“Yankees Go Home!”. Una frase, un eslogan, un grafiti que no necesita traducción porque está dirigido a quienes manejan ese idioma universal. Así comienza Mariana Enríquez Cinco miradas sobre Estados Unidos: con banderas quemadas, dictadores latinoamericanos formados en West Point y Henry Kissinger, arquitecto de intervenciones y golpes de Estado y, en el país de los extremos, ganador del Nobel de la Paz. “El policía bueno del mundo, la política del patio trasero”, escribe Enríquez.
Y ya te captura con esas imágenes. Algo de ese Estados Unidos cabe en el comienzo de La Purga, película-hamburguesa que no necesitaba tantas secuelas: un país que presume haber reducido el desempleo y el crimen gracias a una noche anual en la que casi todo está permitido. Debussy suena mientras las cámaras de seguridad muestran asesinatos. La contradicción no interrumpe el relato: es el relato.
Mariana Enríquez: la escritora reconoce una fascinación por Estados Unidos que atraviesa buena parte de su obra.
Enríquez arma el suyo de una manera parecida, a partir de imágenes que no deberían convivir y, sin embargo, conviven: Elvis Presley, Diana Ross, Prince, Johnny Cash, Michael Jackson, Madonna, Muhammad Ali, Tupac Shakur, Debbie Harry, Marvin Gaye. Robert De Niro apuntándose a la sien.
¿Me estás hablando a mí, Enríquez?
Esos “fotogramas”, como los llama, aparecen justo cuando los mundos creados por la propia Enríquez también saltan de sus libros a las pantallas. Pablo Larraín acaba de estrenar en Netflix Mis muertos tristes, una miniserie de cuatro capítulos que cruza sus cuentos y que Stephen King recomendó antes de su estreno.
Casi al mismo tiempo, La virgen de la tosquera, de Laura Casabé, basada en “La virgen de la tosquera” y “El carrito”, dos cuentos de Los peligros de fumar en la cama, fue elegida para representar a la Argentina en la carrera por el Oscar 2027 a Mejor Película Internacional.
Sí, señor juez: culpable, guilty. Enríquez lo admite: salvo la Argentina, ningún país le resulta tan conocido. Ahora la autora de Los peligros de fumar en la cama hace zoom sobre el país que le echó kerosene a buena parte de su imaginación.
Elvis, Marilyn y la mitología yanqui
Greil Marcus llamó Presliada al largo capítulo sobre Elvis de Mystery Train: imágenes de América, su extraordinario libro sobre música y mitología norteamericanas. Una Ilíada de Tennessee, digamos, con un chico de jopo criado entre góspel, música afroamericana y el Mississippi.
Antes de Elvis, esa mitología ya había llevado a Robert Johnson hasta un cruce de caminos para venderle el alma al diablo a cambio de tocar la guitarra como nadie.
Mis muertos tristes. La serie de Netflix dirigida por Pablo Larraín cruza varios relatos de Mariana Enríquez.
Enríquez elige cinco textos para recorrer ese país. Maya Angelou vuelve sobre la violencia racial de su infancia en Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado. Jack Kerouac sale a la ruta en el mítico En el camino. Truman Capote encuentra a Marilyn Monroe en “Una adorable criatura”, después del funeral de Constance Collier, actriz y maestra de Marilyn. Y Michael Herr llegó a Vietnam como corresponsal de Esquire para escribir Despachos de guerra. Después llevó algo de esa experiencia al cine: Apocalypse Now y Full Metal Jacket se basan en su obra.
Mariana Enríquez sabe elegir.
Charles Manson y el monstruo frente al espejo
Pero es la quinta elección la que desacomoda la antología. Charles Manson, sentado junto a cuatro escritores. Enríquez reproduce parte de la declaración que dio durante el juicio por los asesinatos Tate-LaBianca.
En agosto de 1969, seguidores de Manson mataron a siete personas. Entre ellas, Sharon Tate, actriz, esposa de Roman Polanski y embarazada de ocho meses y medio. La llamada “Familia” vivía alrededor de Manson en un viejo rancho de California, entre drogas, sometimiento y delirios raciales. Durante el juicio, Manson se marcó una cruz en la frente. Ya en la carcel, la convirtió en una esvástica.
“Creo que ya es hora de que comiencen a observarse a ustedes mismos”, dice. Después se dirige al “señor y señora de Estados Unidos”: el perro rabioso, el demonio, el asesino, el monstruo que construyeron alrededor suyo son, sostiene, “un reflejo de su sociedad”.
Manson también terminó convertido en una imagen de ese país. Tarantino necesitó cambiarle ese "final": en Había una vez en Hollywood, Sharon Tate sobrevive.
El Estados Unidos que Mariana Enríquez lleva en la cabeza
En el prólogo, Enríquez recuerda otro Estados Unidos. Hace años decidió viajar en un micro Greyhound de Louisville a Nashville. “Soy latinoamericana, qué puede pasar”, pensó.
Subió. Durante las tres horas de viaje se cruzó con una madre adicta y sus dos hijos, un joven con “PSYCHO” tatuado en el cuello, un adolescente que hablaba como un predicador y otro pasajero leyendo pornografía en voz alta.
Elvis Presley. Una de las figuras que aparecen en el mapa personal de la cultura estadounidense que construye Enríquez.
Afuera, el micro atravesaba pueblos con nombres como Patriot, Wisdom y White House. Patriota, Sabiduría y Casa Blanca.
Cuenta que nunca se sintió tan adentro de Estados Unidos como durante ese viaje. Sin Disney, Nueva York o Chicago.
Ahí comenzó la escritura de este libro. Kerouac había recorrido esas rutas décadas antes. Pero Manson espera al final de la carretera.
“Yankees Go Home!”, desde la primera página.
Pero ese país ya vive en nuestra cabeza. Y de ahí es bastante más difícil echarlo.
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