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Blanca Montoya, veterinaria: “La palabra cáncer asusta, pero en perros y gatos no siempre significa sufrimiento ni muerte”

Blanca Montoya, veterinaria: “La palabra cáncer asusta, pero en perros y gatos no siempre significa sufrimiento ni muerte”

La especialista en oncología de pequeños animales explicó en una entrevista La Vanguardia qué tumores son más frecuentes, cómo han cambiado los tratamientos y por qué la calidad de

Cuando un veterinario pronuncia la palabra “cáncer”, la conversación suele cambiar de golpe. La familia que hasta ese momento hablaba de un bulto, de una pérdida de peso o de que el perro ya no corría como antes empieza a pensar en tratamientos, sufrimiento y despedidas.

Sin embargo, entre ese primer diagnóstico y el final que muchos imaginan hay muchas posibilidades: tumores que pueden remitir, enfermedades que pueden mantenerse bajo control durante años y tratamientos cuyo objetivo principal no es ganar tiempo a cualquier precio, sino conservar el bienestar del animal.

Qué hacer después de ese diagnóstico depende de muchas circunstancias y, en ocasiones, obliga a tomar decisiones especialmente difíciles.

Ese es el ámbito en el que trabaja Blanca Montoya Landa, veterinaria y directora de la Clínica Veterinaria Tres Huellas, en Tres Cantos, Madrid, donde desarrolla su labor en medicina interna, con especial dedicación a la oncología y la medicina felina.

Hablamos con ella sobre qué significa hoy un diagnóstico de cáncer para un perro o un gato, qué posibilidades ofrece la medicina veterinaria y dónde está la frontera entre seguir tratando y prolongar el sufrimiento.

La medicina veterinaria debe marcar la frontera entre seguir tratando y prolongar el sufrimiento. Foto ilustrativas: EFE/Archivo

"La palabra cáncer genera muchísimo miedo y, en ocasiones, despierta además recuerdos de experiencias familiares difíciles"

-¿Está aumentando realmente el cáncer en perros y gatos o simplemente se diagnostican más casos?

-Las dos cosas. Hoy diagnosticamos más tumores porque la medicina veterinaria ha avanzado mucho y porque los tutores están más pendientes de la salud de sus animales. Hacemos pruebas que hace unos años no estaban tan disponibles y eso permite detectar procesos tumorales que antes podían pasar desapercibidos.

También influye que los perros y gatos viven más. Hace décadas muchos fallecían antes por enfermedades infecciosas, traumatismos o problemas que no podían tratarse. El cáncer está relacionado, en parte, con el envejecimiento celular, así que cuanto mayor es la esperanza de vida, mayor es también la posibilidad de desarrollar un tumor.

Y hay factores ambientales que tampoco debemos olvidar. Un ejemplo claro es el humo del tabaco: la mascota comparte el mismo ambiente que la persona que fuma y también está expuesta.

-Cuando una familia escucha la palabra cáncer, ¿cuál es el principal error que comete al pensar en el futuro de su perro o su gato?

-Asociarla inmediatamente con sufrimiento y muerte. La palabra cáncer genera muchísimo miedo y, en ocasiones, despierta además recuerdos de experiencias familiares difíciles. Pero un diagnóstico de cáncer no equivale automáticamente a una sentencia. No todos los tumores son agresivos ni tienen un mal pronóstico.

En perros, una parte importante de los tumores cutáneos y subcutáneos son benignos, y muchos tumores malignos pueden curarse si conseguimos extirparlos correctamente.

En gatos, por ejemplo, vemos linfomas intestinales de bajo grado de malignidad que pueden tener un pronóstico bastante bueno cuando se diagnostican y tratan de forma temprana. Hay casos en los que podemos curar y otros en los que podemos controlar la enfermedad durante meses o incluso años manteniendo una buena calidad de vida.

Al tratar la enfermedad, se tiene en cuenta las circusntancias de la familia. Foto Shutterstock.

"Buscamos controlar la enfermedad preservando la calidad de vida del animal"

-¿Qué señales deberían hacer saltar las alarmas y qué tumores son más habituales en perros y gatos?

-Los tumores que aparecen en la piel suelen detectarse pronto porque el tutor puede verlos o palparlos. El problema está en los que crecen dentro del abdomen o del tórax, que pueden ser mucho más silenciosos.

Un animal puede seguir haciendo aparentemente una vida normal y empezar a perder peso, comer algo menos, cansarse antes o mostrar pequeños cambios de comportamiento que muchas veces se atribuyen a la edad.

Los tumores más frecuentes también varían según la especie. Por eso las revisiones periódicas, sobre todo en animales geriátricos, pueden ser decisivas. Una analítica o una ecografía pueden descubrir un problema antes de que aparezcan síntomas graves.

-¿Hasta dónde ha avanzado la oncología veterinaria y cuánto ha cambiado la manera de tratar un cáncer en un perro o un gato?

-La evolución ha sido enorme. Hoy disponemos de herramientas diagnósticas y terapéuticas que hace años estaban prácticamente reservadas a la medicina humana.

Pero el cambio más importante no es únicamente tecnológico. La oncología veterinaria ya no consiste en intentar eliminar un tumor a cualquier precio. Buscamos controlar la enfermedad preservando la calidad de vida del animal y teniendo en cuenta las circunstancias de su familia.

Cada vez personalizamos más los tratamientos según el tipo de tumor, su estadio, su biología y las características del paciente. Eso permite tomar decisiones mucho más individualizadas y éticas.

-¿Qué ocurre realmente cuando un perro o un gato recibe quimioterapia? ¿Es tan dura como muchas familias imaginan?

-No. Los animales suelen tolerar bastante bien la quimioterapia, pero no porque sean más resistentes que las personas, sino porque el planteamiento es diferente. En veterinaria nuestro objetivo principal es mantener una buena calidad de vida durante el mayor tiempo posible. Por eso utilizamos dosis más conservadoras y protocolos adaptados a cada paciente.

Un perro o un gato no puede comprender por qué se encuentra mal ni decidir voluntariamente si está dispuesto a soportar unos efectos secundarios intensos a cambio de un posible beneficio futuro. Tenemos que tomar esa decisión pensando por ellos.

Aproximadamente entre un 15 y un 30% de los pacientes pueden presentar efectos secundarios leves, como vómitos, diarrea, menos apetito o algo de letargia. Normalmente son transitorios y se controlan con medicación de soporte. Solo un pequeño porcentaje desarrolla complicaciones graves.

"También debemos saber reconocer cuándo ha llegado el momento de dejar ir"

-¿Dónde está entonces el límite entre seguir tratando y alargar el sufrimiento de un perro o un gato?

-La referencia siempre tiene que ser la calidad de vida. Mientras un animal conserve las ganas de vivir, de interactuar con su familia, se relacione, descanse bien y no tenga dolor, tiene sentido seguir tratando. La dificultad aparece cuando el tratamiento deja de aportar bienestar y pasa únicamente a prolongar una enfermedad.

Ahí tenemos una responsabilidad enorme, porque nuestros pacientes no pueden decirnos cuánto están dispuestos a soportar. Hay momentos en los que seguir haciendo más cosas no significa cuidar mejor. También debemos saber reconocer cuándo ha llegado el momento de dejar ir.

La veterinaria admite que hay que reconocer cuándo es el momento de dejar ir. Foto: Shutterstock

-¿Cómo sabe un veterinario que un perro o un gato todavía tiene una buena calidad de vida?

-Es una valoración conjunta entre el veterinario y la familia. Los tutores conviven con el animal y conocen sus rutinas, sus gestos y sus pequeños cambios. Muchas veces detectan cosas que en una consulta pueden pasar desapercibidas. Nos fijamos en aspectos como el apetito, la movilidad, el descanso, el dolor, la higiene, la interacción con la familia o si sigue disfrutando de las actividades que antes le gustaban.

También podemos utilizar escalas y cuestionarios de calidad de vida que ayudan a objetivar esa valoración. No se trata de decidir únicamente a partir de una analítica o de una imagen. Tenemos que mirar al paciente en su conjunto.

-Usted acompaña a familias en algunos de los momentos más difíciles de la vida de sus animales. ¿Qué le han enseñado los perros y los gatos sobre el dolor y el final de la vida?

-Que viven mucho más en el presente que nosotros. No piensan en el futuro ni en las estadísticas. Un animal no sabe cuál es su diagnóstico ni cuál es su pronóstico. Puede estar enfermo y, aun así, seguir buscando a su familia, queriendo salir a pasear, jugando o disfrutando de una caricia.

Mantienen esa energía y esa vitalidad de una manera que a veces nos cuesta comprender. Quizá una de las grandes lecciones que nos dan es aprender a mirar cómo están hoy, no únicamente cuánto tiempo nos queda con ellos.

Pau Allué, La Vanguardia

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