Brasilia. Enviado Especial. En el gobierno de Brasil temen que en las elecciones presidenciales se registre una abstención tan significativa o superior a la que se notó en 2022, de casi 21% del electorado, cuando Lula derrotó a Jair Bolsonaro, y admiten que no tienen claridad sobre cuál será el resultado de estas urnas. Esto sucede pese a que en Brasil el voto es obligatorio.
En un extenso diálogo con Clarín en el Palacio de Planalto, en Brasilia, la sede del Ejecutivo, los funcionarios se mostraron desconcertados tanto por el desinterés que muestran los brasileños como por la importancia que alcanzó la figura que definen como “sin carisma y gris” del candidato opositor Flávio Bolsonaro. Un dato fuerte de un sondeo de Datafolha, en ese sentido, es que más de la mitad —59%— de los 160 millones de electores, a menos de tres días de la primera vuelta, aún no saben a quién elegirán para las cámaras que renuevan la totalidad de diputados y una parte del Senado.
Tampoco se produce el estímulo de los debates. Como consignó previamente Clarín, el presidente decidió no participar del encuentro organizado por la Rede Globo de este jueves, donde solo estará Bolsonaro con el resto de los postulantes menores. El mandatario prefiere no arriesgar; considera que ha mejorado en los pronósticos a partir de sus últimas medidas: la prohibición de las apuestas en línea, la mejora del plan Familias y la controversia alrededor del destino de la patrona católica de Brasil, la Virgen de Aparecida, una polémica que comienza a disiparse.
“A estas alturas, unos días antes de la votación, la calle sería un estruendo de marchas, actos, de militantes, pero no hay nada”, describe frustrado uno de los funcionarios, que luego especulará sobre los temores que produce a este elenco una posible victoria de Bolsonaro y la preservación del modelo democrático. “Vimos aquí, desde este edificio, el ataque del 8 de enero de 2023 de los partidarios de (el expresidente Jair) Bolsonaro, que su hijo candidato nunca ha condenado”, afirma.
Un seguidor del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, con una remera y stickers de campaña. Foto: AP
El exdiputado Eduardo Bolsonaro, refugiado en EE.UU. y que suena como posible canciller en un eventual gobierno de su hermano, ya ha dado razones para esa preocupación. En un mensaje de video avisó que “limpiará” el Ministerio de Relaciones Exteriores de los funcionarios que en su momento cuestionaron a su padre. El proyecto es copiar el modelo de reestructuración que aplicó el canciller de Donald Trump, Marco Rubio. Se eliminó casi totalmente a los embajadores provenientes del servicio diplomático y fueron reemplazados por dirigentes políticos. Hoy solo 9% de los puestos en el Departamento de Estado los ocupan diplomáticos profesionales. Antes eran más de 70%.
Volviendo a la abstención, una estrategia que ensaya el oficialismo para aliviarla es estimular a los votantes de mayor edad, que superan los 70 años y no tienen obligación legal de sufragar. Sostiene que este grupo podría ser decisivo en las elecciones, ya que son conservadores y apoyan a Lula más que el público en general. Una encuesta de Quaest muestra efectivamente que la ventaja del presidente sobre Flávio es numéricamente mayor entre los votantes de 60 años o más.
El ausentismo preocupa menos en el campamento del desafiante. Consideran que resta votos al líder del PT en segmentos de menores ingresos y con mayores dificultades para llegar a los centros de votación. Aquí se recuerda que en el comicio anterior, el entonces oficialismo de Jair Bolsonaro utilizaba, por medio de uno de sus hijos, a la policía carretera para bloquear los autobuses que llevaban a votantes de bajos recursos en el interior del país y que solo por esos medios podían llegar a sufragar, presumiblemente por Lula.
Flávio Bolsonaro, durante una visita a una fábrica de motos en Manaus, Brasil, días atrás. Foto: AP
Decepción y desgaste cotidiano
Algo de eso hay. Para los analistas, el desinterés del votante refleja una desilusión con el sistema, fenómeno que se repite en otros escenarios. Los brasileños de menores ingresos, la porción masiva de la población, sufren un desgaste cotidiano que prioriza la supervivencia económica sobre la política electoral. Felipe Nunes, cientista político y director de la consultora Quaest, confirma que “el perfil de los más inclinados a abstenerse coincide con el segmento de hasta dos salarios mínimos y baja educación. Para estas personas, la política ha dejado de ofrecer mejoras perceptibles en el presupuesto familiar, lo que genera desinterés en la participación electoral”.
La revista Veja, desde el centro derecha, observa la misma circunstancia: “En Brasil, el 41% de los votantes siente ‘decepción’ al votar. El sentimiento trasciende la polarización: se abstienen porque perciben que el sistema es incapaz de brindar las soluciones económicas y sociales esperadas”.
Este problema tiene, sin embargo, un destino por lo menos complicado. En la charla con Clarín en Planalto se remarca que hay un voto duro anti Lula. “Se lo nota con fuerza entre los empresarios que suponen que Bolsonaro será más liberal que Lula, con privatizaciones, pero su padre no privatizó prácticamente nada. Además, los números macro de la economía brasileña hoy son estupendos”, afirman. El Ministerio de Hacienda, que conduce Dario Durigan, sostiene reuniones frecuentes con los empresarios y recientemente Lula ofreció una cena con los principales hombres de negocios del país. Uno de los ejes de esas citas es el anuncio de que, de producirse la reelección del mandatario, entre las primeras medidas habrá un ajuste de la economía.
Si hay algo que unifica a todos estos sectores es la necesidad de bajar las tasas de interés, hoy en 13,75%, diez puntos por encima de la inflación anual. El ajuste buscará reducir un déficit fiscal que saltó al 8,2% del PBI y una deuda pública camino al 95% del Producto. Pero si esos números se moderan, será al costo de una sensible reducción del gasto público e incluso un aumento de la desocupación, hoy en niveles mínimos.
El economista Marcelo Neri, de la Fundação Getulio Vargas, especializado en indicadores socioeconómicos en Brasil, en diálogo con Clarín busca rescatar una ventaja en ese escenario. “Es posible que haya un ajuste en Brasil para intentar bajar la tasa de interés con algún control fiscal, pero será un ajuste hecho sobre un escenario de números positivos”. Añade que “tenemos un buen track record (datos de la economía) en este tercer mandato de Lula, mejor de lo que las encuestas de opinión sugieren”.
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