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Malvinas, el Caballo de Troya y la reelección de Milei; Bullrich ¿atrapada con salida?

Malvinas, el Caballo de Troya y la reelección de Milei; Bullrich ¿atrapada con salida?

Un tema sensible y los objetivos centrales del Presidente.

Si los militares de la dictadura hubieran aceptado alguna de las propuestas que se les hizo durante la guerra con Gran Bretaña, aun la que parecía más desfavorable en 1982, la Argentina ya participaría de la administración de las Malvinas o estaría en los umbrales de recuperarlas definitivamente.

Las propuestas pasaron -y se maceraron- en Washington porque el gobierno de Estados Unidos se había involucrado en una mediación entre dos aliados de peso totalmente distinto, como se vería.

Su secretario de Estado, Alexander Haig, veterano de la guerra perdida en Vietnam, era el intermediario entre la Junta de Leopoldo Galtieri, Jorge Anaya y Basilio Lami Dozo y el gobierno conservador de Margaret Thatcher. Estados Unidos se había involucrado en una disputa entre dos aliados por un “puñado de rocas heladas”, como despectivamente se había referido Ronald Reagan a las islas.

Hoy, Trump, presionando al gobierno laborista británico por la falta de apoyo en la guerra contra Irán, alude como principal razón para salir de la “neutralidad” sobre Malvinas a que son territorios que quedan demasiado lejos de Londres. Dice también sin decirlo que la expedición punitiva naval británica no hubiera sido posible sin el respaldo logístico americano. Y para poner más en contexto la actitud de Trump, les saca en cara a los laboristas británicos que hoy no lo apoyan en su guerra contra Irán.

Ilustración. Agustín Sciammarella

En 1982, el mundo se dividía entre EE.UU. y la hoy desaparecida Unión Soviética, la frontera era el Muro de Berlín que se derrumbó a fines de 1989, solo siete años después de que el general Mario Menéndez, aquel que desafiaba que “traigan al principito”, firmara la rendición. Nadie imaginaba que el príncipe Andrés, piloto de helicóptero en el portaaviones “Invincible” entonces, terminaría atrapado en el escándalo de abuso sexual de Jeffrey Epstein, muchos años después.

La guerra consolidó el dominio británico en las islas, les dio recursos y una base militar disuasiva, frente a un país cuya fuerza armada, que había ejercido con mano de hierro el poder político y dispuesto de la vida y bienes de los argentinos, en el capítulo más negro de su historia, tuvo que retirarse derrotado militar y políticamente. La democracia volvió para quedarse desde 1983.

Aquellas propuestas que se intercambiaron antes del final -administración compartida por un tiempo determinado, solución de las tres banderas con garantías norteamericanas, entre otras- contenían siempre en su formulación una certeza que se explicaba por la Guerra Fría. Si no se llegaba a una solución diplomática antes de que hablasen las armas, Estados Unidos iba a apoyar al Reino Unido. Es lo que ocurrió.

Fue la situación interna de los contendientes la que decidió el desembarco argentino para recuperar el archipiélago y la respuesta imperial británica. La orden de hundir al Belgrano tenía el mensaje de mandar al fondo del Atlántico Sur cualquier acuerdo potencial.

Hoy, el ictus nacionalista del gobierno hizo resurgir la cuestión Malvinas. Y otra vez, la situación interna argentina -como en 1976 con Shackleton y en 1982- decidió este giro.

La astucia electoral de Santiago Caputo para montarse en las insinuaciones de Trump y al fervor que despertó la pancarta reclamando por los derechos argentinos en el partido ganado a los ingleses, tema que hizo caer en desgracia a la ministra de Seguridad y la dejó en capilla. Otra historia derivada.

Este resurgimiento se dio en “otro mundo”, distinto a aquel de la guerra, y otra vez el presidente de Estados Unidos es invocado como fuente de toda sabiduría encendió en el gobierno un entusiasmo que si es manipulado puede convertirse en un chasco, como ya pasó. La historia enseña, siempre.

Aupado en esa emoción, el gobierno dio otra vuelta de tuerca y envió un proyecto de Soberanía Nacional al Congreso. Bajo el paraguas de ese sentimiento, se introdujeron muchas otras materias que apuntan a un nuevo régimen de seguridad nacional y mayor poder presidencial.

Bajo el manto de Malvinas, metieron el Caballo de Troya.

No les ha ido mal: la imagen de Milei subió 4 puntos en algunas mediciones después de reponer en la agenda las islas usurpadas. Un recurso políticamente lícito, de gran repercusión popular, que necesita ser alimentado para que ese entusiasmo no se convierta en decepción. Basta otra vez, y hay que reiterarlo, con mirar la historia.

Milei ha negado interés electoral en todo esto. Es un buen actor. Siempre, más allá de su legitimidad, la cuestión de las islas se agudizó por cuestiones internas. Y la economía de los argentinos de a pie, sigue siendo muy difícil. Aquí Caputo fue el primero que vio la ventana de oportunidad para usar a Trump y meter el giro malvinero, acuciado por la caída de imagen de Milei.

Quieren anticiparse a las perforaciones petroleras del proyecto Sea Lion, con capitales británicos e israelíes. El gobierno quiere evitar con la amenaza de sanciones -que puede provocar sorpresas insospechadas para operadores y proveedores en Vaca Muerta- que la actividad se inicie en plena campaña por la reelección de Milei.

Hay expertos que dicen que en el proyecto de Soberanía, solo el 30% se refiere a Malvinas pero la mayor parte alude a una concentración de poder en el Consejo de Seguridad que se creará, serias amenazas para la libertad de expresión y de opinión, sanciones de campañas que tengan origen o financiamiento en el exterior (fundaciones que reciban fondos de afuera).

Es curioso: Cerimedo, comandante de la guerrilla digital libertaria, preso hoy en Bolivia por intento de asesinato de su pareja, ya debiera estar detenido si hubiera existido esta ley que el gobierno intenta aprobar. El asesor fue el maestro de ceremonia de una gran campaña a favor de Milei utilizando todos los recursos que hoy se quieren reprimir.

Se amenaza reprimir las “campañas de desinformación masiva”, que no se precisan y así afectan derechos fundamentales. Algunas fuentes se defienden diciendo que temen que los rusos intervengan activamente en las elecciones del 2027. Los demócratas americanos denunciaron también que los rusos habían intervenido a favor de Trump la primera vez que llegó a la presidencia.

Según ese espíritu del proyecto, cualquier actor -periodistas, políticos, influencias, etc- podría convertirse en un “blanco de inteligencia” para investigar si su información no afecta intereses de la seguridad nacional. Punto grave, según expertos en espionaje que, además dejaron caer al pasar la información de que el director de la Escuela de Inteligencia, Juan Bautista Yofre, recurrió con éxito a Milei para evitar que la presión de Caputo joven lo hiciera renunciar.

Hay que concentrarse en lo central: Milei apunta a ser reelecto y está dispuesto a usar todas las herramientas disponibles para conseguir ese objetivo.

El primer punto es voltear las PASO. Necesita los votos de los gobernadores pero a su vez éstos quieren garantías de que los libertarios no les entorpecerán sus ambiciones en sus distritos.

Salvo el catamarqueño Jalil y Axel Kicillof, en la provincia de Buenos Aires donde puede haber una gran complicación en la concurrencia de los comicios nacionales y locales, los restantes gobernadores adelantarán sus elecciones. El gobierno les pide, para no disputarle los distritos, alguna garantía de que luego votarán a Milei, algo imposible de garantizar.

Sin embargo, lo que probablemente suceda es que se logre que no haya elecciones primarias obligatorias. Pero sí internas para definir candidatos. Quizá un dirigente peronista de primera línea lo haya escuchado de boca de Santilli o quizá haya sido un mensaje de un corre-ve-y-dile. El mensaje existió. Esa interna no obligatoria puede, solo puede, evitar una diáspora peronista, con la que sueña el gobierno. Los peronistas sueñan que, al final, parirán un candidato único competitivo.

La flexibilidad que muestran los negociadores del oficialismo hacia afuera no funciona, hacia adentro.

Patricia Bullrich acaba de mostrar de provocar otro alboroto interno: usó la palabra “tonta” para no usar otra más fuerte como traición cuando leyó el proyecto de presupuesto y los recortes en discapacidad.

La senadora marca el territorio y advierte. Logró con su rebeldía que se revean los recortes en discapacidad, evitando quizá una derrota política del gobierno en el Congreso.

Para uno de los miembros de la “mesa política” que conduce Karina Milei, Bullrich es totalmente impredecible y cree que, en el fondo, quisiera una interna para enfrentar a Milei, si este sigue afectado por el malestar económico de la sociedad.

Este comentario vitriólico tiene la lectura obvia de que temen que la senadora les de una sorpresa. Ya vieron que Villarruel mide 5 % en las encuestas (en otras toca el 7%) y que Bullrich tiene alguna capacidad en su favor para regenerar una coalición de desperdigados solo por el espanto. ¿Cuál es el lugar que tendrá Bullrich en la grilla electoral? ¿Compañera de fórmula? ¿Candidata a jefa de Gobierno? ¿Desafiante de Milei?

El gobierno está esperando que Mauricio Macri termine consagrando a su primo Jorge en la Ciudad para ordenar esa alianza con el PRO. La respuesta del ex presidente, de fría relación con su primo, tarda demasiado en llegar.

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