compulsivo pero lo que se hará con esa soltura ya no dependerá de ella.

E.M.

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