El aburrimiento comenzó a notarse rápidamente y, después de evaluar su desempeño, la escuela tomó una decisión poco habitual: hacerlo saltar de primer a segundo grado.
Cuando llegó el momento de comenzar su escolaridad, su edad quedó justo en medio de dos sistemas educativos con reglas diferentes. Había nacido a fines de octubre y su familia vivía entonces en Maryland, donde los niños deben cumplir cinco años antes del 1 de septiembre para ingresar al jardín de infantes.
Como todavía tenía cuatro años, comenzó un programa de preescolar dentro del sistema público del condado de Montgomery. Era 2020 y buena parte de las clases se realizaban de manera virtual por la pandemia.
A pesar de aquellas condiciones, avanzó rápidamente. Aprendió contenidos propios de los primeros años escolares y terminó el ciclo preparado para continuar.
Pero entonces su familia se mudó a Nueva York.
Allí las reglas eran diferentes. Por su fecha de nacimiento, podría haber comenzado el jardín de infantes un año antes. Sus padres quedaron frente a una decisión: adelantarlo de curso o mantener la trayectoria que había iniciado en Maryland.
Era uno de los mayores de la clase y comenzó a aburrirse
Cuando inició jardín de infantes estaba a apenas dos meses de cumplir seis años. Era uno de los alumnos de mayor edad del curso y también considerablemente más alto que muchos de sus compañeros.
La adaptación social fue buena. Hizo amigos, disfrutó de las excursiones, escuchó cuentos y participó de las actividades habituales. El problema apareció en el aspecto académico.
Muchos ejercicios repetían conocimientos que ya había adquirido en preescolar. Mientras sus compañeros aprendían algunos conceptos por primera vez, él los resolvía con facilidad y necesitaba nuevas tareas para mantenerse interesado. En noviembre, su maestra empezó a darle ejercicios adicionales.
La diferencia se hizo todavía más evidente cuando comenzó primer grado. Estaba muy por delante del nivel esperado y el aburrimiento comenzó a preocupar tanto a sus padres como a la docente.
No se trataba solamente de que obtuviera buenas calificaciones. La pregunta era si permanecer en un curso demasiado sencillo podía terminar afectando su curiosidad y sus ganas de aprender.
El hijo de Shana saltó a segundo grado. Foto: Business Insider.
Fue entonces cuando apareció una alternativa que la familia no había considerado seriamente: hacerlo saltar un grado.
La escuela decidió pasarlo directamente a segundo grado
Sus padres hablaron con la maestra y luego con la dirección. Antes de autorizar el cambio, la escuela pasó varios meses evaluando su desempeño, su nivel académico y su capacidad para adaptarse a compañeros mayores. Finalmente, a mitad del año escolar, dejó primer grado y comenzó segundo.
El cambio supuso un verdadero desafío. Ya no estaba claramente por encima del resto y tuvo que recuperar algunos contenidos que el nuevo curso había trabajado antes de su llegada. Pero eso era precisamente lo que necesitaba.
La adaptación social también fue más sencilla de lo esperado. Consiguió nuevos amigos y se integró sin grandes dificultades.
Con el paso de los años, sus padres reconsideraron aquella primera decisión de retrasar su trayectoria escolar. La idea de regalarle tiempo había parecido beneficiosa cuando era pequeño, pero en su caso ser mayor que sus compañeros y estar demasiado adelantado académicamente había terminado generando desmotivación.
Ahora, mientras se acerca a la escuela secundaria, la familia considera que adelantarlo fue la decisión correcta.
La experiencia les dejó otra conclusión: retrasar el ingreso escolar puede funcionar para algunos niños, pero no existe una solución universal. Su hijo no necesitaba más tiempo. Necesitaba un desafío mayor.
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