Habrán visto la noticia más morbosa de la semana, la de un joven inglés con un historial de trastornos mentales que un tigre mató en un zoológico. Un video del horror fue posteado alegremente por los imbéciles que pululan en las redes, entre ellos Donald Trump.
Solo que él tuvo que ir más lejos. Luego envió otro video, generado por la IA, en la que sustituye imágenes de su persona por las del difunto, en combate con el mismo tigre. El ficticio Trump, rey de la jungla y de la lucha libre, doma al animal y se abraza con él.
Trump ha declarado infinidad de veces que es el mejor presidente de la historia de Estados Unidos, chiste que él, en su infinita inconsciencia, se cree. Menos motivo de risa es que en el mundo de hoy no existe ningún líder en ningún lugar de la Tierra que sea más grosero, más infantil, más payaso, más amoral, más ignorante, más corrupto, más cruel, más narcisista y más olímpicamente irresponsable que Trump.
Bueno, quizá en una o dos de estas categorías tenga rival. Pero en todas a la vez, no. El pack completo lo posee él en solitario. Bastaría con fijarnos en tres cosas que ha hecho en los últimos diez días para otorgarle no el Nobel de la paz que tan ridículamente anhela, sino el premio al campeón mundial de la idiotez.
Tenemos lo del tigre. Tenemos que por quinta vez en un mes Trump prometió que todos los estadounidenses mayores de edad recibirían 5.000 dólares si los republicanos lograban el control de ambas cámaras del Congreso en elecciones el mes que viene. Y, con diferencia lo más repugnante, tenemos su decisión por fin de quitarse lo que quedaba de su máscara y colocarse sin ambigüedades del lado de Vladímir Putin en su guerra imperial contra Ucrania.
Más ansioso en vísperas de elecciones al Congreso por bajar los precios en EEUU que evitar más baños de sangre en Ucrania, Trump acordó con Putin importar diésel de Rusia. Lo que sirve dos propósitos: regalar más dinero a Putin para bombardear hospitales, colegios, estaciones de tren o infraestructura energética en Kyiv; y proveer a EEUU de 300.000 toneladas de dicho combustible, suficiente para cubrir las necesidades estadounidenses durante… 14 horas, nada más.
Resultado: no bajarán los precios del diésel en EEUU y Putin podrá matar a más inocentes. No obstante, Trump declaró después del acuerdo: “Quiero dar las gracias al Presidente Putin”.
La respuesta de Volodímir Zelenski: que “más gente morirá”, que se sentía “traicionado”. La respuesta de Trump: “Creo que es hora de que Ucrania cambie de presidente”—cosa que jamás ha dicho sobre Putin. De hecho, tiene una foto de Putin colgada en la Casa Blanca.
Con más insistencia que nunca se oye la pregunta en EEUU, “¿Es Trump un agente ruso”? Si fuera verdad, sería el caso de traición más inverosímil y vergonzoso desde que los rusos firmaron en 1939 un pacto de no agresión con los nazis para que ambos pudiesen repartirse Polonia. (Poca duda, ya que estamos, de que Trump se habría aliado con Hitler en la Segunda Guerra Mundial.)
El campeón de ajedrez ruso Garry Kasparov, exiliado en Nueva York, responde a la gran pregunta con otra. “Si Trump fuese un agente de la inteligencia rusa, ¿qué estaría haciendo diferente? Nada.” De momento lo que sabemos es que, como mínimo, Trump se ha convertido en portavoz del Kremlin. Zelenski, dice, es “un dictador” y Putin “un amigo”. Cuando Zelenski ordenó esta semana más ataques contra refinerías rusas, el comentario de Trump fue: “Es una vergüenza”. Ni mu, en cambio, sobre los 20 niños ucranianos que murieron bajo los misiles rusos en la semana anterior al acuerdo comercial con Putin.
Tal es la fascinación que Putin ejerce sobre Trump que se queda ciego ante la verdad más elemental de la guerra en Ucrania: que termina el día que Rusia deje de luchar; que el día que Ucrania deje de luchar, Ucrania deja de existir. No existe conflicto menos moralmente complicado en el mundo. Pero Trump insiste en que el principal obstáculo a la paz, casi cinco años después de la invasión a gran escala rusa, es la tozudez de Zelenski.
Hay una traición incluso más flagrante, la de Trump contra su propio país. Persiste en su relación de amor con el líder más anti democrático del mundo pese a que sus servicios de inteligencia (digo, los de EEEU) le dicen que Rusia ha estado dando asistencia tecnológica a Irán para que pueda lanzar ataques contra bases militares estadounidenses en el Golfo. O sea, estadounidenses y sus aliados mueren gracias a Putin, sin consecuencia alguna para él. Más bien todo lo contrario. Ah, y el motor real de la creciente inflación en EEUU nada tiene que ver con Ucrania y todo con la guerra que Trump inicio en Irán.
Ahora, debemos reconocer que en un sentido Trump acierta. Hay una lógica en su decisión de comprarle diésel a Rusia. Todas las encuestas dicen que en las elecciones “midterms” de noviembre el factor más negativo para su partido republicano será la subida del coste de la vida. Las muertes que EEUU provoca en Ucrania, o la manifiesta verdad de que Trump pertenece no en la Casa Blanca sino en un manicomio, son políticamente irrelevantes. Lo que Trump sí sabe es cómo manipular a sus fieles. Calcula que su acuerdo energético con Putin, por más cruel e inútil que sea, les convencerá.
Marco Rubio, el lamebotas de Trump que ejerce de su secretario de estado, pronunció la semana pasada desde la Acrópolis de Atenas un vehemente discurso a favor de “la civilización occidental”. Entendida, claro, como aquella que defienden hoy EEUU y, en la vieja Europa, los neonazis alemanes. En tal caso, ante semejante disparate, nunca más indicada la frase atribuida a Gandhi. Cuando le preguntaron su opinión sobre, precisamente, la civilización occidental, cuentan que el mahatma respondió: “Creo que sería una buena idea.”
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