“Aunque actualmente no disponemos de un tratamiento que cure la artrosis, sí podemos hacer mucho para controlar sus síntomas y mantener la capacidad funcional”, explica la doctora Natividad Oreiro Villar, del Servicio de Reumatología del INIBIC-Complexo Hospitalario Universitario A Coruña y portavoz de la Sociedad Española de Reumatología (SER). Entender esta enfermedad únicamente como un desgaste asociado a la edad puede llevar a interpretar el dolor como algo inevitable o a reducir el movimiento para proteger las articulaciones.
Según la especialista, el ejercicio adaptado forma parte del tratamiento y ayuda a conservar la fuerza, la movilidad y la autonomía. En una entrevista con La Vanguardia, Oreiro explica qué señales conviene consultar y cómo actuar cuando las molestias empiezan a condicionar actividades como bajar escaleras, levantarse de una silla o calzarse. La especialista insiste en que la repercusión de la artrosis no se mide únicamente por cuánto duele una articulación, sino también por las actividades que la persona deja de hacer.
¿Qué se pierde al definir la artrosis como un simple «desgaste»?
Durante mucho tiempo se consideró un deterioro progresivo y pasivo del cartílago, casi inevitable con el envejecimiento. Hoy sabemos que es una enfermedad de toda la articulación: también pueden producirse cambios en el hueso situado debajo del cartílago, la membrana sinovial, los ligamentos y los músculos. El problema surge cuando se altera el equilibrio entre las cargas que recibe la articulación y su capacidad para adaptarse y repararse. Intervienen factores como la edad, la genética, las lesiones previas, las alteraciones biomecánicas, la inflamación de bajo grado, la obesidad y los factores metabólicos.
lumbalgia. Dra Natividad Oreiro Villar CHUAC A Coruña Spain
¿Qué síntomas hacen sospechar una artrosis?
El más característico es el dolor relacionado con el uso de la articulación: suele aparecer o aumentar con determinadas actividades y mejorar con el reposo. También es frecuente la rigidez al empezar a moverse después de un periodo de inactividad, como al levantarse de una silla o por la mañana. Suele ser transitoria y durar menos de 30 minutos. A medida que la enfermedad avanza pueden aparecer limitación del movimiento, sensación de pérdida de fuerza, crujidos, cierto grado de hinchazón y deformidad, aunque los síntomas varían entre pacientes.
¿Cómo se detecta que empieza a comprometer la autonomía?
No debemos fijarnos únicamente en cuánto duele. Una señal especialmente importante es que la persona empiece a modificar su vida por ese dolor: caminar menos, evitar las escaleras, tardar más en levantarse de una silla, tener dificultades para vestirse o calzarse, abandonar tareas que antes hacía con normalidad o comenzar a necesitar ayuda. Esa reducción progresiva de la actividad puede favorecer la pérdida de fuerza muscular y capacidad física y aumentar todavía más la limitación.
¿Cuándo deja de ser una molestia ocasional y conviene consultar?
Una molestia leve, ocasional o transitoria no significa necesariamente que exista una enfermedad articular, pero tampoco debemos considerar el dolor una consecuencia inevitable de la edad. Conviene consultar cuando persiste, se repite, aumenta de intensidad o empieza a limitar las actividades cotidianas, la movilidad o el descanso nocturno. También si aparece hinchazón persistente o rigidez matutina prolongada. Si una articulación se vuelve bruscamente muy dolorosa, caliente e inflamada, o aparece una imposibilidad repentina de caminar o apoyar, la valoración debe ser rápida; si además hay fiebre o malestar general, aún más inmediata. Estos síntomas no deben atribuirse sin más a la artrosis.
¿Qué ocurre cuando se deja de mover una articulación para evitar el dolor?
Se puede entrar en un círculo de dolor e inactividad. Al moverse menos se pierde fuerza muscular y capacidad física, lo que hace que las actividades cotidianas resulten cada vez más difíciles y favorece una mayor inactividad. Por eso es importante diferenciar entre adaptar una actividad para poder seguir realizándose y abandonarla por completo. Utilizar una articulación no significa necesariamente desgastarla. El movimiento y el ejercicio adaptados forman parte del tratamiento porque ayudan a mantener la fuerza muscular, la movilidad y la capacidad funcional.
¿Qué tipo de ejercicio ayuda a conservar la movilidad?
Lo recomendable es combinar actividad aeróbica con ejercicios de fortalecimiento muscular, movilidad y equilibrio, evitando o adaptando las actividades que produzcan una sobrecarga o un impacto excesivo. El ejercicio ayuda a reducir el dolor y preservar la capacidad funcional, pero debe individualizarse según la articulación afectada, el grado de limitación, la condición física y las enfermedades asociadas. También deben tenerse en cuenta las preferencias de cada persona, porque es fundamental encontrar una actividad que pueda mantenerse en el tiempo.
¿Caminar es suficiente o también hay que trabajar la fuerza?
Caminar, utilizar una bicicleta estática con una resistencia adecuada, nadar o hacer ejercicio en el agua son buenas opciones para muchas personas. Pero no todo consiste en caminar: fortalecer la musculatura que rodea y estabiliza la articulación es especialmente importante. Una musculatura adecuada contribuye a mejorar su función y a tolerar mejor las cargas de la vida diaria.
¿Cómo se adapta el ejercicio cuando aparece dolor?
No tiene por qué suspenderse automáticamente. Se puede empezar con sesiones más cortas, reducir la intensidad o las repeticiones, introducir descansos o elegir temporalmente una actividad mejor tolerada. Una molestia leve y transitoria al comenzar puede aparecer y no significa necesariamente que estemos dañando la articulación. Sin embargo, si el dolor aumenta claramente, aparece inflamación o la articulación continúa sensiblemente peor después del ejercicio, debemos reducir la carga y revisar la pauta. Si el empeoramiento persiste, conviene consultar.
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Además del ejercicio, ¿qué ayuda a mantener la autonomía?
Cuando existe sobrepeso u obesidad, reducir el peso puede mejorar el dolor y la función, especialmente en las articulaciones de carga. La fisioterapia y, cuando es necesaria, la terapia ocupacional pueden ayudar a mantener la movilidad, la fuerza y la capacidad para realizar las actividades cotidianas. También pueden utilizarse ayudas técnicas o adaptaciones: un bastón correctamente indicado o un utensilio que facilite determinadas tareas no deben entenderse como una pérdida de autonomía, sino como herramientas para conservarla. El objetivo no es únicamente que la articulación duela menos, sino evitar que ese dolor vaya reduciendo progresivamente la movilidad y la independencia.
Judit González Pernías
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