04/09/2026 07:08
Eduardo Castex
Impacto Castex
ESPECTACULOS

La nueva historia de Marcelo Birmajer: El viaje

La nueva historia de Marcelo Birmajer: El viaje

Benito hace camafeos y le lleva personalmente uno de ellos a la mujer con la que se enamoraron. Claro que en el largo trayecto hacia ella pasan cosas.

Benito Disanzo, el señor de los camafeos, no lograba recordar en qué momento preciso su intercambio de cartas con Lucy Garedo había derivado en un intenso deseo de conocerse personalmente.

Benito se dedicaba al retrato y la composición de pequeños óvalos rebatibles, que los clientes llevaban colgados del cuello, recordando hijos, parientes fallecidos, personas amadas.

La propia Lucy le había enviado, por carro y barco, su retrato de cuerpo entero y el pago en doblones de la seña correspondiente.

Benito sólo contaba con las cartas de Lucy para cotejar. Y no lograba descifrar a cuál de las suyas la muchacha había respondido con una mezcla de pudor e interés, dejando entrever que no se negaría si él quisiera viajar. A esa sutil esperanza habían seguido cartas progresivamente cálidas, y finalmente el mutuo deseo de comprometerse.

Sería un viaje de por lo menos 12 días, si el clima y las mareas lo acompañaban. No lo reconfortaba cerrar el taller, y mucho menos anticiparle a los pendientes el retraso en los pedidos. Pero se le había encendido un anhelo irreprimible.

También Benito se había resignado a enviar un retrato de cuerpo entero, confeccionado por Maese Picas, en otros órdenes su principal competidor. Reconocía que el esmerado dibujante había logrado una estupenda versión de su presencia. Sin ser falsa, lo favorecía notoriamente.

No le gustaban los retratos de cuerpo entero, comenzando porque eran la alternativa a su negocio. Quedaba desguarnecido cuando lo exponían del rostro para abajo. Lo mejor y lo peor de un individuo retratado, se deducía de sus facciones. El resto sólo podía comprobarse en vivo. Al menos esa era la hipótesis del señor de los camafeos, probablemente influenciada por su conveniencia.

El clima lo acompañó en el trayecto por tierra, pero más aún la inquietud. ¿Cómo reaccionaría Lucy al descubrir que Benito no era tal como Maese Picas lo había expresado? Tampoco podría decir que era otra persona... Era indudablemente un retrato de Benito Disanzo. Pero... ¿Quizás el maestro le hubiera jugado adrede una mala pasada? No, no podía ser. Era un profesional. Igual que el propio Benito.

En la segunda posta abordó la diligencia una tal Lady Brenda, que llevaba su mismo destino. Lo supo porque se lo comentó al cochero. Era una pelirroja casi vocinglera, sarcástica y movediza. Usaba una camisa de seda rústica, henchida por naturaleza. Llevaba el cabello suelto, como una bruja. Pero no era desagradable. Comía como un hombre, sin perder la feminidad. Trabaron diálogo porque era imposible permanecer en silencio tanto tiempo. En el mismo carromato viajaba un matrimonio con dos hijos, los Salcedo.

Lady Brenda se interesó instantáneamente en el oficio de Benito.

-¿Qué buscan sus clientes al encargar un retrato de sus seres queridos?

-Aunque no demasiado -replicó Benito-, confieso haber pensado en ese asunto. Supongo que compañía.

-¿Alguna vez le pidieron el retrato de un enemigo? -avanzó Lady Brenda.

-No que yo recuerde. Pero claro que puede haber ocurrido, sin que el cliente me lo advirtiera. Seguro hubo quienes compraron el camafeo de la persona amada, que con el tiempo se convirtió en enemigo.

Lady Brenda soltó una risa tan fresca que, de no haber sido su carácter igual de espontáneo, hubiera podido interpretarse como la respuesta a un cortejo. En el barco no se distanciaron.

Las olas no llegaron a representar un peligro inminente, pero tampoco era el nivel más tranquilizador. El bamboleo los juntaba. La dama requería en silencio de la calma del caballero.

Benito se dijo que a Brenda no había manera de decepcionarla. Lo estaba aceptando con su estatura, sus piernas un poco enclenques, sus hombros desparejos. Y también ella, a su vez, exponía imperfecciones. Por momentos revelaba cierta vulgaridad, pero en otros parecía hecha de rocío y azahar. Se llevaban bien, se reían, hablaban.

Lady Brenda regresaba a su patria luego de un viaje familiar: la visita a unos parientes por parte de madre. No terminaba de quedar claro si era una familia reconocida. Benito informó hasta donde pudo sobre su propio viaje: llevaba un camafeo a una clienta. Lady Brenda no preguntó por qué lo llevaba personalmente.

Durante una jornada particularmente tormentosa, a tres días, supuestamente, de arribar a puerto, Lady Brenda le pidió que iniciara su propio camafeo. Benito pensó en negarse por falta de materiales. Pero podían conseguir con facilidad lápiz y papel. No había más remedio que llevar a cabo la tarea en uno de los dos camarotes. El barco se balanceaba entre ráfagas de agua.

En ese encuentro, cuando la luz de la tarde ya había desertado y Benito promediaba el rostro de Brenda al amparo de un candil, se besaron. Pero ambos consideraron apresurada esa apuesta. Brenda lo detuvo. Benito regresó a su camarote.

Faltaban doce horas para el amarre cuando Benito se dirigió al camarote de Brenda convencido de su propósito.

Brenda preguntó retóricamente quién era, Benito declaró tras la puerta:

-Lady Brenda, dejé su retrato a medio hacer. Permítame terminarlo en el tiempo que nos quede por delante, como su fiel compañero y seguro festejante. Le confieso que viajaba por muy otros motivos. Pero ya ve... la marea ha cambiado el curso de mi vida.

Lady Brenda lo hizo pasar. Incluso a esa hora del mediodía, la luz era mortecina, opacada por el cielo plúmbeo del país. Ambos rostros lucían especialmente auténticos en esa escena. Pero Benito descubrió que el cabello ayer rojizo, al acercarse a la costa se había tornado negro como el azabache.

-Éste es el segundo retrato que dibuja usted de mí -explicó enigmáticamente Lady Brenda-. El primero ha de estar entre sus pertenencias, y aquí se lo pago en los doblones convenidos. Ya se lo dará a mi secretario en la dirección acordada. Por otra parte, tomé la precaución de conocerlo en persona antes de atar mi destino al vuestro, señor de los camafeos. Mi nombre cuando viajo por vuestra patria es Lady Brenda, pero en la mía soy Lucy Garedo. Dios sabe que no nos habría convenido condenarnos el uno al otro por el resto de nuestras vidas. De todos modos, ha sido un placer conocerlo.

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