El cáncer de ovario continúa siendo uno de los tumores ginecológicos con peor pronóstico y una elevada mortalidad asociada, en buena medida porque suele detectarse en fases avanzadas y todavía no existe un programa de cribado eficaz para la población general. Sus síntomas iniciales, además, pueden ser muy inespecíficos y confundirse con molestias digestivas, urinarias o abdominales frecuentes.
Con motivo del Día Mundial del Cáncer Ginecológico, celebrado hoy, 20 de septiembre, José Luis Sánchez Iglesias, facultativo especialista en ginecología oncológica del Hospital Vall d’Hebron y presidente de la Sección de Ginecología Oncológica de la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia, explica cuáles son las principales dificultades para detectar este tumor, qué mujeres presentan un riesgo más elevado y cómo han cambiado sus tratamientos gracias a la cirugía especializada y a la medicina personalizada.
¿Por qué el cáncer de ovario sigue siendo uno de los tumores ginecológicos con mayor mortalidad?
Principalmente porque alrededor del 80 % de los casos se diagnostican en fases avanzadas. Es un tumor que en estadios iniciales puede ser prácticamente asintomático y, cuando empieza a producir síntomas, estos suelen ser muy inespecíficos, lo que puede retrasar el diagnóstico. Cuando la enfermedad ya está más avanzada puede aparecer ascitis, es decir, acumulación de líquido en el abdomen, distensión abdominal o una diseminación más extensa. En ese momento, el tratamiento suele ser más complejo y requiere combinar cirugía con tratamiento sistémico. Por eso el cáncer de ovario continúa siendo el tumor ginecológico asociado a una mayor mortalidad.
El cáncer de ovario continúa siendo el tumor ginecológico asociado a una mayor mortalidad. Foto: doctorsanchezginecologia.es
¿Qué síntomas deberían llevar a una mujer a consultar con el médico?
El problema es precisamente que en las fases iniciales puede no haber ningún síntoma. Muchas veces una masa ovárica se detecta de manera casual durante una ecografía realizada por otro motivo o durante una revisión ginecológica. Cuando la enfermedad empieza a extenderse pueden aparecer síntomas urinarios, sensación de presión en la pelvis, hinchazón abdominal, digestiones pesadas, reflujo, saciedad precoz o una sensación persistente de plenitud. Son síntomas poco específicos y pueden deberse a muchas otras causas. Lo importante es prestar atención cuando estas molestias aparecen de manera persistente, son nuevas o se repiten durante varias semanas. En esos casos, especialmente si no responden al tratamiento habitual, puede ser conveniente realizar una valoración ginecológica y estudiar si existe alguna alteración.
¿Por qué no existe actualmente un programa de cribado de cáncer de ovario para toda la población?
Porque, a diferencia de otros tumores, todavía no tenemos una prueba que haya demostrado ser eficaz para detectar sistemáticamente el cáncer de ovario en fases iniciales y reducir su mortalidad en la población general. En mujeres con determinadas mutaciones hereditarias sí realizamos un seguimiento específico, que puede incluir ecografías y marcadores tumorales. Sin embargo, incluso en este grupo de mayor riesgo, estas pruebas tienen limitaciones. Además, el cáncer de ovario es menos frecuente que otros tumores para los que sí existen programas de cribado poblacional. Por todo ello, actualmente no disponemos de una estrategia comparable a la mamografía en el cáncer de mama o al cribado del cáncer de cuello uterino.
¿Qué mujeres presentan un mayor riesgo de desarrollar este tipo de cáncer?
El grupo en el que el riesgo está más claramente identificado es el de las mujeres que han heredado determinadas mutaciones genéticas. Entre las más conocidas están BRCA1 y BRCA2, que aumentan el riesgo de desarrollar cáncer de mama y también cáncer de ovario. Existen, además, otras alteraciones genéticas relacionadas con un incremento del riesgo. En estos casos se realiza asesoramiento genético y, dependiendo de la mutación, la edad y de si la mujer ha completado o no su deseo gestacional, puede plantearse una cirugía preventiva para retirar las trompas y los ovarios. En la población general, en cambio, resulta mucho más difícil identificar un perfil concreto de mujer que vaya a desarrollar la enfermedad.
¿En qué consiste actualmente el tratamiento del cáncer de ovario avanzado?
El tratamiento se basa fundamentalmente en combinar cirugía y quimioterapia, a las que pueden añadirse otros medicamentos en función de las características de la paciente y del tumor. En algunas mujeres se realiza primero la cirugía y después la quimioterapia. En otras, cuando existe mucha enfermedad y consideramos que inicialmente no podremos extirparla de forma adecuada, administramos primero varios ciclos de quimioterapia y posteriormente realizamos la intervención. El objetivo quirúrgico es intentar eliminar toda la enfermedad visible. Después pueden utilizarse tratamientos de mantenimiento, entre ellos algunos fármacos antiangiogénicos o los llamados inhibidores de PARP, dependiendo del perfil molecular del tumor y de otros factores clínicos.
En algunas mujeres se realiza primero la cirugía y después la quimioterapia. Foto: doctorsanchezginecologia.es
Remarca que es importante que la primera cirugía la realice un equipo especializado, ¿por qué?
Porque la cirugía del cáncer de ovario puede ser muy compleja. La enfermedad puede afectar no solo al aparato genital, sino también al peritoneo, al intestino, al bazo u otras estructuras abdominales. Por eso el ginecólogo oncólogo necesita una formación quirúrgica amplia o trabajar dentro de un equipo multidisciplinar que pueda abordar las diferentes áreas afectadas. El objetivo es conseguir la máxima reducción posible de la enfermedad visible. La primera intervención es especialmente importante porque puede condicionar el pronóstico posterior. Por eso insistimos tanto en que estas pacientes sean valoradas y tratadas en unidades con experiencia en ginecología oncológica.
¿Qué papel está jugando la medicina personalizada en estos tumores?
Ha supuesto un cambio muy importante. Hace unos años tratábamos a muchas pacientes de una manera bastante similar, pero ahora podemos estudiar determinadas características genéticas y moleculares del tumor y adaptar parte del tratamiento a ellas. Un ejemplo son los inhibidores de PARP, que actúan sobre mecanismos de reparación del ADN de las células tumorales y pueden ser especialmente útiles en determinados perfiles moleculares. Esto permite seleccionar mejor qué pacientes pueden beneficiarse de ciertos tratamientos. La oncología se está desplazando cada vez más hacia este modelo: no tratar únicamente según dónde aparece el tumor, sino también según sus características biológicas y genéticas.
Si no existe un cribado eficaz, ¿qué podemos hacer para intentar mejorar el diagnóstico?
Una de las estrategias más importantes es aumentar la sensibilización de los profesionales sanitarios. Médicos de familia, ginecólogos de atención ambulatoria y profesionales de urgencias deben tener presente esta posibilidad cuando una mujer consulta repetidamente por síntomas abdominales o pélvicos persistentes y poco específicos. En algunos casos puede estar indicado solicitar una ecografía y otras pruebas para descartar patología ginecológica. No significa que toda mujer con hinchazón o molestias digestivas tenga un cáncer de ovario, ni mucho menos. Pero cuando los síntomas son persistentes, nuevos o no responden a las explicaciones habituales, conviene ampliar el estudio. Mejorar ese nivel de sospecha puede ayudarnos a reducir algunos retrasos diagnósticos.
¿A qué edad suele aparecer el cáncer de ovario?
Tradicionalmente, la edad media se ha situado alrededor de los 60 años y sigue siendo un tumor más frecuente después de la menopausia. Sin embargo, también vemos pacientes más jóvenes, algunas de ellas en plena edad fértil. En los últimos años tenemos la impresión clínica de estar atendiendo a más mujeres jóvenes, aunque es importante analizar los datos epidemiológicos antes de afirmar que exista un descenso generalizado de la edad de aparición. Cuando el diagnóstico afecta a una mujer joven, además del tratamiento oncológico aparecen otras cuestiones muy importantes, como la fertilidad, la sexualidad, la imagen corporal o el proyecto familiar.
¿Cómo influye el diagnóstico en el bienestar psicológico de la persona?
El impacto puede ser enorme, especialmente en mujeres jóvenes. Hay que afrontar una cirugía importante, quimioterapia, tratamientos de mantenimiento y el miedo a que la enfermedad reaparezca. En algunos casos, además, el tratamiento puede impedir preservar la fertilidad. Por eso cada vez prestamos más atención a la calidad de vida durante y después del tratamiento. No basta únicamente con intentar aumentar la supervivencia. También tenemos que ocuparnos de la salud sexual, la fisioterapia, los síntomas derivados de los tratamientos y el acompañamiento psicológico. El objetivo es que, a medida que mejoramos los tratamientos y conseguimos que las pacientes vivan más, también podamos conseguir que vivan mejor.
Anna Calpe
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