La relación transatlántica atraviesa uno de sus momentos más delicados en décadas. La creciente tensión entre Estados Unidos y la Unión Europea (UE) en torno a Groenlandia abrió un frente político, económico y estratégico que pone a prueba la solidez de las alianzas occidentales. Las amenazas del presidente estadounidense, Donald Trump, de imponer aranceles; su insistencia en avanzar hacia un mayor control estadounidense de la isla ártica, y las respuestas cada vez más firmes desde Europa convirtieron a Groenlandia en el epicentro de un conflicto que va mucho más allá de su geografía.
El inquilino de la Casa Blanca justifica su interés desmedido en Groenlandia apelando a la seguridad nacional de Estados Unidos. Según su argumento, la vasta isla –estratégicamente ubicada entre el Ártico y el Atlántico– es clave para disuadir posibles amenazas de China y de Rusia, en un contexto de creciente competencia geopolítica en el Ártico. La presencia de recursos naturales, incluidos metales de tierras raras, y la existencia de infraestructuras militares estadounidenses, como la base espacial de Pituffik, refuerzan, a su juicio, la necesidad de que Washington tenga un papel más dominante en la región. En esta línea, Trump llegó a vincular su presión económica, mediante aranceles, con el despliegue simbólico de tropas europeas en Groenlandia y con la negativa de Dinamarca a ceder terreno en la negociación.
Respeto mutuo
Sin embargo, desde Nuuk, la capital groenlandesa, la respuesta es clara y contundente. El primer ministro de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, rechazó de plano cualquier planteamiento que cuestione la integridad territorial de la isla. “El derecho internacional no es un juego”, afirmó, subrayando que esos principios deberían ser el pilar común de las democracias occidentales. Nielsen recordó que Groenlandia ha sido durante décadas un aliado leal de Estados Unidos y de la Otan, y se mostró dispuesto a cooperar más estrechamente en materia de seguridad, pero siempre desde el respeto mutuo. De lo contrario, advirtió, será imposible construir una asociación “buena y fiable”.
Las palabras del líder groenlandés encontraron eco en Bruselas. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, cuestionó abiertamente la fiabilidad de Trump tras su anuncio de imponer, a partir de febrero, un impuesto del 10% a las importaciones procedentes de países europeos que respaldan a Dinamarca. En el Foro Económico Mundial que se desarrolla desde el lunes en Davos, Suiza, recordó ayer que la UE y Estados Unidos alcanzaron un acuerdo comercial el verano pasado y lanzó un mensaje directo a Washington: “Un trato es un trato”. Von der Leyen advirtió que la respuesta europea será “firme, unida y proporcional”, y alertó de que una escalada sólo beneficiaría a los adversarios estratégicos comunes.
La crítica a la fiabilidad del presidente estadounidense fue compartida por otros líderes europeos. La alta representante de la UE para Asuntos Exteriores y de Seguridad, Kaja Kallas, fue especialmente tajante al asegurar ante el Parlamento Europeo que “las amenazas diarias” de Trump no llevarán a Dinamarca a entregar Groenlandia. Kallas advirtió que el uso de aranceles como herramienta de presión corre el riesgo de empobrecer tanto a Europa como a Estados Unidos y de socavar la prosperidad compartida. A su vez, subrayó que, si existen preocupaciones legítimas sobre la seguridad de Groenlandia, la Otan dispone de mecanismos adecuados para abordarlas, sin recurrir a amenazas unilaterales.
Macron, sin medias tintas
Francia fue más lejos en su respuesta política. El presidente Emmanuel Macron calificó de “locura” la posibilidad de que aliados históricos entren en una guerra comercial y planteó abiertamente que la UE utilice sus instrumentos económicos más poderosos. Entre ellos, destacó el mecanismo anticoacción –conocido como el “bazuca comercial”– y la eventual suspensión del acuerdo comercial con Estados Unidos. Esta postura fue respaldada por el ministro francés de Exteriores, Jean-Noël Barrot, quien defendió congelar la ratificación del pacto y dejó claro que Francia “no se somete a ningún chantaje”. Para París, lo que está en juego no es sólo Groenlandia, sino la integridad de un territorio europeo bajo el paraguas de la Otan.
Al mismo tiempo, en Dinamarca, la primera ministra, Mette Frederiksen, adoptó un tono de prudencia, aunque sin ocultar su preocupación. Advirtió que “lo peor aún puede estar por venir” y reiteró que su gobierno nunca buscó el conflicto, sino la cooperación. Al mismo tiempo, propuso una solución que apunta directamente al ámbito de la seguridad colectiva: una presencia permanente de la Alianza Atlántica en y alrededor de Groenlandia, inspirada en el modelo aplicado en los países bálticos. Según Frederiksen, esta presencia reforzaría la seguridad de la isla y respondería a las preocupaciones estratégicas sin poner en cuestión la soberanía.
Incertidumbre y euro en alza
La tensión política también tuvo efectos inmediatos en los mercados. El euro se fortaleció y superó los 1,17 dólares, impulsado por la incertidumbre comercial generada por las amenazas arancelarias de Trump. Este movimiento refleja la percepción de los inversores de que el conflicto podría derivar en represalias económicas y en una redefinición de las relaciones comerciales transatlánticas.
Mientras tanto, en las calles heladas de Groenlandia aparecen símbolos de protesta que condensan el malestar social. Por caso, las gorras rojas con el lema “Make America Go Away” (“Haz que América Desaparezca”) se han convertido en un gesto visible de rechazo a las ambiciones de Trump, paradójicamente impulsado en gran medida por compradores estadounidenses. Más allá de lo anecdótico, estas protestas subrayan un mensaje central: Groenlandia no es un objeto de negociación entre potencias, sino una comunidad con derecho a decidir su propio futuro.
La relación transatlántica atraviesa uno de sus momentos más delicados en décadas. La creciente tensión entre Estados Unidos y la Unión Europea (UE) en torno a Groenlandia abrió un frente político, económico y estratégico que pone a prueba la solidez de las alianzas occidentales. Las amenazas del presidente estadounidense, Donald Trump, de imponer aranceles; su insistencia en avanzar hacia un mayor control estadounidense de la isla ártica, y las respuestas cada vez más firmes desde Europa convirtieron a Groenlandia en el epicentro de un conflicto que va mucho más allá de su geografía.El inquilino de la Casa Blanca justifica su interés desmedido en Groenlandia apelando a la seguridad nacional de Estados Unidos. Según su argumento, la vasta isla –estratégicamente ubicada entre el Ártico y el Atlántico– es clave para disuadir posibles amenazas de China y de Rusia, en un contexto de creciente competencia geopolítica en el Ártico. La presencia de recursos naturales, incluidos metales de tierras raras, y la existencia de infraestructuras militares estadounidenses, como la base espacial de Pituffik, refuerzan, a su juicio, la necesidad de que Washington tenga un papel más dominante en la región. En esta línea, Trump llegó a vincular su presión económica, mediante aranceles, con el despliegue simbólico de tropas europeas en Groenlandia y con la negativa de Dinamarca a ceder terreno en la negociación.Respeto mutuoSin embargo, desde Nuuk, la capital groenlandesa, la respuesta es clara y contundente. El primer ministro de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, rechazó de plano cualquier planteamiento que cuestione la integridad territorial de la isla. “El derecho internacional no es un juego”, afirmó, subrayando que esos principios deberían ser el pilar común de las democracias occidentales. Nielsen recordó que Groenlandia ha sido durante décadas un aliado leal de Estados Unidos y de la Otan, y se mostró dispuesto a cooperar más estrechamente en materia de seguridad, pero siempre desde el respeto mutuo. De lo contrario, advirtió, será imposible construir una asociación “buena y fiable”.Las palabras del líder groenlandés encontraron eco en Bruselas. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, cuestionó abiertamente la fiabilidad de Trump tras su anuncio de imponer, a partir de febrero, un impuesto del 10% a las importaciones procedentes de países europeos que respaldan a Dinamarca. En el Foro Económico Mundial que se desarrolla desde el lunes en Davos, Suiza, recordó ayer que la UE y Estados Unidos alcanzaron un acuerdo comercial el verano pasado y lanzó un mensaje directo a Washington: “Un trato es un trato”. Von der Leyen advirtió que la respuesta europea será “firme, unida y proporcional”, y alertó de que una escalada sólo beneficiaría a los adversarios estratégicos comunes.La crítica a la fiabilidad del presidente estadounidense fue compartida por otros líderes europeos. La alta representante de la UE para Asuntos Exteriores y de Seguridad, Kaja Kallas, fue especialmente tajante al asegurar ante el Parlamento Europeo que “las amenazas diarias” de Trump no llevarán a Dinamarca a entregar Groenlandia. Kallas advirtió que el uso de aranceles como herramienta de presión corre el riesgo de empobrecer tanto a Europa como a Estados Unidos y de socavar la prosperidad compartida. A su vez, subrayó que, si existen preocupaciones legítimas sobre la seguridad de Groenlandia, la Otan dispone de mecanismos adecuados para abordarlas, sin recurrir a amenazas unilaterales.Macron, sin medias tintasFrancia fue más lejos en su respuesta política. El presidente Emmanuel Macron calificó de “locura” la posibilidad de que aliados históricos entren en una guerra comercial y planteó abiertamente que la UE utilice sus instrumentos económicos más poderosos. Entre ellos, destacó el mecanismo anticoacción –conocido como el “bazuca comercial”– y la eventual suspensión del acuerdo comercial con Estados Unidos. Esta postura fue respaldada por el ministro francés de Exteriores, Jean-Noël Barrot, quien defendió congelar la ratificación del pacto y dejó claro que Francia “no se somete a ningún chantaje”. Para París, lo que está en juego no es sólo Groenlandia, sino la integridad de un territorio europeo bajo el paraguas de la Otan.Al mismo tiempo, en Dinamarca, la primera ministra, Mette Frederiksen, adoptó un tono de prudencia, aunque sin ocultar su preocupación. Advirtió que “lo peor aún puede estar por venir” y reiteró que su gobierno nunca buscó el conflicto, sino la cooperación. Al mismo tiempo, propuso una solución que apunta directamente al ámbito de la seguridad colectiva: una presencia permanente de la Alianza Atlántica en y alrededor de Groenlandia, inspirada en el modelo aplicado en los países bálticos. Según Frederiksen, esta presencia reforzaría la seguridad de la isla y respondería a las preocupaciones estratégicas sin poner en cuestión la soberanía.Incertidumbre y euro en alzaLa tensión política también tuvo efectos inmediatos en los mercados. El euro se fortaleció y superó los 1,17 dólares, impulsado por la incertidumbre comercial generada por las amenazas arancelarias de Trump. Este movimiento refleja la percepción de los inversores de que el conflicto podría derivar en represalias económicas y en una redefinición de las relaciones comerciales transatlánticas.Mientras tanto, en las calles heladas de Groenlandia aparecen símbolos de protesta que condensan el malestar social. Por caso, las gorras rojas con el lema “Make America Go Away” (“Haz que América Desaparezca”) se han convertido en un gesto visible de rechazo a las ambiciones de Trump, paradójicamente impulsado en gran medida por compradores estadounidenses. Más allá de lo anecdótico, estas protestas subrayan un mensaje central: Groenlandia no es un objeto de negociación entre potencias, sino una comunidad con derecho a decidir su propio futuro. La Voz

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