Todos están con el recorte de Fito Páez enojado en Mar del Plata. El video, replicado una y otra y otra y otra vez en canales y perfiles, muestra al último prócer vigente de nuestro rock argentino despotricando con los patovicas del Polideportivo Islas Malvinas cuando, aparentemente, retaban al público que se ponía de pie para bailar.
Según confió algún organizador al diario La Nación sin revelar su identidad, en realidad los agentes de seguridad evitaban que los espectadores se adelantaran a filas más caras o que ocuparan pasillos laterales. La misma gorra con distinto olor.
La pregunta que deberíamos formular: ¿qué nos pasa a los argentinos si, estando en Mar del Plata, A rodar mi vida no se convierte en una pulsión de revolear banderas, ponchos, rabas de Chichilo o churros de Manolo? ¿En qué momento nos empezaron a inocular el Superbowl en los recitales bonaerenses?
En Escobar, una noche después de que a Páez lo filmaran chinchudo, la edición 63 de la Fiesta Nacional de la Flor fue el contrapunto cultural.
Fito Páez, en contra de los celulares y a favor del choripán.
El ex marido de Cecilia Roth, vestido de amarillo y coronado por una porra de canas voladoras, fue el chofer de una montaña rusa de emociones. Cantó y tocó una hora y media en el escenario del icónico Predio Floral de Mateo Gelves 1050 pero también humedeció pupilas de los nostálgicos con Once y seis, estremeció a los indignados con Ciudad de pobres corazones y hasta hizo aletear a algún que otro rolinga con la única maravilla que le alquila el protagonismo de a ratitos: su guitarrista Juani Agüero.
Fito fue rey en un trono con forma de nave espacial que en realidad era su piano, y su pueblo podía caminar, bailar, subir a cococho a los nenes o bajar con cerveza un cono de papas fritas a beneficio de los bomberos voluntarios de Garín. Fito Páez hizo bises y confesó que tenía ganas de comer un choripán con birra: más tentador que el algoritmo mejor construido de Silicon Valley. El discurso del rey esta vez no fue la bronca, y tal vez por eso no se viralizó: fue contra los teléfonos, a favor del instante, promotor del amor.
¿Cursi? Tal vez, pero tan imposible de replicar con Inteligencia Artificial o de recortar en una story de Instagram como el aroma de las astromelias, flor elegida como el emblema de esta nueva edición del festival más grande de viveristas y productores.
Este año la flor emblema es la astromelia.
A la astromelia también le dicen Lirio de los campos, es originaria de Los Andes y se encuentra desde Perú hasta la Patagonia. Viene en rosa, rojo, amarillo, blanco, naranja o fucsia, pero mejor que buscarla en Chat GPT o el asistente IA que se usa en la redacción de Clarín es ir hasta Escobar antes de que termine la Fiesta de la Flor, el lunes 12 de octubre, y contemplarla, entenderla, olfatearla como un perrito ansioso.
Además de la astromelia, el festival tiene recitales de un lado de la calle y el ya histórico predio floral del otro. La entrada cuesta apenas 15 mil pesos y además de la majestuosa ornamentación del paisajista e ingeniero japonés Yasuo Inomata, hay exposiciones de orquídeas que parecen alienígenas, arreglos de rosas entrelazadas con muñecos Minions gigantes y precios ridículos de plantines, alegrías del hogar, plantotas, tierra, plantas carnívoras, fertilizante, monsteras, herramientas y todo para la maceta de la dama y el rastrillo del caballero.
El lunes 12 cierra la 63 edición de la fiesta.
Por supuesto que eligen embajadores, que también tocó la mitad de Serú Girán y que al entrar al evento organizado en conjunto por el Municipio de Escobar que conduce el intendente Ariel Sujarchuk y la Asociación Civil Fiesta Nacional de la Flor uno se cruza con familias, jóvenes y curiosos que llevan canastas con rueditas para asaltar las ofertas de viveros y productores.
Como cuando te venden una experiencia pero sin la voz de la influencer, sin los patovicas que te mandan a tu asiento, con vientito primaveral y perfume al Amor después del amor.
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