Estás en la cocina, en medio de una discusión, y lo oyes. Su voz. No las palabras exactas, sino el tono, el momento, la forma en que toda la habitación se queda callada.
O tal vez sea algo más sencillo. Tal vez te des cuenta de que llevas una hora respondiendo mails mientras tu hijo te habla al oído, y lo que juraste que nunca harías es precisamente lo que estás haciendo ahora.
La mayoría de los hijos vivieron algo parecido. La promesa de dejar atrás sus malos hábitos era sincera. El problema es que esos hábitos se aprendieron mucho antes de tener edad suficiente para hacer promesas.
La mayoría de los hijos vivieron algo parecido. La promesa de dejar atrás sus malos hábitos era sincera. El problema es que esos hábitos se aprendieron mucho antes de tener edad suficiente para hacer promesas.
Aprendizajes
Albert Bandura, psicólogo de Stanford, estudió el aprendizaje social y demostró que los niños asimilan conductas observando a los adultos referentes, sin necesidad de instrucciones explícitas. Observan lo que hacen los adultos importantes a su alrededor y lo codifican: qué recibe atención, qué se castiga, qué se ignora.
Decir que uno no será así no borra lo que antes se aprendió.
Un niño no necesita que su padre lo siente y le explique cómo un hombre maneja la ira. Registra cómo su padre gestiona el enojo, el estrés y el miedo. Observa si grita, si se aísla o si busca ayuda, incorporando estos mandatos implícitos sobre la masculinidad.
Los hábitos obvios se copian. Pero también se copian los patrones más sutiles: qué se considera debilidad, si pedir ayuda es una opción, cuánto de uno mismo se puede mostrar antes de que alguien se sienta incómodo.
Las personas son más propensas a repetir los patrones de sus padres en momentos de estrés, cuando las respuestas antiguas afloran automáticamente.
Incluso la ausencia de demostraciones afectivas enseña. Ver a un padre priorizar el trabajo sobre la presencia transmite el mensaje de que la productividad está por encima de todo.
Decir que uno no será así no borra lo que antes se aprendió
La promesa consciente de actuar con más paciencia suele sostenerse durante un tiempo. Sin embargo, cuando irrumpe una situación crítica, las viejas respuestas aprendidas se imponen.
Lisa Firestone, psicóloga clínica y directora de investigación y educación de la Glendon Association, escribe que las personas son más propensas a repetir los patrones de sus padres en momentos de estrés, cuando las respuestas antiguas afloran automáticamente .
La decisión consciente de ser diferente es real, pero reside en una capa de la mente. El patrón reside en un plano más profundo. No espera permiso.
Por eso la recaída siempre llega en el peor momento posible. No se vuelve a caer en los hábitos del padre un martes tranquilo. Se cae cuando uno está agotado, acorralado o asustado, precisamente cuando la vieja reacción está más arraigada.
Bajo presión extrema, el cuerpo acude al recurso que más tiempo ha ensayado. Por eso, el distanciamiento o el silencio reaparecen justamente en las situaciones más complejas.
El psiquiatra Grant Hilary Brenner describe tres formas de reproducción intergeneracional: la comparación, la negación de conductas y la evitación por falta de un modelo claro.
Con el paso de los años, la percepción sobre la figura paterna cambia. Comprender el contexto de origen no reescribe el pasado, pero permite interpretar sus actos de otra manera.
Existen además factores genéticos, de temperamento y culturales que intervienen. Comprender la raíz de una costumbre no justifica mantenerla en el tiempo si resulta dañina.
Distinguir qué adaptaciones del padre fueron útiles —como la perseverancia— y cuáles perjudiciales ayuda a seleccionar qué aspectos conservar y cuáles descartar.
Un estudio liderado por Jeewon Oh, psicóloga de la Universidad Estatal de Míchigan, señala que la empatía suele incrementarse con la edad, en especial a partir de los 40 años.
Con la madurez, la figura paterna deja de ser vista como una simple advertencia para convertirse en la de alguien que hizo lo que pudo con los recursos que tenía.
Es posible desarrollar esa empatía madura hacia el padre y, al mismo tiempo, determinar con firmeza que ciertos hábitos perjudiciales se terminarán en la propia generación.
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