Profesor de Educación Física y coach ontológico, Rodrigo Marco dejó la rutina de la capital pampeana tras una orden interna: «Andate al sur». En un auto con historia familiar y desafiando el invierno patagónico, recorre la Ruta 40 combinando disciplina física, autoobservación y bitácora digital.
Hay decisiones que no se digieren en mesas de café ni se trazan con la precisión quirúrgica de un mapa digital. Nacen, más bien, de un chispazo imprevisto, de un impulso que exige movimiento cuando todo lo demás parece invitar a la quietud. Para Rodrigo Marco (37), a quien miles de usuarios siguen en Instagram bajo el usuario @soyrodrigochino, la chispa definitiva encendió a finales de julio. Un proyecto para viajar a las playas de Barcelona terminó por cancelarse a último momento y, a la mañana siguiente, se despertó con una certeza tajante en la cabeza que no admitía discusiones: «Andate al sur».

Nacido en Buenos Aires, criado en la rionegrina General Roca, formado profesionalmente en Bahía Blanca y finalmente afincado en Santa Rosa desde 2018, Rodrigo conoce de memoria el ejercicio de armar y desarmar valijas. Sin embargo, la capital pampeana no fue un punto de paso más; se convirtió en su lugar en el mundo, ese puerto seguro donde construyó un hogar, formó una pareja, compartió rutina con su hermano y echó raíces entre entrenamientos y partidos de fútbol los fines de semana.
Aun así, la llamada de la ruta volvió a golpear la puerta. Con solo 100 mil pesos en el bolsillo y la determinación de poner a prueba sus propias convicciones, preparó el auto y puso primera hacia el Fin del Mundo. El vehículo elegido para la travesía añade una capa emotiva al recorrido: un Ford Ka modelo 2017 que perteneció a sus abuelos. «Para mí es como estarlos llevando de viaje conmigo; a ellos siempre les fascinó el sur y les hacía mucha ilusión viajar cada vez que podían», confesó en una entrevista con El Diario sobre el valor afectivo que encierra el habitáculo.

En el baúl del auto conviven la logística del trabajo con la disciplina personal: una pizarra blanca plegable para dictar sus clases virtuales y una pileta portátil destinada a dinámicas de inmersión en hielo. Es que Rodrigo no viaja solo como turista; viaja como profesor de Educación Física y coach ontológico para someter a examen su propia metodología de desarrollo personal, denominada RCM (Reconocimiento, Comunicación y Movimiento).
El invierno patagónico se encargó de poner a prueba esa teoría desde los primeros tramos del itinerario. El viaje dista mucho de ser una postal apacible. En San Martín de los Andes una rueda pinchada obligó a la primera parada técnica; más adelante, entre Bariloche y El Bolsón, debió atravesar un severo temporal bajo alerta meteorológica, avanzando a ciegas sobre el hielo con las cadenas puestas en los neumáticos, la escarcha congelando los limpiaparabrisas y el temor constante a quedar varado en el medio de la nada.

Las anécdotas de supervivencia continuaron acumulándose: una batería agotada por calefaccionar el habitáculo sin encender el motor en El Bolsón, una noche dentro del coche con temperaturas de cuatro grados bajo cero en Trevelin —viendo cómo los cristales se cubrían de hielo desde el lado de adentro— y un atasco en la banquina camino a Esquel tras detenerse a fotografiar la inmensidad de las montañas nevadas.
Frente a la adversidad del clima y la tensión de los tramos más complejos, el pampeano por adopción sostiene su rutina como un ancla: mantiene el desafío diario de realizar 101 flexiones de brazos y utiliza la autoobservación para gestionar los temores naturales que afloran al conducir sobre calzadas heladas. «El instante no es interpretable, es vivible», sostuvo con serenidad al reflexionar sobre la necesidad de soltar el control en un entorno donde la naturaleza impone sus propias reglas.

Para no perder el registro de lo vivido ni desconectarse del entorno, estableció un acuerdo estricto consigo mismo respecto al uso de las redes sociales. Primero contempla el paisaje y recién después saca el teléfono. Mantiene una rutina dividida en bloques: la mañana está dedicada a responder mensajes y publicar bitácoras; entre las 12 y las 18 horas -aprovechando las breves horas de luz solar del invierno patagónico- se dedica exclusivamente a manejar y recorrer; mientras que la noche se reserva para la edición del material audiovisual.
Al momento del último contacto vía mensajes, el cronómetro de la travesía marcaba una parada estratégica en la provincia de Santa Cruz: «Estoy en Perito Moreno, hoy salgo para Gobernador Gregores. No tengo fecha de vuelta, puede llevar un mes y medio más. Me faltan 1.360 kilómetros hasta Ushuaia», precisó con la calma de quien no corre contra el reloj, sino a la par de él.

Con la atención puesta en los tramos más helados de su ruta, Rodrigo no se desespera por el hito de pisar la mítica ciudad fueguina. Entiende que el valor del viaje no está en la foto de llegada, sino en la transformación que ocurre en el medio. Sabe que cuando llegue el momento de pegar la vuelta hacia Santa Rosa, nada será igual: «La identidad que estoy creando en este viaje se va a quedar conmigo para siempre. Definitivamente ya no soy el mismo que salió de La Pampa, y tampoco seré el mismo cuando regrese».
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