Desde que los primeros migrantes cruzaron el congelado estrecho de Bering, América cuenta unos dieciséis mil años de historia “humana”; solo 500 de ellos tienen que ver con la cultura europea. Se calcula que hacia los tiempos del “contacto” entre el Viejo y el Nuevo Mundo vivían aquí unas 50 a 60 millones de personas.
Es imposible precisar cuántas culturas había, pero basta señalar que se registran entre 1.200 a 1.500 lenguas distintas que se agrupan en unas 120 familias lingüísticas independientes. Esta gran fragmentación idiomática convertía a América en una de las regiones con mayor diversidad cultural del planeta, aspecto que se extendía también a una enorme variedad de sistemas sociales y políticos y de creencias.
Coexistían grandes imperios centralizados y densamente poblados, como el mexica-azteca en Mesoamérica –generado por una triple alianza étnica– y el extenso Tawantinsuyu inca en la región andina; confederaciones democráticas de varios pueblos como los iroqueses de la zona de los Grandes Lagos de Norteamérica y los que fueron conocidos como sioux; ciudades-estado autónomas como las de los antiguos mayas; cacicazgos; pueblos tributarios –nuestros calchaquíes, quilmes y omaguacas– y numerosas tribus nómadas o seminómadas como los famosos diné llamados “apaches”, del sudoeste de Estados Unidos y sus temidos vecinos, los comanches, maestros de la equitación, que vivían básicamente de la caza del bisonte. En el otro extremo había culturas marítimas como la selk’nam y sociedades que vivían en canoas como los yaganes y alacalufes.
Cuando en la madrugada de aquel 12 de octubre de 1492 Rodrigo de Triana avistó una isla en las Bahamas tras setenta días de viaje, los navegantes creían haber llegado a la India asiática y por eso denominaron “indios” a sus individuos que, en rigor, eran parte del pueblo taíno o lucayo y llamaban a la isla Guanahani; Colón la rebautizó San Salvador. La tierra que muy pronto será nombrada “América” por Vespucio –y no “Colombia”–, nace así con un doble fallido, la de los “indios de América” quienes, algunas décadas después, en 1537, por bula del papa Paulo III serán declarados “seres humanos verdaderos y dotados de alma”.
Sobrevienen luego trescientos años en que América es colonia, sostenida sobre la sangre, explotación y desalojo físico de los nativos y el traslado forzoso de personas de África, convertidas en esclavos, mera mercancía y mano de obra para obrajes, minería y plantaciones.
Por efecto de guerras, epidemias, explotación laboral y ruptura de los lazos sociales, en menos de un siglo la población autóctona disminuyó dramáticamente, hasta casi un 10 % de la original. Asimismo, de los más de doce millones de africanos obligados a embarcarse hacinados, alrededor de un 10 a 15 % falleció en alta mar.
La conquista de América por los europeos se realizó, así, provocando una verdadera catástrofe demográfica indígena y africana. Resulta casi absurdo que se persista en hablar de “conquista y poblamiento”, cuando en realidad hubo un violento despoblamiento.
En una resolución histórica del 25 de marzo de 2026 el impacto de la trata, tráfico y esclavitud racializada fue declarado por las Naciones Unidas como el crimen de lesa humanidad más grave y cuyos delitos derivados son imprescriptibles, esto es, que no expiran con el tiempo.
La iniciativa fue presentada por un grupo de 60 países y la votación de la Asamblea General arrojó 123 votos a favor, 52 abstenciones y solo 3 votos en contra: junto a Israel y Estados Unidos se alineó el gobierno argentino, y recalco lo de “el gobierno” porque a nadie se consultó al respecto. Coherente con esta decisión retrógrada y completamente inaceptable, el presidente Milei oficializó por decreto el regreso de la denominación “Día de la Raza” –¿de qué raza hablará?– para el feriado del 12 de octubre, revirtiendo el nombre de “Día del Respeto a la Diversidad Cultural” que regía desde 2010.
Mientras Colón alistaba su viaje, en agosto de 1492, Antonio de Nebrija escribió su Gramática sobre la lengua castellana que presentó a la reina Isabel la Católica, principal animadora del viaje del genovés. En el prólogo acuñó una frase célebre: “siempre la lengua fue compañera del imperio”. En efecto, el poder político y el idioma evolucionan y crecen unidos como, a la vez, dan muestras de posibles involuciones de la sapiencia y la cultura.
Si traemos hoy a la memoria el enorme sufrimiento que generó la conquista, las consiguientes y postergadas reivindicaciones de los pueblos originarios y sus tradiciones que son parte de nuestro folclore, es para hacer presente aquello de que “no se ama lo que no se conoce”, dado que las versiones eurocéntricas de la historia aún hoy hacen desaparecer a civilizaciones enteras, incluso aquellas vigentes hasta las respectivas conquistas “del Oeste”, la Araucanía y el “Desierto”.
Recoger y difundir esas tradiciones nos permite ser optimistas sobre el futuro del continente. Dada la gravedad del cambio climático y la aguda crisis e incertidumbre que se multiplica en el hemisferio norte dominante, y a pesar de los pesares de nuestros gobiernos latinos y anglosajones que supimos conseguir, América, única tierra que va de polo a polo y está rodeada de inmensos océanos, en el mediano y largo plazo tiene el desafío de convertirse nuevamente en “tierra de promisión”. Justamente por eso es que debe recobrar con orgullo su carácter multiétnico y mestizo por definición, como sus dolores, sus luchas y su riquísima historia milenaria
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