“Descartocracia”, el imperio del descarte.
Cuando marginar, excluir, desplazar, y empobrecer obedecen a una misma lógica.
La teoría no reduce por sí sola la pobreza. Los modelos económicos son mapas que no necesariamente comprenden el territorio. Son esquemas que ordenan variables, pero no alcanzan a explicar la complejidad de una vida.
Para atenuar la pobreza no alcanzan las proposiciones abstractas. Es necesario accionar en diversos y complementarios sentidos. Y las acciones son complejas.
La Argentina probó distintos modelos: el populismo distribucionista, el militarismo autocrático, el liberalismo retórico y ahora el libertarianismo.
Los resultados sociales oscilaron. La pobreza bajó y volvió a subir. El último dato del INDEC la ubica en el 32,3% de la población durante el primer semestre de 2026. Son millones de personas. La indigencia llegó al 7,5%. Entre los chicos de 0 a 14 años, la pobreza alcanza al 44,5%.
Pero hay algo que las cifras no alcanzan a dimensionar en su hondura.
La pobreza es también una forma de quedar afuera.
¿Dentro o fuera?
Esa es la cuestión.
No se trata de imputar culpas solamente a la política ni a los entramados doctrinarios de los economistas. Hay otra enfermedad, menos visible en las estadísticas, que agrava todas las demás: la corrupción.
Proudhon escribió que la propiedad es el robo. Cabe una tautología inversa, el robo es el robo, y lo robado es aquello que les falta a otros.
La corrupción no consiste solamente en quedarse con dinero que pertenece al Estado. También es apropiarse de oportunidades, es utilizar una posición de poder para cerrar puertas, es transformar las instituciones en territorios de pertenencia.
Acontece también una corrupción que no roba dinero sino lugares.
La pobreza es falta de ingresos, pero también falta de redes. Falta de una escuela que funcione y de una salud que llegue. Falta de seguridad. Falta de reconocimiento.
Y a veces la pobreza comienza mucho antes de que falte el dinero. Empieza cuando alguien descubre que no pertenece. Eso puede suceder en un barrio, en una escuela, en un trabajo. También en la cultura, en el deporte, en las redes sociales.
El caso de Ariana Harwicz lo muestra desde otro ángulo. La escritora argentina fue retirada de un festival en Granada después de presiones relacionadas con sus posiciones sobre el boicot cultural a Israel.
Ariana Harwicz. Foto: Ariel Grinberg
La Universidad de Granada manifestó su desacuerdo con la decisión y reivindicó el pluralismo.
No es lo mismo que la pobreza económica. Pero pertenece al mismo territorio moral de la exclusión. Alguien queda afuera porque su posición no coincide con la de quienes controlan un espacio.
En ese caso, la exclusión la ejerce un oligarquía buenista que pretende apropiarse de toda la cultura y volverla unidimensional. Decide de antemano qué voces son legítimas y cuáles deben callar.
Un festival que retira a una escritora por lo que piensa, y no por lo que escribe, deja de ser un espacio literario y se convierte en un tribunal.
El apartheid como maquinaria de exclusión por etiquetado.
Las etiquetas clasifican a “buenos” y “malos”. Y así, con esa superficialidad se excluye y se persigue. Como si ser lo que se es fuera carnet de condena y pasaporte al exilio total.
El caso de la jugadora de pádel Florencia Guerra Sodero muestra la otra cara del problema. Publicó expresiones antisemitas en sus redes sociales y fue apartada preventivamente de la delegación argentina que iba a participar de un torneo Panamericano.
Florencia Guerra Sodero. Redes
Aquí la exclusión tiene otra naturaleza. No se trata de expulsar a alguien por una opinión incómoda, sino de responder institucionalmente ante expresiones discriminatorias.
Son casos distintos.
Una sociedad democrática necesita distinguir entre la intolerancia hacia las personas y la sanción de las conductas que vulneran derechos.
Si todo desacuerdo se convierte en exclusión, la libertad se empobrece. Si toda discriminación se tolera en nombre de la libertad, también.
La corrupción más profunda aparece cuando dejamos de distinguir. Aparece cuando el poder público se convierte en privilegio y cuando una institución se transforma en propiedad de una facción. Aparece cuando el dinero destinado a otros desaparece y el mérito deja de importar. Aparece cuando una persona es excluida no por lo que hizo sino por la identidad que los demás designan como maléfica. O cuando se pretende que una agresión contra otro sea apenas una opinión.
La pobreza es, en definitiva, la reducción de las posibilidades.
Una estadística puede bajar dos puntos y una vida seguir exactamente igual.
Por eso hay que mirar las vidas.
La pobreza exige políticas que sobrevivan a los gobiernos que las crean. Exige continuidad. Exige educación, trabajo, salud, seguridad y crecimiento. Exige instituciones que funcionen.
Es sencillo decirlo. Es muy arduo lograrlo. Y exige algo más profundo; que una sociedad no considere normal que haya personas descartables.
La corrupción empobrece porque roba. Pero también empobrece cuando destruye la confianza, convierte las instituciones en botines y transforma al otro en alguien que puede ser excluido, humillado o silenciado.
El problema no es solamente cuánto dinero se roba. Es qué queda de una sociedad después del robo. Porque una comunidad puede sobrevivir a una crisis económica. Lo que resulta mucho más difícil es sobrevivir a la corrupción de los vínculos que la mantienen unida.
Robar, excluir, silenciar. Son tres verbos de una misma gramática, la de quienes creen que el mundo les pertenece.
La pobreza es lo que brota cuando esa gramática gobierna.
Y gobierna.
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