Maestro de la figuración, el dibujo y la pintura. Un artista excepcional, uno de los más grandes del último siglo en nuestro país. Una trayectoria extensa, centenares de exposiciones –muchas de ellas en los principales centros nacionales e internacionales– y una obra tan fecunda como incomparable. Un compromiso social permanente, aun cuando la tragedia –por la desaparición de su hija Paloma, víctima de la dictadura militar– le sacudió hasta lo más profundo, en 1977, y le hizo replantear toda su vida y obra. Pero no declinaría nunca y siguió produciendo y exponiendo por siempre. Ese fue Carlos Alonso, un nombre que figura en lo más alto de la cultura argentina y que murió hoy a los 97 años.
Carlos Alonso. Archivo Clarín.
Nacido el 4 de febrero de 1929 en Tunuyán, en Mendoza, vivió allí hasta los 7 años, cuando sus padres –Julián, contador, y Josefina– decidieron trasladarse a la capital provincial. Carlos Alonso estudió en el Colegio de los Hermanos Maristas y allí despuntó su vocación artística, notoria al sobresalir en las clases de dibujo.
A los quince años ingresó a la Academia de Bellas Artes de la Universidad de Cuyo, donde tuvo a uno de sus más notables maestros, Raúl Gómez Cornet. Desde muy joven comenzó a recibir los principales premios artísticos en Mendoza, hasta que en 1950 se radicó en Tucumán, que se había convertido en un singular polo cultural de nuestro país.
En el Instituto Superior de Arte de la provincia norteña, Alonso tendría a otro de sus formidables maestros, Lino Enea Spilimbergo. Una relación fecunda, que se mantendría hasta la muerte del gran Spilimbergo, en la década siguiente, y a quien Alonso le dedicó una maravillosa serie de retratos (se expusieron por primera vez en la Art Gallery porteña, en 1967).
Firme posición política
Pero Alonso ya había asumido una firme posición política: militó en el Partido Comunista desde los 16 años (y recién se alejaría, junto a otros grupos de artistas e intelectuales, cuando el dogmatismo y el “sovietismo” chocaron con las virtudes artísticas). Recordó con amargura, por ejemplo, las críticas que Leónidas Barletta –muy cercano al PC– había lanzado a las obras de Alonso referidas a Spilimbergo.
Carlos Alonso. Dante x Alonso.
Alonso se había acercado a la izquierda, sobre todo al conmoverse por la pobreza que vio en las provincias del norte, como Santiago del Estero. Allí había fijado una residencia artística a fines de los 50, junto al propio Spilimbergo y a otro nombre igualmente grande en nuestra historia cultural, Antonio Berni.
En 1952, Alonso pudo exponer por primera vez en Buenos Aires, en la Galería Viau. Y el gestor de la misma, Domingo Viau, quedó tan impresionado por sus trabajos que le financió el primero de los –que serían– múltiples viajes a Europa. Tanto en España como Francia, en aquella primera incursión, Alonso pudo conocer las obras de los grandes artistas de todos los tiempos (como los impresionistas franceses, o los españoles de las épocas monárquicas).
Retrato de Carlos Alonso publicado originalmente en la célebre colección Pintores Argentinos del Siglo XX (1980-1981), una obra cumbre de divulgación cultural de la mítica editorial Centro Editor de América Latina. (Foto: Autor desconocido / Colección CEAL).
De aquel paso por Santiago del Estero también hay que citar su serie “Blanco y negro”, en la cual no acudió a la pintura, sino, simplemente, a papel barrilete, carbón y tinta. Todo para reflejar una realidad que le conmovía.
A fines de aquella década del 50 ganó el concurso Emecé, para ilustrar libros como Don Quijote y el Martín Fierro (produjo allí 13 litografías y 60 dibujos). Y se iniciaría uno de los rubros en los que Alonso brillaría como pocos: la ilustración de libros. La Divina Comedia, del Dante; El juguete rabioso, de Arlt, la Guerra al Malón, del Comandante Prado (sobre la campaña del Desierto), El matadero, de Echeverría o Los 20 poemas de amor, de Pablo Neruda serán algunas de las referencias literarias que, a partir de allí, contarían con las ilustraciones de Alonso.
También fue el autor del arte en discos emblemáticos de Mercedes Sosa (y hasta de Palito Ortega) y, en 1963, para las etiquetas de vinos de Catena Zapata.
Retrato de Carlos Alonso publicado originalmente en la célebre colección Pintores Argentinos del Siglo XX (1980-1981), una obra cumbre de divulgación cultural de la mítica editorial Centro Editor de América Latina. (Foto: Autor desconocido / Colección CEAL).
Principales exposiciones
Sucesivos viajes a Europa lo fueron colocando en el circuito de las principales exposiciones, a la vez de completar una notable formación. Por ejemplo, trabajó en el atelier que había instalado Antonio Seguí, en París. Y así, por ejemplo, su estadía de seis meses en Florencia, en 1968, fue la génesis para sus 260 trabajos sobre el Dante y la Divina Comedia.
Mientras nuestro país vivía los convulsionados años 70, hasta desembocar en la dictadura, esta toma una dimensión trágica para Alonso. Había programado la muestra El ganado y lo perdido, en Art Gallery, pero una amenaza de bomba obligó a suspenderla. Y un grupo de tareas hizo desaparecer a su hija Paloma.
La decisión de exiliarse fue inmediata, vivió los años siguientes en España e Italia. Recién retornaría poco antes de la vuelta de la democracia, siempre con un dolor imborrable. Y en 1982 fijó en Unquillo (Córdoba), su residencia y centro de trabajo definitivo.
En el décimo aniversario de la Colección Amalia Lacroze de Fortabat se profundiza su compromiso con el arte argentino con “Vida de pintor, Carlos Alonso”.
“Cuando volví del exilio con Teresa, mi mujer, y mi hijo menor, Pablo, Buenos Aires tenía una carga diabólica bastante manifiesta, se había transformado en algo más gris, triste, con gente desconectada entre sí. Ahí estaban todos los medios, las reservas, las precauciones que había que tener para los encuentros. La sensación de asesinos caminando por la calle era muy fuerte. Así que pensé que este lugar chiquito, perdido entre las sierras, Unquillo, era apropiado para mascar y elaborar mi propia tragedia personal. Fue una buena elección, me sirvió para recuperar el trabajo y para reencontrarme con elementos de la pintura”, contó en una entrevista con Página 12.
Con aquella herida que no terminaba de cicatrizar, pero con una renovada pasión artística, volvió a la producción. Una muestra en el Recoleta (2005) recupera su condición de ilustrador, en simultáneo con la aparición del libro que la sintetiza. Y ese mismo año es convocado por el IVAM de Valencia para una muestra que tiene a la “carne” como símbolo de “una clase dominante y de la violencia sobre el cuerpo”.
Entre las muestras memorables del último período hay que citar su trabajo a dúo con otro grande, Guillermo Roux, que se expuso en RO. O su homenaje a Caravaggio en la Galería Vía Margutta, en Roma, después de un estudio exhaustivo sobre un artista del post renacentista que admiraba. “Me impactó la vinculación de Caravaggio con nuestro tiempo. Sus personajes son arrancados de la calle, es un realismo descarnado”, describió Alonso.
Carlos Alonso. Adam and Eve (1965).
Y Vida de pintor, inaugurada en agosto de 2018 en el Museo Fortabat, donde 45 pinturas y 50 dibujos sintetizan parte de su maravillosa obra. Allí reflexionaba sobre el oficio del pintor, a la vez que se refiere a los artistas que le inspiraron a lo largo de su vida, y recupera series como “Las flores” (con citas a Van Gogh, que remitía a 1963), la serie “el viejo pintor” (de 1978, representando a Renoir), y también alusiones a otros grandes como Egon Schiele y Gustave Courbet.
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