“La fuerza de la novela gráfica radica precisamente en su capacidad para mostrar a Elio al mismo tiempo que intenta capturar lo que piensa y observa”, analiza André Aciman, autor de Llámame por tu nombre, la novela que vuelve a las librerías en una adaptación gráfica. “Ves cómo mira al mundo exterior, pero también seguís viendo cómo su visión del mundo es interna”.
Llámame por tu nombre, de André Aciman (VR Editoras). Foto: gentileza.
En 2007 se publicó Call Me by Your Name, una lírica crónica sobre el despertar del deseo y el primer amor, ambientada en la Riviera italiana durante el verano de 1983. La novela captura la atracción entre Elio, un joven introspectivo de 17 años, y Oliver, un carismático académico de 24, y convierte aquel romance estival en una meticulosa exploración de las vacilaciones, la vergüenza subterránea y el anhelo de una intimidad absoluta.
La verdadera onda expansiva llegaría diez años después, en 2017, con el estreno de la adaptación cinematográfica dirigida por Luca Guadagnino. La película, protagonizada por Timothée Chalamet y Armie Hammer, recibió cuatro nominaciones al Oscar y le dio la estatuilla a James Ivory por el guion adaptado. También produjo un fenómeno editorial: muchos espectadores salieron a buscar la novela original.
Aciman (Egipto, 1951), lejos de encarnar la clásica figura del autor celoso de su obra, abrazó de inmediato el filme. “Adoré la película”, confiesa. “Soy uno de los pocos autores que no se sienten estafados por una adaptación”. Para él, ver las actuaciones fue también una revelación sobre los alcances de la gramática visual frente a la literaria.
Casi dos décadas después de la publicación de la novela, la historia de Elio y Oliver se expande hacia una nueva frontera estética con Llámame por tu nombre (VR), la novela gráfica ilustrada por la artista texana radicada en Londres Sarah Maxwell, con traducción de Melisa Corbetto.
La adaptación no solo preserva la atmósfera estival y lánguida del idilio. También asume el difícil reto de traducir el flujo de conciencia de la prosa de Aciman a través del ritmo de los encuadres, el juego de sombras y el color de las viñetas. En la novela gráfica, el lector se convierte en observador externo del lenguaje corporal de Elio, pero continúa habitando el laberinto de su mente.
CUL / André Aciman
–¿Cómo fue ver traducida la intensa vida interior de Elio –sus contradicciones, la intimidad de sus monólogos– al lenguaje de los cuadros de una novela gráfica?
–En realidad, la fuerza de la novela gráfica radica precisamente en su capacidad para mostrar a Elio al mismo tiempo que intenta capturar lo que piensa y observa. Ves cómo mira al mundo exterior, pero también sigues viendo cómo su visión del mundo es interna. Por ejemplo, cuando entra a hurtadillas en la habitación de Oliver y se quita la ropa, lo ves desnudo, pero sigues viendo lo que pasa por su mente.
–Describiste la villa italiana donde transcurre el romance como una versión idealizada de la casa que tu familia dejó atrás en Egipto. ¿Escribir la novela fue una manera de reconstruir una adolescencia segura, libre de las tensiones que en 1965 forzaron el exilio de tu familia?
–Sí, esta novela fue mi oportunidad de repensar mi propia adolescencia y eliminar todos los obstáculos de ella. Por fin tenía una familia feliz; mis padres me apoyaban en cualesquiera que fuesen mis deseos, por mucho que estos difirieran de los suyos y, sobre todo, la historia no parecía cerrarse sobre nosotros ni hacernos sentir inseguros. La vida de Elio es perfecta para él. No hay obstáculos que deba superar.
–Has dicho en otras oportunidades que el deber de un gran escritor no es que el lector lo descubra a él, sino que se descubra a sí mismo en las páginas. ¿Pensás el ritmo de tu prosa como una forma de seducir al lector?
–Es, de hecho, una forma de seducción. Los lectores de mis novelas se ven obligados a entregarse primero a mi prosa y a su capacidad de engatusar y, lo que es aún más importante, a dejarse arrastrar por el tipo de observaciones que hago, que les resultan totalmente nuevas. Por ejemplo, me gustan las frases del tipo “no solo…, sino también…”. Al hacerlo, no solo obligo al lector a suspender un juicio sumario, ofreciéndole otro juicio aún por venir –lo que lo obliga a postergar una interpretación fácil y esperar un segundo término–, sino que, al forzarlo a leer así mi prosa, lo obligo a ver que ese otro término no es menos válido.
André Aciman es autor de Llámame por tu nombre, la novela que vuelve a las librerías en una adaptación gráfica. Foto: Christopher Ferguson, gentileza.
–Al narrar la historia de Elio y Oliver tomaste la decisión deliberada de omitir la homofobia, la hostilidad social y la violencia. Sin embargo, dijiste que el deseo siempre lleva una corriente subterránea de vergüenza y vacilación.
–En mi opinión –¡y puede que sea solo mía, no de los demás!–, todo deseo que involucra a otra persona nos coloca automáticamente en la posición de alguien que “pide”. Pedir nos sitúa en una posición vilipendiosa. Por lo tanto, nos sentimos avergonzados o, en el mejor de los casos, indecisos, temerosos, intimidados. Que Elio quiera acostarse con Oliver no es vergonzoso; ¡lo vergonzoso es pedirlo!
–No te gusta el sexo explícito en los libros ni en el cine y preferís la metáfora. ¿Dónde vive, entonces, el verdadero poder erótico de la literatura?
–No me gusta la violencia en las películas, no me gusta ver crímenes, ni siquiera me gusta ver una aguja entrando en el brazo de alguien para una inyección intravenosa. He llegado a no querer ver el sexo retratado en una película. Ver a dos personas en la cama es suficiente; me gusta ver a la gente hacerse el amor, pero no necesito verlos copular. Quizás soy anticuado. Tal vez prefiero el tacto o la delicadeza. Muchas estatuas de la Antigua Grecia ofrecen desnudos, pero es imposible encontrar su desnudez excitante. El artilugio del arte invariablemente disimula el sexo.
–Tu papá te enseñó la palabra mazag, el cultivo y el disfrute del placer, compartido en voz alta con los demás. ¿Cómo aparece esa “filosofía del mazag” en tus personajes?
–Nunca es suficiente con disfrutar o saborear algo, incluso si es intensamente. Es igualmente importante decir que uno lo disfruta, hablar de ello, utilizar ese vehículo tan artificial –el lenguaje– para dar expresión a algo que parece restringido puramente al cuerpo. Siempre he preferido la vacilación y la oblicuidad al enfoque directo. Siempre llegará un momento en que uno tenga que decir, como incluso dice Jean-Louis en Mi noche con Maud (Ma nuit chez Maud): “Este vino es bueno”. Pero mis personajes prefieren desviarse del enfoque frontal y pasar el tiempo en un café. Saben que el sexo llegará; simplemente no les importa esperar el momento adecuado. El momento adecuado siempre llega.
Llámame por tu nombre, de André Aciman (VR Editoras). Foto: gentileza.
–En tus ensayos reunidos en False Papers sugerís que el papel tiende a crear orden y significado de forma casi automática, algo de lo que un escritor debe desconfiar. ¿Cómo convivís con esa tensión?
–Siempre he desconfiado del orden que aportan las palabras, pero nunca he desconfiado del lenguaje. Permitime aclararlo. Si un escritor no desconfía de las palabras, entonces es un mal escritor. Debe reinventar el lenguaje, retorcerlo y obligarlo a decir lo que él quiere que diga, no lo que el lenguaje quiere que el escritor diga. Está a su servicio, no al revés. No quiero seguir desarraigado; quiero un hogar. A falta de encontrarlo, quiero que el lenguaje me lo ofrezca; pero hay que trastear con el lenguaje, no limitarse a aceptarlo por lo que promete. Debe ser reinventado.
–Viviste en Egipto, Roma, París, Nueva York. Escribiste que tus padres están enterrados frente al río Hudson, lejos del mar de Alejandría que tanto amaban, exiliados incluso en la muerte. ¿Creés que no saber dónde querés ser sepultado es la señal más clara de no haber encontrado nunca un verdadero hogar?
–Una vez dije que ser enterrado en un lugar específico le da sentido a toda una vida. Pero ¿dónde deberían enterrarme a mí? Estoy totalmente disperso. Al igual que el padre de Elio, necesito que me entierren en cuatro lugares diferentes. Pero ese es el dolor de cabeza de los demás, no el mío.}
André Aciman básico
- Nació en 1951 en Alejandría, en el seno de una familia judía sefardí de origen turco. Formado en la Universidad de Harvard, ha sido profesor de Literatura Comparada y de Escritura Creativa en el Bard College y en las universidades de Princeton y Nueva York.
Llámame por tu nombre, de André Aciman (VR Editoras). Foto: gentileza.
- Es ensayista y estudioso de la obra de Marcel Proust. En 1996 vio la luz Lejos de Egipto, un libro de memorias sobre su infancia y adolescencia que mereció el prestigioso Whiting Award.
- Posteriormente publicó la recopilación de ensayos False Papers: Essays on Exile and Memory, la novela Ocho noches blancas y participó como coautor y editor en las obras Letters of Transit y The Proust Project. .
- Alfaguara ha publicado Variaciones Enigma (2019); Llámame por tu nombre (2008), su primera novela, llevada al cine con gran éxito por Luca Guadagnino y que obtuvo el Lambda Literary Award y la distinción como mejor libro del año de Publishers Weekly y The Washington Post; y Encuéntrame (2020), su esperada secuela. Homo irrealis es su último libro
Llámame por tu nombre, de André Aciman (VR Editoras).
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