La reciente cumbre celebrada en Washington entre Donald Trump y Xi Jinping reflejó la recomposición de la agenda internacional. Cierto es que no existió una fractura registrada en los discursos, pero en el orden de lo simbólico quedó reflejada una nueva realidad: existe una competencia inexorable en un contexto de contención en las formas: Trump no hizo “trumpismo” y Xi mantuvo su discurso y su gestualidad centrados en la fuerza tranquila.
El principal logro fue la creación de un “canal de comunicación” para los incidentes que pudieran surgir en torno a la inteligencia artificial. Trump, que la denomina “super inteligencia”, defendió su enfoque de no interferencia estadual, mientras que Xi destacó la propia: mantener la IA “bajo control humano”.
La diferencia no es menor, pero la explicación está en los intereses: Trump no quiere frenar el desarrollo de la IA, porque el gasto estadual es altísimo y supera a lo invertido en otras revoluciones tecnológicas e industriales que se manifestaron en los EE.UU, por ejemplo las de infraestructura. En Washington la apuesta es a la auto-regulación, mientras Pekín no acepta la espontaneidad.
Este contrapunto vino a sumar al juego de contrastes que el presidente Xi cultiva: en Washington anidaría la incertidumbre, mientras que en Pekín estaría instalada la estabilidad y la certidumbre. Esta imagen también se aplica en otro tema de la agenda EE.UU/China: la guerra de Ormuz.
Aquí, la diplomacia china celebra la pérdida de credibilidad americana en los países que confiaron su defensa a los EE.UU: las petro-monarquías no fueron defendidas porque hubo insuficiencia de misiles y de voluntad política.
Algunos estudios de opinión pública norteamericanos seguramente también fueron debidamente leídos en Pekín antes de la visita presidencial a Washington. Así en el Financial Times del 6/8, la investigadora Ali Wyne, del grupo de expertos del International Crisis Group, presentó estimaciones sobre la imagen de China entre la población estadounidense: la imagen de China como enemigo de los EE.UU alcanzaba el 42%, en el 2024 , mientras que en la actualidad sólo alcanza el 28%.
Concluyendo: luego de la visita del presidente Xi a Washington la relación bilateral ha quedado establecida bajo nuevos criterios de razonabilidad; sin embargo, han aparecido nuevos problemas en la agenda de seguridad. Concretamente el 20 de mayo el presidente Trump, en un discurso pronunciado en la Casa Blanca, anunció un ambicioso proyecto: la “Cúpula Dorada”.
Se trata de un escudo anti-misiles que se aproxima al fallido programa de Guerra de las Galaxias impulsado por el ex presidente Ronald Reagan en 1983. Durante muchos años, Trump ha defendido la militarización del espacio, pero ahora está avanzando en un proyecto que tiene por objetivo la protección del territorio americano ante los riesgos que implican los arsenales misilísticos de China; Corea del Norte y Rusia.
El presupuesto inicial, supervisado por el Sub-Jefe de Operaciones Espaciales, alcanza los 25.000 millones de Dls, una cifra que los defensores de la idea estiman insuficiente, al igual que el monto total estimado en 175.000 millones de Dls para el año 2029. Este proyecto supone, entre otras cosas, el despliegue de interceptores en el espacio capaces de neutralizar misiles que debilitarían toda la arquitectura de seguridad que regula el frágil equilibrio entre las potencias nucleares.
En la nueva agenda internacional también ocupa un lugar destacado Europa, más allá de la agravada Guerra de Ucrania. La fragilidad del proyecto europeo quedó en evidencia luego del triunfo en Alemania de una derecha fortalecida que desafía la adhesión germana a la Comunidad Europea.
La debilidad, en simultáneo, del canciller germano F. Merz y del presidente francés E. Macron también provoca fundadas inquietudes. En Alemania, en las recientes elecciones de Alta Sajonia triunfó el Partido AfD, una fuerza política, fuertemente establecida en la ex -Alemania Oriental comunista, que inquieta por su anti-europeísmo y en Francia ocurre algo similar porque el Lepenismo, la Agrupación Nacional, se aproxima al Eliseo y encabeza las encuestas.
En paralelo, están sumando inquietud los tres partidos políticos independentistas que gobiernan en Escocia, Gales e Irlanda del Norte. Si bien es cierto que Gran Bretaña abandonó la Unión Europea, con el Brexit de junio del 2016, el actual reclamo formateado en la Declaración de Cardiff confluye en un escenario de devaluación estratégica del Viejo Continente: proponen la disolución de Gran Bretaña.
En la misma línea de fragilidad debe sumarse el Acuerdo celebrado entre Dinamarca y los Estados Unidos: finalmente el presidente Trump se impuso y logró consolidar su influencia en Groenlandia. Si bien es cierto que el proyecto anexionista de ese territorio no se concretó, en los hechos tomó forma, modificando los términos de la actual presencia americana: habrá nuevas bases y puertos militares.
Esta devaluación nacional dinamarquesa tomó forma y fue anunciada por el Presidente americano en la Asamblea general de la ONU: allí celebró un Acuerdo sin precedentes, donde se estatuye que ningún adversario de los EE.UU podrá establecer presencia militar en Groenlandia, ni realizar inversiones estratégicas. En síntesis: estamos transitando una nueva recomposición de las relaciones internacionales.
Todavia no hay comentarios aprobados.