El resurgimiento de las protestas callejeras en Irán no ha sido una sorpresa. Expertos en política y economía lo venían advirtiendo desde hace tiempo.
Las cada vez más sombrías expectativas ciudadanas y el declive financiero del país indicaban que la sociedad estaba al borde de una explosión social, por lo que las únicas incógnitas eran el momento, el lugar y la forma en que prendería la chispa.
Todo parece indicar que la combinación de fuertes presiones económicas y estancamiento político ha dado lugar a una nueva ola de protestas callejeras.
En los primeros días, el gobierno y los medios afines afirmaron que “reconocían” las manifestaciones populares e intentaron encuadrarlas como demandas exclusivamente “económicas”.
Pero posteriormente, a medida que aumentaban las tensiones y los informes sobre enfrentamientos violentos con los manifestantes, las autoridades endurecieron su tono.
En algunas regiones se pidió una “respuesta legal, judicial y contundente” contra quienes describieron como “alborotadores y perturbadores de la seguridad y el orden público”.

Durante los primeros días, el gobierno de Masoud Pezeshkian fue señalado por medios críticos como responsable de la situación existente, y en la cobertura oficial de las protestas no se hizo mención a consignas contra el sistema ni contra el ayatolá Ali Jamenei.
En esa misma línea, el portavoz del gobierno anunció que, en respuesta a las protestas callejeras, se habían previsto “dos medidas: canastas de alimentos y créditos” para mejorar la situación de subsistencia de la población.
Estas medidas, sin embargo, no lograron apagar el fuego de las protestas.
En los últimos meses, los medios iraníes reprodujeron repetidas advertencias de expertos y activistas económicos y políticos.
Estos argumentaban que el aumento de los precios y el costo de vida junto con el caos en el mercado y los negocios crearían las condiciones para una nueva ola de protestas.

“Irán ha sido saqueado y ya no existe como tal. El 40% de los activos del sistema bancario iraní existen sobre el papel, pero no en la realidad. El crecimiento económico del país es cero”, declaró el economista Saeed Laylaz dos días antes de que estallaran las primeras manifestaciones callejeras.
En una entrevista con el medio Khabar Online, Laylaz aseguró que “la República Islámica de Irán ha llegado a su nivel más bajo de legitimidad y está corrompida”, por lo que “serían necesarias medidas gigantescas para resolver los problemas económicos”.
El economista recordó que durante las protestas de finales de 2017 presentó un análisis según el cual “la República Islámica y el señor Jamenei se enfrentan a un dilema clave: preservar el sistema o preservar sus componentes”.
Y añadió: “El gobierno todavía no ha llegado a la conclusión de que el sistema sea más importante que sus partes, y estas están corrompidas hasta la médula. Todas las estructuras del sistema han participado en este saqueo”.
Desde la perspectiva de figuras como Saeed Laylaz, “los hombres del sistema” han llevado al país a un “callejón sin salida” para proteger sus propios intereses y están dispuestos a que el país se desestabilice con tal de salvaguardarlos.
Pese a estas advertencias sobre la situación del país, el ayatolá Jamenei, líder de la República Islámica, no parece mostrar una preocupación especial.
En un encuentro con recitadores religiosos el mes pasado, al ser preguntado por la letalidad de las tormentas de polvo en Juzestán, afirmó: “La República Islámica está avanzando. Tenemos muchas carencias. El polvo de Juzestán es uno de los problemas más pequeños. Pero el país avanza y progresa”.

¿Por qué vuelve a haber protestas?
Las protestas de años anteriores muestran que cada ola de movilización en Irán ha comenzado con un detonante concreto: desde la inflación en 2017-18 hasta el aumento del precio de la gasolina en noviembre de 2019, y la muerte de Mahsa Amini, que dio lugar al movimiento “Mujer, Vida, Libertad”.
El analista político Navid Kalahroudi considera que las protestas recientes se diferencian de las anteriores en cuatro aspectos.
En declaraciones al servicio persa de la BBC, Kalahroudi señala como primer factor distintivo el “estado de suspensión”.
Según él, tras la reciente guerra de 12 días contra Israel, la República Islámica de Irán se encuentra en una situación de “pausa”: amplios sectores de la sociedad y del propio gobierno están a la espera de un gran acontecimiento, mientras en la práctica no se actúa ni se toman decisiones.
Como segundo factor, Kalahroudi menciona la variable de la “monarquía”.
Sostiene que durante el movimiento de Mahsa Amini todos los grupos opositores se presentaron como actores en la escena política, mientras que en las protestas actuales se han replegado.
En este contexto, Reza Pahlavi y sus partidarios se presentan como los principales aspirantes y alternativa a la República Islámica, y el comportamiento del propio régimen sugiere que considera al sucesor del sha en el exilio como su principal amenaza, rival y potencial reemplazo.
Kalahroudi cree que el país se encuentra en una fase de “transición”, que se han intensificado las posturas radicales en la sociedad y que la opinión pública y distintos sectores sociales, incluidos los artistas, se han visto obligados a trazar líneas claras de separación con el gobierno.
La nueva generación, especialmente los estudiantes, no se siente vinculada ni al reformismo ni al conservadurismo, y la incapacidad de Masoud Pezeshkian para resolver los problemas ha transformado las últimas esperanzas de mejora en desaliento.
Sobre la situación financiera, Kalahroudi define las protestas como “completamente económicas” y sostiene que, a diferencia del movimiento de Mahsa, el gobierno no puede atribuirlas al “enemigo”.
Al ser preguntado por las similitudes entre las protestas actuales y las anteriores, afirma que “al igual que antes, los manifestantes han salido a la calle, y el gobierno y las fuerzas especiales saben cómo reprimir, controlar y sofocar las protestas”.
Añade que las fuerzas opositoras fuera del país siguen siendo pasivas y “meramente descriptivas” respecto a lo que ocurre dentro de Irán, y que “la cohesión de las fuerzas de seguridad se mantiene”.

¿Se enfrentará Pezeshkian a la población?
Tras el cierre de comercios en protesta por la subida del precio del dólar y la extensión de las manifestaciones a las calles, el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, se reunió con representantes de gremios y comerciantes, y prometió resolver sus problemas.
Mohammad Javad Rouh, director del diario Ham-Mihan, afirmó que si no se resuelven los problemas económicos y las sanciones, “este tipo de diálogos se limitarán a gestos simbólicos y palabras de consuelo”.
Y añadió: “Que el presidente, como máximo responsable del poder ejecutivo, diga que escucha la voz de los manifestantes es, en principio, un gesto positivo. Pero esta reacción se produce cuando las protestas ya han llegado a las calles, lo que revela un enfoque reactivo y pasivo, y plantea inmediatamente la pregunta de por qué no se activaron antes los mecanismos de diálogo”.
Han pasado unos 18 meses desde que Pezeshkian asumió la presidencia. Desde el primer día de su mandato se ha enfrentado a múltiples crisis internas y externas, pero ahora parece encontrarse cara a cara con la población.
“He dicho muchas veces que si alguien tiene que ponerse frente al pueblo, yo no estaré ahí”, declaró hace un mes.
Coincidiendo con la reunión de Pezeshkian con los gremios, el portal de noticias y análisis Fararu publicó un editorial en el que enumeraba lo que consideraba errores del mandatario, empezando por su candidatura a la presidencia.

El propio Pezeshkian reconoció haber quedado “impactado” por el resultado electoral, ya que “no pensaba que fuera a ser presidente”.
El medio señaló como sus principales defectos su lema de la “concordia”, su “falta de valentía para tomar decisiones”, la abundancia de discursos y lo que describió como una política de “terapia verbal”.
El economista Saeed Laylaz coincide con esta visión.
“El gobierno de Masoud Pezeshkian ha llegado a una parálisis en la toma de decisiones. No se decide nada. Se celebran muchas reuniones, pero no producen resultados. Carece de un sistema efectivo de toma de decisiones, incluso para adoptar decisiones equivocadas”.
El 12 de diciembre, coincidiendo con la implantación de un sistema de tres precios para el combustible, algunos diarios reaccionaron con el titular “Un sábado tranquilo con gasolina” en alusión a la ausencia de disturbios, pese al temor de que se repitieran protestas similares a las de noviembre de 2019.
El 15 de diciembre, el activista político y periodista Abbas Abdi rechazó en un artículo publicado en el diario Etemad la relación directa entre la subida del precio de la gasolina y las protestas.
“La protesta popular tiene otras raíces y se está acumulando. Al mantener estable el precio de la gasolina intentan no dar un pretexto a la población, pero no acaban con la fuente del descontento. Como resultado, el malestar aumenta y, tarde o temprano, encontrará su propio pretexto para estallar”, escribió.

“La calle” según el gobierno
El gobierno iraní ha sido siempre especialmente sensible a la presencia de la población en el espacio público y en las calles.
Las concentraciones callejeras en apoyo al gobierno reciben una amplia cobertura de los medios oficiales, pero cuando esa presencia adquiere un carácter de protesta, el tono y la actitud de las autoridades cambian de forma notable.
En los años posteriores a la Revolución de 1979, el gobierno iraní no solo no ha tolerado las protestas callejeras, sino que ha evitado incluso concentraciones no políticas con gran afluencia de público, como conciertos al aire libre o partidos de fútbol.
La cancelación del concierto del músico Homayoun Shajarian en la plaza Azadi y, en contraste, la celebración de un recital organizado por el Ayuntamiento de Teherán en la plaza Enghelab, con amplia promoción de la radiotelevisión estatal, son ejemplos de este doble rasero.
El evento tuvo una acogida limitada y la estatua del emperador romano Valeriano, inaugurada al mismo tiempo, fue retirada de la plaza Enghelab pocos días después.
El análisis de la cobertura de los medios y agencias iraníes muestra que, en los primeros días, las informaciones sobre las protestas se publicaron con precauciones específicas, como la eliminación o minimización de consignas consideradas “rupturistas” contra Ali Jamenei, y el uso de titulares como “encuentro con los manifestantes”, “distinto enfoque del gobierno de la concordia ante las protestas” o “distinción de los manifestantes frente a los abusos de los enemigos”.

La radiotelevisión estatal se presentó como el “primer narrador sobre el terreno” en la cobertura de las noticias relacionadas con la gasolina y el mercado de divisas.
Con la persistencia de las protestas en distintas ciudades del país, todo indica que las promesas económicas del gobierno y los cierres puntuales no están logrando desactivarlas.
A medida que continúan las movilizaciones, algunos funcionarios han tratado de diferenciar entre las protestas de carácter económico y lo que califican como “actos destructivos”.
En este contexto, Ali Larijani, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, distinguió a los comerciantes que protestan de los “elementos destructivos”, y advirtió de que una injerencia extranjera en este asunto interno podría provocar una mayor inestabilidad en la región.
Esto se interpreta como una referencia implícita a la reacción de Donald Trump, presidente de Estados Unidos, quien ha advertido al gobierno iraní de que, si “mata” a los manifestantes, EE.UU. acudirá en su “rescate”.
Al mismo tiempo, Mohammad Javad Haj Ali Akbari, imán de los rezos del viernes en Teherán, describió en su sermón del 2 de enero la preocupación de comerciantes y gremios por la inestabilidad económica y la subida del tipo de cambio como “real y legítima”.
Afirmó que el gobierno y el sistema reconocen estos problemas de subsistencia y considera una prioridad resolverlos.
Subrayó, no obstante, que la protesta legítima debe mantenerse dentro de los marcos legales y advirtió de que convertir los problemas económicos en una crisis de seguridad perjudicaría directamente el sustento de la población.
El cambio de tono de algunos funcionarios y medios cercanos al gobierno -que cada vez más llaman “alborotadores” a los manifestantes- puede dar pistas sobre cómo variará la respuesta del gobierno iraní si las protestas continúan, se amplían geográficamente o se suman nuevos sectores sociales.
Muchos iraníes salieron a la calle para protestar por la situación del país; expertos lo advertían desde hacía tiempo

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