El PJ imagina renovarse sin PASO
También el peronismo comenzó a admitir la oquedad del debate sobre las PASO. En una cumbre de pocos, con mesa y sobremesa, representantes de las tribus que deciden discutieron las ventajas que puede tener la suspensión del sistema para conseguir lo que le falta al peronismo, un impulso de renovación.
Está generalizada la idea en esa fuerza de que todas las oportunidades de poder surgieron de movimientos de renovación. Ocurrió con Cafiero-Menem en los años '80 y '90 y con el duhaldo-kirchnerismo en 2003.
En la noche del miércoles, en la mesa que reunió Máximo Kirchner en su búnker del barrio de San Telmo, Wado de Pedro —abanderado junto al anfitrión del antiaxelismo cristinista—, Ricardo Quintela, Jorge Capitanich (dos federales equidistantes en la relación con Kicillof) y el cristinista encubierto Sergio Uñac, discutieron la necesidad de ir planificando una interna abierta.
Venían de otro asado, pagado por el senador santiagueño Gerardo Zamora en la sede del PJ de Matheu, en donde este radical participó de la reunión del interbloque opositor. En esa colectividad todos defienden formalmente las PASO porque conocen el argumento del Gobierno.
Olivos cree que una PASO beneficiaría al peronismo en su armado para las presidenciales de 2027. Más allá de que sea cierto o no, ese argumento revela que el Gobierno les tiene miedo y que se opone a las PASO sólo para contrariarlos.
Los cambios en el sistema electoral no suelen modificar los resultados. Al menos en la Argentina, en donde las familias políticas suelen votar lo mismo, fieles a su sentido de pertenencia, con decisiones de alta racionalidad, no se mosquean ni por la propaganda o el modo de votar. Ni tampoco por intervenciones de Scott Bessent, que el 2025 no modificó para nada el resultado histórico de las votaciones argentinas.
Interna itinerante y en cuotas
Como no está claro si el sistema será modificado, el peronismo (como lo está haciendo el oficialismo) se prepara para la eventualidad de una suspensión o anulación de las PASO. El primer acuerdo al que se llega es estudiar el formato de una convocatoria a una interna abierta que asegure la mejor representación.
Capitanich y Uñac, dos exgobernadores del interior, coincidieron en la idea de que el mejor formato es una interna en cuotas y que mitigue el centralismo unitario que tienen las PASO. Los anfitriones de esa noche creen que el gobernador "no llega ni a la esquina" o que será víctima del conurbano. Más sensato, alguno agregó: "Pero ojo, hay que ganarle, no se lo puede echar de un empujón".
Wado, que fue ministro del Interior, fue el encargado de imaginar el camino de esa interna abierta. Las PASO son un sistema creado por el peronismo en 2010 para desbaratar a la oposición de entonces. Pero ha derivado en una herramienta útil para las oposiciones, un espectro que hoy está disperso.
Buscar un sistema que mitigue el ambacentrismo de las PASO implica admitir que siempre los distritos más grandes dominan en las elecciones, acá y en cualquier otro país. Al peronismo se le agrega otro drama: territorialmente, hay por lo menos dos peronismos. El peronismo del AMBA, que suele imponer a los candidatos presidenciales, y el peronismo del Interior, que se ha ocupado, en los últimos 40 años, de tumbar las expectativas de sus candidatos del AMBA.
No es un embrujo fatal, es consecuencia del desinterés que tienen las provincias en que el área metropolitana les imponga candidatos que, además, vienen escorados por contradicciones. Porque tampoco Buenos Aires produce muchos gobernadores propios: los suele traer de la Capital Federal. Ocurrió con Ruckauf, Solá, Scioli y Kicillof.
Un intento federalista
El oficialismo es débil y llegó al poder con el voto prestado en un proceso que es hoy difícil de reproducir, y con el resultado de un Milei elegido por descarte de opciones, que mostró otra vez la realidad de que en la Argentina hay más votos para el no peronismo que para el peronismo.
No fue magia sino una mezcla de casualidad y fracaso. Las dos coaliciones mayoritarias no acertaron en elegir buenos candidatos. Tan malos fueron Sergio Massa y Patricia Bullrich que se quedaron fuera del juego. Una interna en cuotas y que se haga en tiempos y distritos distintos, regionales, por ejemplo, beneficiaría una federalización de la representación del peronismo.
Capitanich, el dirigente más articulado del conjunto, describió las tareas inmediatas del peronismo: 1) armar una agenda política que el PJ y sus satélites hoy tienen fragmentada, como le ocurre también al oficialismo; 2) construir un programa de gobierno y 3) definir el modo de selección de los candidatos.
Axel toma y obliga
La prisa de algún acuerdo -tanto que los obligó a digerir dos asaos en una misma noche, todo un alarde de elasticidad estomacal- la empujó el lanzamiento de Axel Kicillof con una promesa de hacer algo en 2027. Sus seguidores agotaron la paciencia repitiendo que no es un lanzamiento de candidatura presidencial: "De eso hablamos el año que viene".
El uso de ese ardid argumental para mitigar la exhibición de un Kicillof presidencial obedece al intento de evitar que salten los anticuerpos. Pero Axel ya los tiene y aun así emparda las expectativas de la propia Cristina en un juego de ironía, hablando técnicamente: Axel, que quiere ser presidente, niega que sea candidato; Cristina que no puede ser presidenta -por ahora- se anota como candidata.
Primero hay que saber perder…
Tampoco ayuda a fortalecer a un gobierno estigmatizado por su debilidad que el oficialismo busque amañar el sistema electoral a sus proyectos. No lo justifica que los gobiernos anteriores lo hiciesen -hasta Macri, empapado de republicanismo, modificó la norma para el voto de los extranjeros por decreto-. La Justicia se queja de que se hagan reformas cerca de las fechas electorales.
"Estos cambios requieren un amplio consenso, a menudo con reformas constitucionales respaldadas por super mayorías -enseña el politólogo Adam Przeworski-... los votantes deben percibir que las reglas están dadas al momento de votar según ellas (...)".
"Cambiar las reglas a último momento -sigue- es una amenaza porque permite que algunas personas concluyan que sus candidatos perdieron únicamente porque se cambiaron las reglas. Y eso vuelve ilegítimas las elecciones a sus ojos" (en colaboración con John Guida, “Trump Has This Influential Theorist of Democracy Very Worried”, NYT, Sept. 11, 2020).
El autor es riguroso en este punto; se entiende porque su consigna es: "Una virtud necesaria de un demócrata es saber perder elecciones". Eso no abunda mucho por casa.
Se le achica la cancha a Milei
El oficialismo no sabe bien qué estrategia aplicar para que se repita la casualidad que lo hizo presidente a Milei. Entender qué pasó en 2023 es clave para entender lo que pueda pasar en 2027. El Gobierno pone énfasis en la reelección como el único camino, y eso acentúa la polarización, entendida como la necesidad de liquidar al adversario con las herramientas que tengan a la mano.
La insistencia en que Milei tiene un apoyo mayoritario o que su calidad como candidato resolverá todo es un espejismo que elude los resultados electorales de 2025. Es una tarea pendiente urdir una estrategia clara, que dé una opción para conservar el apoyo del voto mayoritario, que antes fue de Cambiemos y que sigue conservando el 40%.
La falta de esa estrategia alienta:
1) La dualidad de Mauricio Macri, que juega a la alianza y a la ruptura con el Gobierno según le vaya a este.
2) La oposición homeopática en pequeñas dosis de Patricia Bullrich.
3) El lanzamiento de Hernán Lacunza como opción de un PRO independiente.
4) El armado del radicalismo de los normales, que camina con la consigna de que hay que generar un candidato radical autónomo.
5) Las posiciones alternativas que despliega Victoria Villarruel, como una opción que puede contar también con una expresión electoral.
Todas esas manifestaciones pulverizan, en la imaginación predictiva del oficialismo, el segmento en donde puede apoyar el proyecto. Tampoco está probado que el público premie en las urnas a quien gestiona bien. Lo demuestra el peronismo, que en 2023 alcanzó un 44% de los votos en la segunda vuelta. Tampoco la calidad del candidato decide mucho; si no, ni Alberto Fernández ni Milei hubieran sido presidentes.
Cristina aprovecha una brecha
El estado de vulnerabilidad del proyecto reelectoral motiva salidas como la de los abogados de Cristina con argumentos que intentan reabrir el debate judicial sobre su condena en la causa Vialidad. La presentación de una autopsia sobre las licitaciones de ese organismo busca explotar una nueva situación:
1) Los números sombríos de Milei en las encuestas. Se crea o no en ellas, los políticos rumian sobre estos sondeos, que no siempre se cumplen en las urnas. Pero con que crean en ellos, basta para que sean funcionales a su conducta.
2) La nueva clase que surge en el Poder Judicial con el nombramiento de más de un centenar de nuevos magistrados (jueces, fiscales, defensores, etc.). Ocurre después de varios años de congelamiento del sistema de designación.
Del total de designaciones aprobadas y por aprobar en el Senado, un tercio o más son ternas propuestas por los gobiernos de Macri y de Alberto. O sea que nadie puede afirmar que son "jueces de Milei". Al resto tampoco se los reconoce como magistrados ligados al actual gobierno y tampoco querían asumir es etiqueta.
Son el resultado de negociaciones con gobernadores y caciques de la corporación, con quienes tiene el mejor entendimiento el ministro de Justicia, Juan Bautista Mahiques, que viene del gabinete de Macri 2015-2019.
Esa renovación le abre a la corporación la oportunidad de demostrar que ellos no tienen compromiso partidario con sectores políticos, pero especialmente con el mileísmo.
El peronismo avanza sobre esta revisión asumiendo que la Justicia en algún momento aprovechará la oportunidad para demostrar que ellos no responden a Milei. ¿Qué mejor que abrirle, aunque sea, un ventiluz a la revisión de las causas cristinistas, que parecen remachadas por sucesivos jueces que la han llevado al calabozo doméstico de San José 1111?
Tierras raras
La agenda camina desde esta semana por tierras raras. El Senado tiene previsto tratar la reforma del Banco Central, que debe volver a Diputados para retocar lo que piden los mercados y el FMI en cuanto a independencia. Una ficción de corto plazo.
Lo que se quiere aprobar ya regía cuando De la Rúa lo tumbó a Pedro Pou en la presidencia del BCRA (2001). Tampoco impidió que Cristina lo tumbase a Redrado (2010). La convivencia se resiente por las inquinas en el oficialismo.
El miércoles, en la Comisión de Labor Parlamentaria, el jefe de la bancada radical, ala negociadora con el Gobierno, propuso que el cuerpo le retire la firma de las resoluciones para modificar comisiones a Victoria Villarruel, y a los legisladores en la línea de sucesión (Bartolomé Abdala y Martín Menem).
Se queja de que la vicepresidenta se niega a aprobar cambios en las comisiones. El argumento de Villarruel es que la bancada oficialista juguetea con reemplazos de ocasión. Eso resiente el quórum y la firma de dictámenes del oficialismo.
Eduardo Vischi quiso remediarlo con ese retiro de firma y darle la atribución a un secretario de la cámara. Pidió que se decidiera en esa comisión o lo llevaría directamente al recinto. El correntino Camau Espínola, otro negociador, impidió la iniciativa con el argumento de que se debía discutir con Villarruel ausente.
Ese día presidía Labor el puntano Abdala. Es una factura de Villarruel a Patricia Bullrich y que exhibe las falencias en la conducción del bloque La Libertad Avanza, eje del entendimiento con los aliados. Victoria no quiso dejarlo pasar. José Mayans aprovechó esta maniobra para hablar de Golpe de Estado.
Villarruel estará a cargo del Poder Ejecutivo esta semana con el viaje de Milei a Nueva York (Asamblea de la ONU). La semana que viene el Poder Ejecutivo quedará en manos de Abdala, porque Milei estará en París y Victoria en España. Vienen días de promisión.
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