Para comer en Villa Ortúzar hay que decidirlo antes. Las veredas son anchas, el sol sigue entrando y casi nadie camina por ahí con hambre y sin plan. Hace unos años eso parecía una desventaja para abrir un restaurante. Hoy funciona como una selección natural, porque el que llega, llegó a propósito.
Un asador, un restaurante de manteles y velas, una cafetería en un galpón y un centro de producción de medialunas que abre solo los fines de semana eligieron el barrio. Se instalaron entre cervecerías de 1943, bares notables y pizzerías con cola en la vereda, que ya estaban ahí cuando nadie hablaba del lugar.
La cuenta que hicieron es sencilla. Alquileres más bajos, locales con metros de sobra, vecinos fieles y una zona que crece con Chacarita, Colegiales y Villa Urquiza a pocas cuadras. Los dueños cuentan por qué apostaron por un barrio que todavía tiene mucho por descubrir y qué les devolvió a cambio.
El crecimiento de Villa Ortúzar como polo gastronómico
Conviene aclarar un punto antes de seguir. Un polo gastronómico, como existe en Palermo o en Devoto, supone locales uno al lado del otro. En Villa Ortúzar los restaurantes quedan repartidos por el barrio y cada uno exige su propio viaje. El conjunto se parece a un archipiélago con buena cocina, donde el mapa del celular se vuelve imprescindible.
A principios del siglo XX tomó forma de barrio de trabajadores, con grandes usinas y fábricas que marcaron el ritmo de las calles. Hoy el paisaje es residencial, con mucho verde y poco apuro. Nicolás Baer, al frente de Baer, vivió casi toda su vida en Colegiales, muy cerca del barrio, y sin embargo no lo tenía caminado. "Resultó ser un barrio hermoso, muy tranquilo, con mucho verde, con mucho movimiento en la semana", cuenta.
Manteca LB abrió en mayo de 2025. Fotos Victoria Gesualdi.
El contexto ayuda. Villa Ortúzar queda cerca de Chacarita y Colegiales, dos barrios con oferta gastronómica de sobra, y pegado a Villa Urquiza. La Comuna 12, integrada por Villa Urquiza, Saavedra, Coghlan y Villa Pueyrredón, pasó de 200.116 habitantes en 2010 a 236.887 en 2022. El incremento del 18,4% la convirtió en la comuna porteña con mayor crecimiento poblacional, según los resultados definitivos del Censo 2022 publicados por el INDEC en 2023.
Antes de la camada nueva, el barrio ya tenía sus mesas fijas. La pizzería La Mezzetta forma colas en la vereda por su fugazzeta rellena, la parrilla Lo de Charly cuida a los trasnochadores porque abre las 24 horas y la Cervecería López, que abrió en 1943, sigue con picadas, milanesas gigantes y birra para compartir, como las de antes.
El bar Oriente, también sobre Álvarez Thomas, atiende sobre todo a gente del barrio, a quienes los mozos saludan por el nombre, y ofrece un menú del día de comida casera a precios módicos. El Bar Ocho Esquinas, Bar Notable que abrió en 1930, y la cantina Don Chicho, de pastas caseras, completan la lista de clásicos.
Baer Asador, en la ochava de Chorroarín y Girardot. Foto: Constanza Niscovolos.
Luli Buschiazzo, de Manteca LB, percibe un momento de auge. "Barrios como Palermo, Chacarita o Colegiales están bastante consolidados y tienen mucha oferta gastronómica. En cambio Ortúzar todavía tiene mucho por descubrir, es un barrio con mucha casa, mucha vida de familia y proyectos nuevos que empiezan a aparecer".
La pastelera describe un círculo que se alimenta solo. "Se empieza a generar un círculo muy lindo, porque abren lugares nuevos, la gente los recibe con entusiasmo y eso anima a que surjan propuestas nuevas. Quizás hace cinco años todavía no estaban dadas estas condiciones, pero hoy hay más emprendedores que se animan a construir, y además el barrio crece con edificios y proyectos nuevos".
A eso se suma el bolsillo. Villa Ortúzar no figura entre los barrios comerciales, así que los alquileres son más bajos y sobran locales, muchos de ellos ocupados antes por otros rubros. Baer lo midió cuando salió a buscar. "Había una diferencia de entre el 15% y el 20% entre un alquiler en Ortúzar y uno en un barrio más consolidado como Núñez o Chacarita".
El ahorro se convirtió en espacio. "Esa diferencia de precio también permitió tener algunos metros extra que hoy en día vienen bárbaro para el guardado y para trabajar cómodos. También el barrio tiene veredas anchas, lo cual suma para los días lindos y poder poner algunas mesas afuera", explica Nicolás.
El cocinero también reconoce lo que el barrio no da. "Palermo o Núñez tienen otras ventajas, como la cantidad de gente que anda por la calle. En Villa Ortúzar de noche no hay tanta gente que camine, pero por ahí hay mucho lugar para estacionar". Una ventaja que ningún conductor porteño subestima.
La vereda de Lula en Villa Ortúzar sobre la calle Estomba.
Para Sofi Jungberg, de La Kitchen, el vínculo empezó antes de abrir en 2023, porque vivió en Ortúzar "cuando era joven y soltera". El cariño hizo el resto. "Nos gustan los barrios medio bajos, donde entra mucha luz y hay mucho solcito. Cuando no es un lugar de paso y la gente lo transita más en modo paseo, están con otra vibra".
Hay además una razón de método. "Somos medio románticos, entonces nos manejamos de esa forma. Las selecciones a veces no son tan comerciales, sino más románticas. La Kitchen es una marca a la que en general nos van a buscar, entonces siempre estamos confiados en ponernos en lugares un poco más inhóspitos para la gastronomía, y nos funciona bien porque vienen a buscarnos por el producto".
El barrio también cambió desde entonces. "Cuando arrancamos era un barrio súper inseguro, nos robaron varias veces el primer año. Ahora tenemos alarma y puerta electrónica, pero igual se nota que el barrio cambió", cuenta Sofi.
La Kitchen fue el local pionero de la nueva camada.
Más movimiento llegaría con los emprendimientos que se terminan en la zona, entre ellos un complejo con varios locales en Elcano y Rosetti. "Hoy es un barrio de casas bajas con algunos emprendimientos terminados", describe Sofi, y esa perspectiva de crecimiento pesó en la decisión de abrir.
Sacha Hamra, de Lula, suma el problema de la fama. "Hay una idea bastante instalada de que es un barrio lejano o a trasmano, cuando en realidad está cerca de todo, tiene buenos accesos y es muy fácil llegar. Creemos que cuantas más propuestas haya y más se hable del barrio, más se va a romper con esa percepción".
Del otro lado de esa percepción hay un dato que Sacha recuerda de la llegada. "Cuando llegamos había muy poca oferta gastronómica y creemos que cuantos más restaurantes haya, más gente se va a acercar. Y nos encanta que cada vez abran más colegas en el barrio".
Los nuevos en Villa Ortúzar
La Kitchen
La Kitchen abrió en Villa Ortúzar en 2023. Foto: Victoria Gesualdi
La Kitchen es pastelería, café y confitería a la vez, y algo más que no entra en ninguna de las tres palabras. Abrió su primer local en pandemia, en una ferretería vieja de Saavedra, y el de Villa Ortúzar funciona en un galpón que era depósito de materiales. La lógica se repite en los dos, instalarse donde no pasa nada y esperar que la gente llegue por lo que hacen y no por el tránsito.
El público de Ortúzar es otro que el de Saavedra. "Hay muchas productoras, hay bastantes oficinas cerca, entonces vienen mucho a trabajar, a tener reuniones", explica Sofi. El galpón ayuda, porque permite mesas bien separadas. "Mucho espacio entre las mesas, entonces la gente está cómoda. Se sientan con la compu y se quedan porque nadie te va a echar".
La consecuencia se nota en el mostrador. "En Ortúzar la gente va y se queda", resume Sofi. Se vende menos pastelería que en Saavedra y más desayuno largo, con huevos revueltos, tostadas con palta, yogures y sanguchitos, y el ticket promedio resulta un poco más alto, porque allá hay mucho para llevar.
La regla de la casa cabe en una línea, lo que no se horneó hoy no se vende. "Nosotros jamás, nunca te vamos a servir algo del día anterior. Eso es moneda corriente en otros lugares", dice Sofi. Los pasteleros entran de madrugada y, si algo se retrasa, el mostrador espera.
Los laminados no pasan por máquina. Cada medialuna y cada croissant lo corta y lo forma una persona, con una masa que arranca con líquidos fríos y bastante hielo para no superar los 28 grados. "¿Cuánto lleva una medialuna? Tres, cuatro días en realidad", aclara Sofi.
La Kitchen en Villa Ortúzar.
La medialuna sale grande, bien dorada y con corazón de miga mantecosa, 100% manteca, y vale $ 3.900. El croissant se consigue por $ 5.800. El fosforito, uno de los emblemas de la casa, lleva jamón cocido natural. "Es jamón cocido natural. Lo que vos comés en tu casa, que es una masa de cerdo llena de gelatina, no es jamón", detalla Sofi. El clásico, con queso ahumado, vale $ 15.900.
Las cookies pesan por el chocolate. "La mitad de lo que pesa es chocolate belga o República del Cacao, un blend Ecuador-Perú", señala Sofi. La de pistacho y chocolate blanco ecuatoriano caramelizado vale $ 8.800, igual que el alfajor de sablée de cacao. Las graham crackers de la cheesecake y del key lime pie son propias. "No usamos galletitas María ni Lincoln. Las hacemos con manteca, harina, especias y miel".
De noche, La Kitchen tiene dos ciclos fijos, ambos con reserva. Una vez por mes proyectan una película y cocinan en sintonía con ella. En Mesa abierta convocan a un cocinero independiente, bajan las luces y ponen un DJ. "Intentamos que sea alguien que cocina rico, no un cocinero con mucho renombre", dice Sofi.
Roseti 1360. Instagram: @lakitchen.ba
Baer asador
Nicolás Baer eligió Villa ortúzar para abrir su primer proyecto. Foto: Constanza Niscovolos.
Nicolás Baer pasó por cocinas que pesan en el currículum, como Sucre, Lardo, Corte Comedor y Corte Charcutería, y hasta hizo escala en D.O.M., el restaurante de Alex Atala con dos estrellas Michelin. Baer es su primer proyecto en solitario, lo abrió a principios de 2026.
El corazón del lugar es la parrilla, pero no juega sola. Las guarniciones tienen peso propio y van mucho más lejos que el típico plato de carne con algo al lado. Se trabaja con carne de pastura, conservas y proveedores bien elegidos, y el resultado cierra incluso en algo cada vez más raro, la relación precio calidad.
El diseño delata su paso por la facultad de Arquitectura. La cocina abierta, la parrilla a la vista y la barra para sentarse e interactuar vienen de los restaurantes donde trabajó. Las paredes son blancas y no tienen cuadros por elección, porque Nicolás quiere que toda la atención esté puesta en la mesa.
La lengua es el plato insignia, audaz, provocadora y bastante inolvidable. "La recomiendo mucho porque es el plato que guió toda esta búsqueda inicial, de servir algo que te identifique y que sorprenda. La hervimos en un caldo para lograr una buena textura, la enfriamos, la porcionamos en bifes y la adobamos con achiote que trajeron los chicos de Chaco", relata Nicolás.
El final del recorrido es más conocido. "Después va a la parrilla, la sellamos y la servimos con una demi-glace que lleva un montón de tiempo, una salsa de palta y una ensaladita de hierbas. Es una bomba de sabor y la gente no suele esperar eso de un corte que, en principio, es económico".
Baer asador combina carnes de calidad a la parrilla con guarniciones de estación. Foto: Constanza Niscovolos.
Los chorizos vienen de Corte y se consiguen por $ 7.000, aunque Nicolás confiesa que le queda pendiente elaborarlos en casa, "con la guía de César Sagario, obvio". También sirven chinchulines con pickles y mollejas con hinojo y rúcula. Los cortes se sirven para compartir, como el asado banderita de 400 gramos, que vale $ 40.000, el ojo de bife de 350 gramos, que vale $ 35.000, y el bife de chorizo de igual peso, que vale $ 33.000.
El fierrito, que vale $ 24.000, merece atención especial. Es un pincho grande de carne intercostal, la que se busca al pelar los huesitos del asado banderita, acompañado por una salsa de yogur con cebolla, cilantro y tomate. Hay también empanadas fritas de vacío, croquetas de morcilla, tortilla, ensalada y papas fritas gruesas, acomodadas estilo Jenga como se usa ahora.
La que no hay que dejar escapar es la de repollo, con emulsión de manteca, queso sbrinz y limón asado, sorprendente y reconfortante por igual. El barrio acompañó el proyecto desde el inicio y Baer creció tranquilo, de boca en boca. "Mucha gente hoy en día nos dice que son vecinos y recién se enteran de que estamos abiertos, y eso en gran parte nos ayudó a poder crecer de a poco, sin una exposición desmedida y mantener la calidad a la que apuntamos".
Av. Chorroarín y Girardot, Villa Ortúzar. Instagram: @baer.asador
Lula
El plato estrella de Lula en Villa Ortúzar. Un calamar entero a la parrilla.
Lula nació en asados familiares, sobremesas eternas y una idea que se resistía a concretarse. Durante seis años, Sacha Hamra y su sobrino, el chef Teo Valentini, imaginaron un proyecto propio. El hallazgo apareció en Villa Ortúzar, en una casa donde antes funcionó RS Esquina.
Las remodelaciones, hechas "a pulmón", empezaron en junio de 2025 y tres meses después abrieron las puertas. La casa conserva la fachada original, con pintura descascarada y grafitis incluidos. Adentro cambia todo, con paredes blancas, luces tenues, manteles, velas y una cocina abierta que se conecta con los comensales a través de una barra baja.
Entran 28 cubiertos en el salón y otros 12 en la vereda techada. Detrás de los fuegos está Teo Valentini, que fue jefe de cocina en Anafe y participó de las aperturas de RS Cantina y RS Esquina.
Sacha tenía claro el restaurante antes de tener el local. "Queríamos estar en un barrio residencial, fuera de los polos gastronómicos, y hacer un restaurante de un tamaño determinado, con una identidad propia, manteles, luces bajas y un servicio relajado. Era una decisión bastante consciente. Lula probablemente no tendría mucho sentido en Palermo Soho".
El desafío mayor es la falta de movimiento espontáneo. "En Ortúzar prácticamente no existe el público que pasa por la vereda y entra de casualidad", dice Sacha. "Acá tenés que venir con la intención de venir, y eso a veces juega en contra, pero también tiene algo que nos gusta". La gente llega con la propuesta ya elegida.
Por eso la comunicación pasa casi por completo por las redes. "Hacemos un trabajo diario en redes, que es un poco el único canal de comunicación que tenemos, más allá de alguna nota que pueda salir en algún medio. Tratamos de mostrar nuestra propuesta, los eventos que organizamos con otros colegas, los fuera de carta, los Domingos de Pastas y todo lo que pasa en el restaurante", detalla Sacha.
Al crear Lula, sus dueños buscaron un barrio residencial.
"Después hay mucho trabajo de boca en boca. Arrancamos con un público bastante barrial y, por suerte, mucha gente vuelve, nos recomienda y eso hace que cada vez nos conozcan más".
La carta tiene impronta marítima. Hay panera de pan de sémola propio con untable, morrones asados con boquerones y ajos confitados, y crudos del día que cambian según la pesca, como el sashimi y el tiradito, que se consiguen por $ 17.500 cada uno. La pesca entera a la parrilla, terminada con alcaparras, ajo y perejil, vale $ 33.000, y el calamar entero con papas, que ya es un clásico del lugar, se consigue por $ 39.000.
Las pastas caseras ganan protagonismo los fines de semana, cuando muchos vecinos almuerzan al sol en las mesas de la vereda. Los agnolotti de ricota y dátiles con manteca, avellanas y reggianito valen $ 25.000, igual que los cavatelli con guanciale, un clásico muy bien ejecutado. Los spaghetti sumaron albóndigas hace poco.
Manteca LB
Las medialunas de Manteca LB Foto: Victoria Gesualdi.
En Villa Ortúzar funciona el centro de producción de Manteca LB, que abre al público solo los sábados y domingos porque entre semana toda la energía va a fabricar. Hay otro local en Las Cañitas, que abre todos los días. El emprendimiento de Luli Buschiazzo arrancó en la mesa de un comedor y hoy produce casi 9.000 unidades por semana, con una fila que ya es parte del paisaje. Abrieron este local en mayo de 2025.
Detrás de la ventana hay una familia entera. Luli se formó en gastronomía, pasó por cocinas de renombre y armó algo propio con su pareja, sus padres, su hermana y hasta sus abuelos, gastronómicos de toda la vida.
La medialuna de manteca es la vedette, pesada a conciencia, 75 gramos cada una, casi un kilo por docena. Alrededor armó un menú que celebra a los clásicos porteños, con vigilantes con pastelera, lengüitas, tortitas negras, medialunas de grasa wagyu y churrinches de grasa con azúcar, una especie de vigilante enrollado.
Luli Buschiazzo armó un local con centro de producción que abrió sus puertas en mayo de 2025. Foto: Victoria Gesualdi.
También hay lugar para lo salado, con chipá, criollitas y bizcochitos, y para la pastelería de fin de semana, con alfajores de nuez, coco y maicena y porciones de pastafrola de membrillo de unos 400 gramos. La docena de medialunas o de cualquier factura vale $ 22.000, la media docena sale $ 12.000 y la unidad suelta se consigue por $ 2.000.
Cuando alquiló el local, Luli no veía un alma en la calle. "Tenía una muy buena sensación de que iba a funcionar ahí porque literalmente no había nada a la redonda", recuerda. "Alquilé el local y me di cuenta de que iba a funcionar, porque hay mucha comunidad, y eso me encantó".
"Lo que tiene Villa Ortúzar que no me daba otro es barrio. Hay mucha calidez, mucha familia, mucha cercanía con el cliente". Esa cercanía se ve en la vidriera. "Este es un negocio muy de barrio. Los vecinos pasan con sus hijos, los perros se quedan mirando el vidrio, es un vínculo hermoso. Incluso los vecinos nos vigilan de noche y nos cuidan".
Heredia 1407. Sábados y domingos de 8 a 19 hs. Instagram:@manteca_arg
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