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Del odio visceral al pragmatismo: cómo Alejandro Lanusse aceptó el regreso de Perón

Del odio visceral al pragmatismo: cómo Alejandro Lanusse aceptó el regreso de Perón

En este retrato de una época tensa en la Argentina, Yofre define a Lanusse como un militar que entendió que el retorno de Perón como única salida institucional para 1973. Al menos,

A través de su último libro, Los Generales (Editorial Sudamericana, 15 capítulos, 705 páginas), un voluminoso repaso de los archivos secretos de la corporación militar entre 1955 y 1973, “de la Libertadora a Cámpora”, como describe el propio autor, Juan Bautista Yofre ha vuelto a husmear con intensidad el pasado político de la Argentina en la segunda mitad del siglo XX. Es un tema que conoce al dedillo por cuestiones personales, de cuna y linaje, podría decirse, atributos que supo enriquecer con un desarrollo profesional que surge de su propia biografía: rumbo a los 80 años puede decir, como el poeta Pablo Neruda, aquello de “confieso que he vivido”. Y no sólo eso: lo ha contado a través de una prolífica obra que lleva ya casi una veintena de títulos, en su mayoría exitosos, siempre sostenidos con documentación pública y privada, de primera mano, a la que supo acceder, según algunas críticas, en su paso por la función pública. Eso no fue obstáculo para que, con conciencia de historiador, los haya puesto a disposición de la sociedad mediante su producción literaria, histórica y política. Cualquiera de esos rubros puede usarse para definir su aporte en el campo de las investigaciones de época.

"Los generales. De la Libertadora a Cámpora, los archivos secretos de la corporación militar", de Juan B. Yofre (Sudamericana, 2026)

Más allá de sus sucesivos desempeños periodísticos, políticos y diplomáticos, Los Generales confirma que Yofre no es sólo un investigador. Es más que eso: ha sido y, según se desprende de cada nuevo trabajo suyo, sigue siendo actor y hasta protagonista de los episodios que ha desmenuzado con la convicción de quien ha ido transformando información reservada en fuente de recreación de la historia argentina en un período clave de su desarrollo.

Desde que dejara sus quehaceres profesionales y se dedicara a la escritura, con dotes de buen narrador, Yofre transmite ese carácter de partícipe activo de esa historia que comparte con sus lectores. Por citar sólo un caso, ya en Volver a matar/Los archivos ocultos de la Cámara del Terror 1971-1973, publicado en 2009 en referencia a la Cámara Federal Penal de la Nación, creada en 1971 por el dictador Alejandro Agustín Lanusse, conocida como “el Camarón”, muy criticada por voceros de derechos humanos y el arco político progresista, transparentaba su relación amistosa con Alejandro Ferreyra Beltrán, un hombre de la más lustrosa alcurnia cordobesa, que terminaría siendo un cuadro calificado del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), combatiente de confianza de Santucho en audaces operativos militares bajo el nombre de guerra de “Lucas”, lo que se dice las antípodas ideológicas de Yofre.

Alejandro Agustín Lanusse llegó al sillón de Rivadavia como presidente de facto el 26 de marzo de 1971.

“El Tata”, como lo conocen en los ambientes que ha frecuentado, se siente más cómodo en vínculos como el que estableció con Lanusse, último presidente de la Revolución Argentina (1966-1973), cuyos archivos y sobre todo la relación personal entre ambos han servido de principal base informativa a su última obra. Buena de Yofre: no oculta que los documentos clave, tesoros documentales vedados al conocimiento de la sociedad hasta que llegaron a sus manos, han sido su fuente esencial de información, además de señal ideológica y política identitaria del trabajo en cuestión.

Es casi una metáfora perfecta que Los Generales comienza con gestos y decisiones crepusculares del primer Perón, y los entretelones de su derrocamiento, en 1955, en medio de dubitaciones propias y del generalato, del cual formó parte el grupo que decidió que el tiempo del jefe peronista había llegado a su fin, y concluye con un cierto aire a elegía del presidente-dictador, en particular a su honestidad como rasgo distintivo de su persona, quien hizo posible el regreso al país del “ultimo Perón”, como si las piezas se recompusieran y la historia cobrara sentido.

Lanusse con el presidente chileno Salvador Allende.

En el último capítulo, no casualmente titulado “Lanusse sin uniforme”, Yofre explica al lector lo que en verdad ya había anunciado en las páginas iniciales del estudio: hablando de “los viejos soldados”, de eso va el libro, dice el autor “unos pocos nunca mueren: Juan Domingo Perón, por ejemplo. Otros siguieron llamando la atención por sus opiniones, como Alejandro Lanusse, y cada cierto tiempo fueron consultados. Otros no generan nada y muchas veces no pueden ni presentarse en público. No es necesario dar nombres.” Quien haya prestado atención al tránsito de la historia argentina en los últimos cincuenta años sabrán descifrar de quiénes se trata. No es necesario dar nombres.

Yofre conjetura que la larga epopeya de Lanusse, un viaje entre los cuarteles y las vicisitudes de la política, un resumen de vida reflejado en la investigación de este libro, de una manera u otra siempre estuvo atravesada por Perón y el peronismo. Más allá, incluso, de las personas de ambos generales, esa fuerza política, como un vector de acción y reacción, atravesaría toda su vida pública, al punto de que el rencor manifiesto hacia Lanusse del generalato que llegaría al poder con el golpe de 1976, tuvo su germen en el sector “Colorado” del Ejército, enfrentado a los “Azules”, donde militaba Lanusse, ocurrido en las trifulcas callejeras, con tanques vomitando fuego en plena Ciudad, allá entre 1962 y 1963. De esa beligerancia de los cuarteles emergería triunfante el lanussismo para imponer las reglas del juego sobre cómo actuar con el peronismo. Y acaso también comenzara a incubarse en silencio como expresión política.

Lanusse con el cardenal Antonio Caggiano en 1971.

La admiración de Yofre por “el Cano”, como le decían los íntimos a Lanusse y él nunca llegaría a llamar así, no es ocultada por el autor. Todo lo contrario: sin fórmulas diagonales ni disimulos del lenguaje, antes bien eligió poner de relieve sus cualidades humanas, propias de un soldado que parecía tallado en madera dura y se mostraba en público como si quisiese ocultarse detrás de una máscara de hierro. Sin embargo, el buen anecdotario de Yofre, utilizado en el momento oportuno, permite ensayar una mirada diferente a ese hombre alto, de imponente figura, antiperonista visceral, puesto preso por Perón, que pudo fusilarlo y no lo hizo, luego de un fallido fragote en su contra, el 28 de septiembre de 1951, del que había participado el jefe del clan familiar, Felipe Ricardo Yofre, hombre de consulta siempre en la política de aquellos tiempos, cuando El Tata era apenas un crío.

Esa fracasada insurrección llevaría a Lanusse a ser depositado con sus huesos en una prisión de las estepas patagónicas, hasta que el golpe triunfante de la Libertadora lo rescató de esos calabozos peronistas. Yofre parece vislumbrar en Lanusse al hombre que, en definitiva, supo aceptar su destino y el del país, al comprender antes que nadie que la única salida institucional factible y razonable en la Argentina de aquel entonces era el regreso de Perón. Aun viejo y enfermo, ávido de reivindicaciones, en reclamo de la restitución de honores usurpados. Y un dato esencial que brinda contexto: ambos generales, encolerizados por el tiempo y la historia, tenían un enemigo en común: la izquierda armada que mortificaba a la Argentina y al continente detrás del errático fantasma del guevarismo.

Lanusse recibe en la Casa Rosada al banquero David Rockefeller, el 7 de noviembre de 1972. (Presidencia)

Los Generales atraviesa el largo período histórico en el cual, con Perón exiliado, las jerarquías castrenses disputaban protagonismo en la escena pública fuera de los cuarteles, incapaces de leer correctamente el fenómeno peronista. Para esa ardua tarea, Yofre se basa en un rastreo exhaustivo a través de legajos personales, historias, ideas, cartas, actas reservadas y demás documentación que contribuye a discernir mejor por qué pasó lo que pasó. Y también lo que no pasó. En el prólogo de la obra, Yofre afirma que los golpistas de 1976 “no lo mataron (a Lanusse) porque no se atrevieron, pero lo pensaron, de eso no me cabe duda.” En este caso, ningún paper o fuente calificada respalda la afirmación. Sin embargo, no suena como una mención extravagate.

Juan Bautista Yofre. Foto: Enrique García Medina.

El final es de antología y forma parte de esa mirada poco explorada sobre el general más lúcido del antiperonismo. Recuerda Yofre que Lanusse, antes de entregar el poder a Héctor J. Cámpora, se despidió de la sociedad con un mensaje “en nombre de un gobierno que no eligieron, pero que les ofreció la posibilidad de elegir”. Y que, como parte de ese fin de ciclo, le pediría a un general muy cercano, quien a su vez daría testimonio ante el autor, del fino sentido del humor del “otro general” de la última mitad del siglo XX merecedor del recuerdo histórico: “Quiero que me haga dos medallas. Una, por ser el mayor pelotudo de la historia argentina. Y la otra, por si la pierdo.”

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