La manera de administrar el dinero no depende solo de cuánto se gana o de cómo se distribuyen los gastos. También influyen las creencias que se forman a lo largo de la vida y que pueden condicionar las decisiones económicas sin que las personas lo adviertan.
Para Brad Klontz, doctor en psicología, planificador financiero certificado y profesor asociado de la Facultad de Negocios Heider de la Universidad de Creighton, en Estados Unidos, comprender esos patrones mentales es un paso importante para mejorar la relación con las finanzas personales.
Muchas de esas ideas se originan durante la infancia, a partir de las experiencias familiares y del entorno. Con el tiempo, pueden convertirse en reglas que orientan la forma de gastar, ahorrar e invertir, incluso cuando ya no resultan útiles.
Las creencias que pueden convertirse en un obstáculo financiero
Klontz denomina guiones financieros a esas creencias profundas sobre el dinero que influyen en el comportamiento cotidiano. Algunas personas, por ejemplo, sienten culpa al gastar, consideran que hablar de dinero es inapropiado o creen que tener más riqueza garantiza la felicidad.
La historia familiar puede dejar una huella en la manera de administrar los recursos
“La mayoría de la gente ni siquiera se da cuenta de que estas creencias influyen en sus decisiones”, advierte el especialista. “Pero tienen un impacto poderoso”.
Esos pensamientos pueden determinar cómo se afronta una compra, si se asume un riesgo financiero o incluso si se intenta alcanzar una meta económica. Cuando una persona cree que el éxito financiero está fuera de su alcance, puede ser menos propensa a intentar mejorar su situación.
Por eso, el conocimiento sobre presupuestos, ahorro e inversiones no siempre es suficiente. También es necesario reconocer qué ideas influyen en las decisiones y de qué manera se traducen en hábitos concretos. “No se trata solo de conocimiento”, explica Klontz. “Se trata de comportamiento. Y comprenderse a uno mismo es una parte fundamental de ello”.
Según Klontz, el primer paso consiste en revisar la propia historia con el dinero. Preguntarse de dónde provienen ciertas creencias, si todavía tienen sentido y si ayudan a alcanzar los objetivos permite identificar comportamientos que, en ocasiones, se repiten de manera automática.
También sirve observar las emociones que aparecen al gastar o ahorrar. El temor a quedarse sin recursos, la culpa después de una compra o la dificultad para destinar dinero a un objetivo pueden ofrecer pistas sobre las ideas que están detrás de esas decisiones.
A partir de ese reconocimiento, es posible comenzar a modificar algunos hábitos. En lugar de asumir que administrar las finanzas es una habilidad que no se tiene, por ejemplo, se puede entender como un aprendizaje que requiere práctica y planificación.
La educación financiera no se limita a conocer de presupuestos e inversiones
Klontz sostiene que la mentalidad puede convertirse tanto en una ventaja como en un obstáculo. Sin embargo, cambiar la manera de pensar no garantiza la riqueza ni elimina las dificultades económicas. El objetivo es tomar decisiones más conscientes y alineadas con las posibilidades y las metas personales.
Así, antes de modificar un presupuesto o establecer un plan de ahorro, puede ser útil revisar qué ideas orientan la relación con el dinero. Identificarlas permite comprender mejor los propios hábitos y empezar a construir una estrategia financiera más acorde con el futuro que se busca.
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