Hace unas semanas parecía que todo iba a ser distinto. Habría tiempo para hacer deporte, comer mejor, descansar más, organizar las comidas, leer ese libro pendiente y, además, llevar el trabajo al día. Pero la rutina vuelve a ocupar su sitio, las prisas se acumulan y aquella lista de buenos propósitos empieza a resultar difícil de sostener. No se llega a todo y la frustración va ganando terreno. A veces basta entonces un atasco, una tarea pendiente o una respuesta que no llega para que la paciencia se termine.
Para Sonia Díaz Rois, mentora y coach especializada en gestión del enfado y comunicación consciente y autora de Y si me enfado, ¿qué?, el enfado cotidiano rara vez aparece de la nada. Puede empezar en el cansancio, en la frustración de no llegar a todo, en unas expectativas demasiado altas o en esa voz interior que repite que las cosas deberían ser de otra manera. “La dificultad está en que, cuando esa irritación se acumula, es fácil terminar reaccionando contra aquello que se tiene delante sin preguntarse qué la está provocando realmente”, explica Díaz, en conversación con La Vanguardia.
Después de varias semanas con los horarios habituales, ¿por qué puede aparecer más irritabilidad y menos paciencia?
La vuelta a la rutina no siempre significa recuperar una vida más sencilla. Puede haber cansancio acumulado, una jornada completa después de semanas con otros horarios o la necesidad de volver a hacer encaje de bolillos para llegar a todo. A eso se suman las expectativas. ‘Cuando vuelva me cuidaré más’, ‘haré ejercicio’, ‘comeré mejor’, ‘tendré más tiempo para mí’... En ese momento parece posible. El problema llega cuando la vida real demuestra que no cabe todo lo que se había imaginado. Entonces aparecen la frustración, la tristeza y también el enfado. No es únicamente recuperar la rutina: es pretender hacerlo, además, todo perfecto desde el primer día.
No es únicamente recuperar la rutina: es pretender hacerlo, además, todo perfecto desde el primer día. Foto: IG/soniadiazrois
¿Qué relación existe entre esa sensación de no llegar a todo y el enfado?
Muchas veces el listón lo pone la propia persona demasiado alto. Quiere trabajar bien, cuidar la alimentación, hacer deporte, atender a los hijos, tener tiempo para la pareja, descansar, leer, quedar con amigos... y además hacerlo todo con buena actitud. Cuando no lo consigue, puede interpretar que está fallando o que su vida no funciona como debería. Esa frustración puede terminar expresándose en forma de enfado. Por eso conviene preguntarse qué cabe realmente en la vida cuando se recupera el ritmo habitual. La planificación también necesita pasar por un filtro de realidad.
¿Qué pensamientos pueden hacer que esa frustración termine alimentando todavía más el enfado?
Muchos de los pensamientos que acompañan al enfado son rígidos, categóricos y generales: ‘siempre hace lo mismo’, ‘nunca me escucha’, ‘esto debería ser de otra manera’. También aparecen exigencias hacia uno mismo: ‘debería poder con todo’, ‘tendría que organizarme mejor’. Pensamiento y emoción se alimentan mutuamente. Se puede pensar de una determinada manera porque se está enfadado, pero también enfadarse más por lo que se está pensando. Es un poco el juego del huevo y la gallina. Observar ese diálogo interno permite entender que no siempre es únicamente lo que está ocurriendo, sino también cómo se está interpretando.
221. Cómo enfadarte menos y vivir mejor con Sonia Diaz Rois.
¿Qué señales indican que la irritabilidad ha dejado de ser algo puntual y empieza a afectar a las relaciones?
Hay frases que deberían hacer saltar una pequeña alarma: ‘No se puede hablar contigo’, ‘contigo hay que ir con pies de plomo’ o ‘hay que cogerlo todo con pinzas’. Cuando los demás empiezan a pensar mucho cómo decir las cosas, evitan determinados temas o prefieren callarse para no provocar una discusión, se está generando una sensación de inquietud alrededor de esa persona. También puede aparecer una contradicción: quejarse de tener que hacerlo todo y, al mismo tiempo, no dejar que nadie lo haga porque se piensa que se hará antes. Así se asume más de lo que se puede sostener y después aparece el enfado porque nadie ayuda.
Una persona que sale del trabajo enfadada, estresada o al límite, ¿qué puede hacer antes de entrar en casa para no trasladar ese estado a los suyos?
Parar. Recomiendo hacer una pequeña pausa antes de entrar en casa, darse cuenta de cómo se llega y elegir cómo se quiere entrar. Me gusta compararlo con el felpudo: igual que se limpian los zapatos para no meter la suciedad en casa, ese momento puede servir para dejar fuera parte del malestar del día. No se trata de negar que haya sido una jornada horrible ni de obligarse a estar contento. Puede bastar con recordar algo que sí haya salido bien o de lo que uno se sienta orgulloso. Muchas veces, nada más entrar, se comparte la queja, el problema o aquello que ha molestado y ese detalle termina eclipsándolo todo.
Así se asume más de lo que se puede sostener y después aparece el enfado porque nadie ayuda. Foto: IG/soniadiazrois
¿Es posible dejar de reaccionar de la misma manera ante situaciones que antes hacían perder los nervios?
Sí, pero requiere tiempo y entrenamiento. Las personas que se enfadan con frecuencia suelen tener poca paciencia y, cuando deciden cambiar, quieren que el resultado sea inmediato. Repetir un patrón no significa volver a la casilla de salida. Lo importante es comprender qué ha ocurrido, qué se puede aprender de ello y qué hacer diferente la próxima vez. Gestionar el enfado tampoco consiste en disimularlo. Se puede sonreír y decir que todo está bien mientras por dentro se está acumulando rabia. Eso no es gestionarla. Para cambiar hace falta conocerse mejor, entender los patrones que se repiten y prestar atención a los pensamientos que los alimentan.
Si una persona nota que está más irritable de lo habitual y que cualquier cosa le hace saltar, ¿por dónde debería empezar?
Empezaría observando dos cosas: los pensamientos que acompañan al enfado y cómo está la propia persona. Puede llevar tiempo sin prestar atención a lo que le está pasando, no estar cuidándose como necesita, no sentirse bien con su trabajo o echar de menos tiempo para aquello que le hace sentir bien. Todo eso puede generar un estado de irritabilidad que hace que termine enfadada con el mundo. Pero el mundo es demasiado grande. Si tuviera que cambiar todo lo que ocurre alrededor para que esa persona estuviera bien, tendría muy poco margen de maniobra. Cuando empieza a preguntarse qué le está pasando, qué echa de menos y qué es importante para ella, aparecen cuestiones concretas sobre las que sí puede actuar. Ahí empieza la gestión del enfado: no en conseguir que desaparezca, sino en entender qué está ocurriendo y decidir qué hacer con ello.
Pau Allué
Todavia no hay comentarios aprobados.