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Palacio Barolo: el misterio que siempre tienta

Palacio Barolo: el misterio que siempre tienta

Se cuenta que el edificio, emblema de la Avenidad de Mayo 1370, se inspira en "La Divina Comedia" y también tradiciones esotéricas. Las claves del mito y la historia.

Uno camina por la Avenida de Mayo más o menos apresurado hasta que la vista tropieza con la mole del Palacio Barolo. Entonces la Ciudad desaparece y arranca un viaje de leyenda.

Es 1919. Mientras Europa se desangra entre las ruinas de la Primera Guerra Mundial, el empresario textil Luis Barolo y el arquitecto Mario Palanti comparten en Buenos Aires un negocio y, se cuenta, una preocupación tremenda: están convencidos de que ese continente va directo a la destrucción total y hay que salvar lo más sagrado de la cultura occidental.

¿Cómo? Construyendo un santuario en el fin del mundo para resguardar las cenizas del gran poeta de su país natal, Dante Alighieri.

Monumental. El Barolo, en Avenida de Mayo 1370. Foto: Guillermo Rodríguez Adami

Palanti, el creador, es tan desmesurado como sus planos. Nació en Milán en 1885 y desembarcó en Buenos Aires diez años atrás, con formación de pintor (en la Academia de Brera) y de arquitecto (Politécnico milanés). Trajo eso y una tremenda fascinación por el misticismo, el eclecticismo, la monumentalidad y los detalles.

En visitas guiadas por el Barolo, se marcan coincidencias entre la Divina Comedia y el edificio: 100 metros de altura, 100 cantos de la obra. 22 pisos, 22 estrofas en ciertos cantos. 11 balcones, 11 estrofas en otros cantos…

¿Todo está en clave?

Barolo. Boletería en la plabra baja. Foto: Guillermo Rodríguez Adami

Templarios, masones y poesía

El historiador de la arquitectura Carlos Hilger escribió que el Barolo es el gran ejemplo local de “arquitectura esotérica” de principios del siglo pasado. “Un templo bajo la Cruz del Sur”. Y describió sus símbolos.

Pero, para otros investigadores, la influencia de la Divina Comedia en la torre no está documentada. Sí, que Palanti se inspiró en el furor por las alturas del neogótico, por ejemplo.

Serpiente. En una columna del Barolo. Foto: Guillermo Rodríguez

Cuando uno está ahí es obvio que el arquitecto reunió mármoles de Carrara, dragones y serpientes (más o menos escondidos) y materiales de las torres más modernas de la época. Un mix, singularísimo, de tradiciones y vanguardia. Casi como la misma Buenos Aires.

Claro que, mientras el ascensor de hierro del Barolo sube despacio, crujiendo a veces como un monstruo antiguo, uno se queda pensando si las flores dibujadas en el piso de la entrada, cual “círculos de fuego”, y los cuadrados blancos y negros, como “el bien y el mal, en clave masónica" habrán sido creados como expresión de un infierno, como pensó Hilger y como refieren los guías.

Si Barolo y Palanti eran de la logia Fede Santa, medieval, vinculada con los templarios...

Palacio Barolo. En el piso de la planta baja. Foto: Guillermo Rodríguez Adami

El hechizo verdadero viene después.

Paraíso en clave industrial

Tras 114 escalones y un tramo sofocante de una escalera de caracol, hay un faro con 300 mil bujías. Sin dudas, una forma del paraíso, en clave industrial.

Ahí Buenos Aires te queda a los pies: la cúpula verde del Congreso parece una miniatura y el Río de la Plata se estira en el horizonte como un elástico.

Palacio Barolo. Torre y faro. Gentileza: Los Amigos del Barolo/archivo

Las luces del faro permiten dialogar, a través de la noche y el agua, con el Palacio Salvo, que Palanti construyó, como gemelo del Barolo, en Montevideo.

¿Más? El Barolo, ubicado en Avenida de Mayo 1370, siempre tiene algo para contar. Fue el más alto del país y de América del Sur hasta 1936, cuando lo desplazó el Kavanagh (de 20 metros más). Hace rato se transformó en un clásico. Y hoy es más preciso definirlo como un ícono porteño aggiornado. Tiene un rooftop Art Decó, Salón 1923, donde ofrecen ambientación de esos años, tapas y tragos.

Pero, poema de cemento o no, este edificio despliega una magia innegable: recuerda que las ciudades se sueñan, con más o menos delirio (y conciencia), antes de ser habitadas.

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