Hace ya un largo tiempo que la Conmebol viene intentando imitar el modelo Champions League en sus torneos. No modificó todavía el formato, como hicieron los europeos la temporada pasada, pero no sería de extrañar que repita la jugada en un futuro no demasiado lejano, así como ya fue incorporando más y más equipos a la Libertadores y la Sudamericana, liquidó las viejas finales con partidos ida y vuelta para resolver todo en único choque en campo neutral y organiza espectáculos musicales en la previa de las grandes tardes.
Existe sin embargo un “detalle” en el cual, por ahora, sigue habiendo un océano de distancia. Los encuentros decisivos de este lado del Atlántico se encaran de un modo que no se parece en nada a lo que ocurre cruzando el mar. Los mismos jugadores que desarrollaron buena parte de sus carreras en Europa transmutan su comportamiento al regresar al terruño continental: si allá se dedican a tocar de primera e ir a buscar, acá se apuntan al choque físico permanente; si allá se levantan de manera instantánea cuando van al suelo, acá exageran la frecuencia e intensidad de las caídas.

Esto no significa, ni mucho menos, que todas las finales europeas sean de una calidad maravillosa. A veces, incluso, las razones tácticas generan ciertas dosis de aburrimiento, pero al menos la pelota corre más tiempo sin interrupciones por faltas innecesarias ni discusiones ampulosas que solo buscan complicarle la vida más de la cuenta al árbitro. No fue lo que ocurrió en Lima.
Sin importar la gran cantidad de jugadores de Flamengo y Palmeiras con pasado en el Viejo Continente, la quinta definición de Copa Libertadores entre equipos brasileños desde 2020 fue típicamente sudamericana. Emotiva, dramática, aguerrida, peleada, conversada, polémica, decididamente fea. Y como suele suceder en estos casos, decidida más por acciones sueltas que por el desarrollo del juego. Esta vez fueron dos.
El error de los árbitros argentinos
La primera ocurrió a los 30 minutos de la primera mitad. En una jugada intrascendente en mitad de cancha, el chileno Erick Pulgar (de buen partido, al margen de este segundo que pudo ser fatal) le aplicó un planchazo alevoso en la región tibial a Bruno Fuchs. Darío Herrera estaba cerca, vio lo que pasó y solo le enseñó la tarjeta amarilla. Héctor Paletta, en el VAR, hizo mutis por el foro (o llamó, pero Herrera simuló no escucharlo). Era roja sin duda y Palmeiras tendrá una razón de queja para el resto de la historia cuando se hable de este partido.
¿Era para expulsión? 😳💥
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La otra fue a los 21 del segundo tiempo. Murilo Cerqueira dejó salir por el fondo un balón pensando que era saque de arco. Había rozado en un compañero. Fue córner, lo ejecutó Giorgian De Arrascaeta (nominado con justicia Héroe del Torneo), marcó mal la defensa del Verdão y la foto del salto y el frentazo de Danilo quedará para siempre en la memoria del Mengão. La pelota salió disparada hacia el palo derecho, rebotó y se fue a la red: suficiente para dar la vuelta olímpica y convertir a los rojinegros en el club brasileño más ganador de la Libertadores, con cuatro títulos.
Es probable que el conjunto que entrena Filipe Luis practique el mejor fútbol de Sudamérica. Lo demostró varias veces en el año, aunque siempre de a ratos. Cuando logra que la pelota circule entre los pies de Jorginho, De Arrascaeta, Carrascal, Alex Sandro, Guillermo Varela y alguno más, su juego tiene destellos lujosos. Por algo el miércoles puede hacer doblete y quedarse también con el Brasileirao. Pero suele apagarse con la misma velocidad con la que se enciende. Entonces le toca sufrir, un escenario que vivió varias veces en esta Copa.
Lo mejor del partido
Flamengo superó la etapa de grupos por diferencia de gol con Central Córdoba de Santiago del Estero, los cuartos de final por penales ante Estudiantes, y soportando el asedio de Racing durante más de media hora en semifinales. Con Palmeiras le pasó algo semejante. Fue mejor hasta la patada de Pulgar. Dueño de pelota y campo, con actitud dominante desde el primer minuto. Se perdió tras la discusión que prosiguió a esa acción. Recuperó un poco el tono al regreso del vestuario y soportó a pie firme el bombardeo aéreo de su rival en los 15 finales para sostener el 1-0.
El Verdão, en cambio, casi no fue nada. El dato de que Agustín Rossi solo tuvo que dedicarse a descolgar centros, pero no tuvo que intervenir ante ningún remate entre los tres palos explica con claridad el juego de los paulistas. El ímpetu a veces imparable de Vitor Roque no tuvo compañía. Ni el Flaco López ni Andreas Pereira ni Allan ni Raphael Veiga se asociaron con criterio para provocarle sustos al exBoca, y solo la enjundia de Gustavo Gómez (el mejor de la cancha, atrás y en ataque) logró alterarles los nervios a los cariocas.

Por más empeño que ponga la Conmebol, la Libertadores no será nunca la Champions. Por desgracia, dirán los puristas; por suerte, responderán los que celebran la garra y la emoción desbordadas. Este año la levantó Flamengo y está muy bien que así sea. Porque tuvo las cuotas de fútbol y de dientes apretados necesarias para ser el mejor en este continente donde para ser campeón no alcanza solo con jugar bien.
La quinta definición entre equipos brasileños desde 2020 fue típicamente sudamericana: emotiva, dramática, aguerrida, peleada, conversada, polémica y… decididamente fea

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