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"La angustia no engaña, sabés qué te está pasando", explica la licenciada Z: cuándo pedir ayuda

"La angustia no engaña, sabés qué te está pasando", explica la licenciada Z: cuándo pedir ayuda

La psicoanalista Bianca Zibetti analiza la relación entre el imperativo del bienestar, la angustia y las lógicas de las redes sociales.

La necesidad de prestarle atención a cuestiones relacionadas con la salud mental cobró relevancia en la pandemia, y desde allí las noticias no son alentadoras.

Las cifras hablan por sí mismas: crecen los niveles de estrés, ansiedad y depresión (una reciente encuesta de la consultora Voices señala que más de la mitad de los argentinos están estresados), y recientemente el Ministerio de Salud de la Nación difundió un dato preocupante: la principal causa de muerte en adultos jóvenes (de entre 25 y 34 años) dejó de ser los accidentes de tránsito y pasó a ser el suicidio, y en adolescentes de entre 15 y 24, está en el podio desde 2022.

Muchas voces vienen alertando respecto a un fenómeno que parece ser complejo y multifactorial: se habla de problemas económicos, de falta de perspectiva, de los efectos tardíos de la pandemia, y de las vicisitudes de ser adolescente en un contexto de validación expuesta y en tiempo real de la mano de las redes sociales, pero también de los efectos de la inteligencia artificial, que inaugura una forma de estructurar el pensamiento y de acceso al conocimiento, entre otras varias cuestiones.

Sin embargo, las redes también funcionan para difundir la perspectiva de profesionales que de otra manera probablemente no conoceríamos. Es el caso de Bianca Zibetti, que desde su cuenta en Instagram @lic.zeta difunde con un lenguaje claro y una pedagogía eficaz conceptos complejos del campo del psicoanálisis.

En diálogo con Clarín, analiza el impacto que estos preocupantes datos tienen en su consultorio, su mirada respecto a los principales padecimientos actuales y explica conceptos lacanianos como pasaje al acto, acting out y angustia, que considera claves para entender la época.

—¿El psicoanálisis es para cualquiera?

—No creo que haya una sola terapia para todo el mundo, y eso tiene que ver con las características de cada persona, y sobre todo, cuál sea su búsqueda. Por ejemplo, el psicoanálisis llegó a mí por cómo soy yo, que a lo largo de 10 años en terapia, siempre tuve la idea de pensarme distinto.

Si tu búsqueda se basa en intentar reconocer situaciones en las que te ponés, que te generan malestar, o en dejar de repetir ciertas cuestiones que sabés que no son buenas para vos, o que te generan conflictos con otras personas; en definitiva, si tu búsqueda está dentro de lo que es el campo de la subjetividad y del lazo con otros, creo que el psicoanálisis es adecuado.

Creo, igualmente, que probar también hace a la experiencia, y que no todos los psicólogos o psicólogas son iguales, entonces puede pasar que con un terapeuta cognitivo-conductual te vaya mal y con otro bien, y por ahí con un psicoanalista te va mal y después te va bien.

—Hay quienes (imagino que la mayoría) no son conscientes de que están repitiendo comportamientos nocivos, sino que buscan dejar de sentir malestar. ¿Qué se piensa desde el psicoanálisis de aquellas terapias que apuntan a eliminar el síntoma sin llegar a preguntas más grandes?

—Tal vez hay otro tipo de terapias que apuntan a lo que te trae a la consulta, a tratar de resolverlo con ciertas técnicas y procedimientos, y suelen ser terapias más cortas de lo que se propone el psicoanálisis, que justamente trabaja con el tiempo del inconsciente, que en realidad es atemporal. Entonces, analizar las formaciones del inconsciente, los lapsus, los fallidos, los sueños, toma su tiempo, y nadie te asegura que en seis meses puedas cambiar la posición subjetiva que te causa sufrimiento.

Claramente, las personas que consultan nunca lo hacen porque están en el mejor momento de su vida y quieren tener un espacio para compartirlo, sino que generalmente atravesaron alguna situación muy complicada, o vienen por algún duelo, o sienten angustia... Y algo propio de la angustia es que necesita tiempo para poder ponerse en palabras, y después de eso también se necesita tiempo para trabajarla.

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Se apunta a cosas distintas. Tenemos que tener en cuenta que hoy estamos en el tiempo de la inmediatez, y hay gente que ni siquiera va a un consultorio, sino que directamente hablan con la inteligencia artificial, que va precisamente en el sentido contrario de lo que es el psicoanálisis: porque te da una respuesta, te da certeza, te da seguridad. Muchas veces se utiliza la inteligencia artificial porque la incertidumbre genera angustia, el no saber genera angustia.

Y el psicoanálisis probablemente te deje con una pregunta abierta, que se sigue trabajando. Uno a veces después de sesión se queda pensando de más, y tal vez en ese “pensando de más” aparecen otras cosas. Que las preguntas tomen tiempo no significa que no se vayan a responder nunca, sino que se va trabajando con el tiempo propio de la persona que viene a consulta.

—La mitad de los argentinos está estresada, crecen la ansiedad y la depresión, la tasa de suicidios es la primera causa de muerte en adultos jóvenes, ¿qué impacto tienen estos datos en el consultorio, lo percibís en tu práctica clínica?

—Sí, totalmente. Hay mucha angustia, esto de no poder poner en palabras lo que a uno le pasa, mucho desborde por diversas situaciones. A veces tiene que ver con algún vínculo, pero generalmente está asociado a lo económico, sentir que hay que buscar más y más trabajos para poder salir adelante.

La depresión, la ansiedad, estos padecimientos actuales están muy relacionados con que hay una pretensión de estar todo el tiempo bien y entonces surge el interrogante de qué lugar le podemos dar a sentirnos mal si todo el tiempo se nos exige producir.

—En tu cuenta de Instagram hablás mucho de la angustia, ¿qué cuestiones específicas de la época te hacen abordarla?

—Creo que se habla mucho de lo que es el psicoanálisis clásico, de lo que planteaba Freud: neurosis obsesiva, histeria o fobia, psicosis. Y creo que no es lo que estamos encontrando ahora en este momento, que la clínica básicamente nos lleva a poder pensar de otra manera las cosas que pasan y eso remite a pensar la clínica de otra manera.

Entonces, los pacientes que aparecen ahora no son los pacientes que aparecían antes y creo que la práctica te lleva a otros textos importantes, entre ellos el Seminario 10, que tiene recursos clínicos para pensar en relación con el pasaje al acto o el acting out, que son fenómenos justamente donde la angustia desborda al sujeto y termina optando por hacer actos.

—¿Cómo definirías la angustia?

—Según la perspectiva de Lacan, la angustia no engaña, sabés qué te está pasando, como cuando a uno se le cierra la garganta, siente un hueco en la boca del estómago o siente que realmente está a punto de ponerse a llorar. Uno sabe que se está angustiando y no hay manera de pensar que, por ejemplo, tiene que ver con otro afecto.

—Como algo más físico...

—Sí, como algo más físico, sí, y como algo que no tiene palabras. A veces uno recibe una mala noticia y tal vez en el momento que quiere transmitírselo a alguien no encuentra las palabras para decirlo. El tema de la época y de la inmediatez y esto de todo el tiempo tener que estar bien, creo que hace que ahora aparezcan cuestiones en relación a esta angustia, que no está encontrando vía de escape, o poder decirse en palabras, o poder por lo menos transitarla.

También está el tema de la medicación. Lo cierto es que uno puede estar medicado, pero también necesita un espacio donde pueda hablar de lo que le pasa, porque la medicación sí tiene cuestiones de alteraciones químicas, pero a uno le sigue pasando eso. Si uno no lo pone en palabras no lo puede trabajar, y si no lo puede trabajar, lo más probable es que esa angustia siga estando.

—Habitar el malestar tampoco es tarea sencilla y de hecho las cifras preocupan. ¿Cómo gestionarlo? ¿Cómo saber hasta qué punto es algo normal que sucede y que hasta incluso es bueno hacerle lugar, y en qué momento habría que buscar ayuda?

—Creo que el punto es cuando el malestar, del tipo que sea, empieza a afectar ciertas cuestiones importantes, como, por ejemplo, alimentarse bien, dormir bien o tener contactos con los seres queridos. En esos casos sí me parece que lo mejor es poder pensar en una terapia.

Y también es importante que uno estando ajeno a la situación pueda intervenir, por ejemplo, si a una persona que queremos o que simplemente conocemos no la vemos hace mucho, o no responde los mensajes, acercarnos y preguntarle “¿Estás bien? ¿Querés que hablemos de algo?” E incluso sugerirle el espacio de una terapia.

Poder pensar que tal vez alguien ni siquiera tiene la fuerza o la capacidad de pedir ayuda, y ofrecerla, creo que es un punto distintivo. No esperar que pase lo peor, poder estar ahí, aunque esa persona después haga lo que haga.

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